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Domingo, 24 de enero de 2010

CONMEMORACIONES >LOS 70 AñOS DEL EXILIO REPUBLICANO Y SUS HIJOS AMERICANOS

Los hijos del amor y del espanto

 Por María Rosa Lojo

“No nos une el amor sino el espanto / será por eso que la quiero tanto”, dicen unos versos de Borges que hablan de Buenos Aires.

Amor y espanto: dos polos, dos pilares sobre los que en suma se cimenta toda experiencia de exilio. En el centro del Paraíso usurpado se esconde también, inexorable, su serpiente. El espanto (en forma de amenaza, opresión, crimen, injusticia, oprobio, limitación, intolerancia) expulsa al exiliado de la tierra que ama. En esa matriz de atracción y rechazo, en ese oscilante forcejeo entre extremos se gesta la pasión inestable, la identidad fluctuante del exiliado hijo.

“Exiliados hijos.” No, meramente, “hijos de exiliados”. El exilio en primer lugar, como articulación sustantiva de la vida, como ubicación fundadora de la existencia. Una ubicación paradójica, por cierto: para estos hijos hay dos dimensiones del espacio: la real-aparente, que pisan con sus pies, y la real-esencial, que ni rozan los pies, ni ven los ojos vivos: mítico reino del Origen, fuente primordial, donde se ha hecho la materia de la sangre, donde se oculta la raíz de la memoria. Así pues, aunque muchos de nosotros seamos vástagos de socialistas agnósticos o de comunistas ateos, estuvimos –desde nuestro azaroso nacimiento en tierra extraña– condenados ab initio a la Metafísica.

Así comenzaba un artículo que me solicitaron especialmente Manuel Fuentes y Paco Tovar, y que se publicó por fin en un libro consagrado al exilio literario republicano, aunque también ese ensayo tuvo y tiene amplia circulación en la red. Alguna vez señalaron Betty Friedan y sus seguidoras que lo personal es político; añadiría que, como en la poesía, lo singular se vuelve universal. Creí haber dado en ese trabajo sólo un testimonio privado donde las reflexiones generales se apoyaban estrechamente en mi propia historia de familia. Por los correos que empezaron a llegarme desde los más diversos lugares comprendí que –más allá de nombres propios y algunas circunstancias puntuales– en realidad había relatado también la experiencia de muchas otras personas. Quizá sus padres no plantaron un castaño en un jardín de clima enemigo sólo para recuperar un pedazo de Galicia y recordar a los hijos sus raíces transatlánticas, pero tal vez habían probado, en cambio, con un olivo andaluz, o un naranjo valenciano, en otra latitud incompatible, y seguramente les habían hablado a sus descendientes nacidos sobre ese suelo tan hostil a su árbol, del ejemplar modélico –ya inmarcesible en la memoria– que habían visto crecer en la huerta de su infancia.

Tal vez esos descendientes también habían cumplido el mandato mudo indicado por el árbol, y habían ido a buscar el original platónico a una casa de Murcia, de Tarragona, de Jaén, de Boiro, de Urdaneta, preguntando por él con un castellano o un catalán o un gallego o un vasco marcado por la fonética y la entonación americanas, o incluso por el fuerte acento de un idioma extranjero a la Península Ibérica.

Todos ellos se reconocían, por lo menos, en la tensión del tránsito perenne, en ese estar de paso, mirando siempre hacia la tierra amada y expulsora: la madre cruel, o la madre enajenada por un poder espurio. Acaso muchos habían tenido un padre como el mío, con un alma vegetal atada a su paisaje por esa indisoluble “soldadura” que el escritor argentino Roberto Arlt supo tan brillantemente identificar como característica del pueblo gallego. O una colección de lugares sagrados y objetos míticos que resplandecían como faros de Finisterre en el mar oscuro y turbulento de las malas memorias.

Muchos habrán hablado, como yo lo hice, una variante del castellano puertas adentro y otra puertas afuera. Algunos habrán comprobado desde muy niños las escandalosas consecuencias de pronunciar en las calles de Buenos Aires la palabra “coger”, o la palabra “tirar” en la zona del Caribe, o habrán intentado ocultar a toda costa a sus compañeros de colegio que su madre o su abuela, señoras sin duda muy respetables, sin embargo se llamaban, obscenamente, “Concha” (o, añadiendo la comicidad diminutiva a la obscenidad, “Conchita”). En el caso de la Argentina, el “vos” en la calle y el “tú” en la casa aumentaban la disociación. Una pequeña tragedia para los exiliados hijos que devinimos escritores, sobre todo los de lírica, que nunca –y es mi caso– nos sentiremos plenamente cómodos usando el “vos” en la lengua madre de la poesía, y correremos por lo tanto el riesgo de pasar por afectados ante los oídos de nuestros compatriotas. No pocos españoles se argentinizaron en esto voluntariamente, o se acriollaron asumiendo las modalidades idiomáticas locales de otros países, quizá para allanarles el camino de la adaptación a los hijos. No sucedió así en general con los padres del exilio, aterrados ante la idea de que los seres puramente ibéricos que habían engendrado olvidasen su inequívoco lugar de pertenencia. En lo que a mí respecta, hubiera sido imposible dirigirme a mis padres voseándolos, sin añadirles una más a su ya larga lista de pérdidas.

De niña, cuando –por ejemplo– reivindicaba en casa mi condición de argentina cada vez que en la escuela nos enseñaban las guerras de la Independencia, papá, indignado, me derrotaba siempre con una pregunta sofística: “¿Pero cómo dices eso? ¿Es que si hubieras nacido en la China serías china? Y no sé por qué se ponen tan vanidosos. ¡Si necesitaron a un español como San Martín para liberarse...!”.

Ingenua, me miraba entonces al espejo, y decidía que papá tenía razón. El suelo de la China no contaba con poderes mágicos como para volverme los ojos oblicuos y negros, ni la piel delicadamente amarilla, ni oscurecerme el pelo. Sin embargo hoy, mal que le pesara a mi querido padre que ya no puede oírme, contestaría a su interrogación capciosa de muy otra manera. Porque, en efecto, si hubiese nacido y vivido en la China como lo he hecho en el Río de la Plata, sería, naturalmente, una china de origen español, una perfecta mestiza, aunque ni una gota de sangre asiática se hubiera mezclado con la mía. La tierra en la que nacemos también nos da su alma y nos transmite, más allá de nuestra conciencia, sus númenes antiguos, aunque ningún parentesco étnico nos vincule a sus pueblos originarios (como lo señalara Karl Jung en el bello texto titulado “Alma y tierra”). No se trata de raza sino de cultura, de una historia colectiva que inevitablemente compartimos, anterior a la limitada peripecia del individuo. Ese profundo poder de la tierra natal que nos habla desde sus caras, sus gestos, sus prácticas, sus hábitos, sus relatos, me llevó hacia la historia y los mitos argentinos, siempre en tensión con los españoles y europeos, para conformar, en mis libros, un complejo mapa de identidades que se cruzan.

Ser mestizo (étnico y cultural, o cultural solamente), y sobre todo reconocerse en tal calidad, no es una condición sencilla. Más bien al contrario, es la piedra de toque de las discordias, que llega a sus máximas asperezas y rispideces en el caso de los exiliados hijos. Por momentos, la tensión y la confusión se vuelven insoportables, y las preguntas arrecian: ¿quiénes somos?, ¿de dónde somos?, ¿para qué somos?, ¿ante quién o para quiénes somos? Y por qué no, a medida que se va envejeciendo: ¿de qué lado moriremos?

El exilio heredado, en sus vaivenes, puede conducir a los exiliados hijos a querer asumir la tierra de los padres como la única patria, y acompañarlos en sus planes de regreso. A veces, incluso, en lo que a la Argentina respecta, los hijos de los exiliados o de los emigrantes se fueron primero y solos, urgidos por las circunstancias de la última dictadura militar, aunque esto no implicara necesariamente voluntad de asimilación a la tierra de los padres, porque también estos hijos dejaban la suya propia en forma involuntaria, pendiente como una deuda.

Por otra parte, los proyectos filiales de identificación, cuando existen, no eliminan el conflicto y hacen la vida especialmente difícil, al convertir la patria de nacimiento y educación en un mero lugar de tránsito, un molde inadecuado y tosco. Buena parte de mi vida, en la infancia y adolescencia, transcurrió en esos términos, hasta que la enfermedad de mis padres (gran obstáculo que les impidió regresar) y mi encuentro con un amor decisivo cambiaron tal derrotero, sin llegar a borrar nunca ese “documento de identidad prioritaria, o primaria” que el deseo de los padres imprime sobre los exiliados hijos desde antes de su nacimiento.

Otra reacción posible, por la que también recuerdo haber pasado, es el rechazo incomprensivo hacia la insuperable sensación de insuficiencia y despojo que acosa a los padres y los mantiene dolorosamente conectados con un centro remoto del que se hallan excluidos. Recuerdo haberme fastidiado viendo a mi madre madrileña, María Teresa, vivir y sufrir con el corazón puesto en un mundo distante. Hoy, que me acerco a la edad de sus mayores desalientos, cuando la patria se les alejaba definitivamente, lo siento de otro modo. La pena y la piedad cubren ahora esos recuerdos con la pátina suavemente quebradiza de los objetos antiguos. Cuántas otras no habrán hecho lo que ella y que doña Ana, que tanto se le asemeja, personaje de mi última novela, Arbol de familia: “Durante aquellos viajes, Ana compraba las revistas que, enrolladas y cuidadosamente envueltas en papel madera, con los extremos abiertos, serían atadas con hilo resistente y enviadas del otro lado del océano. Fue entonces cuando comenzó a acumular en un armario de casa, como en una despensa de almacén, un pequeño tesoro de regalos que no entregaría nunca. Albumes forrados en cuero, con relieves que reproducían carretas demoradas entre los pastizales de la llanura, o gauchos de exposición, con chiripá y boleadoras; tabaqueras para los fumadores, cinturones repujados, agendas, bufandas suaves de alpaca o de vicuña, pastilleros de plata o de ónix, comprados en tiendas de regalos típicos: una colección de souvenires que había elegido para los ojos turísticos de esos parientes que no vendrían a visitarla, y que ella –nunca retornada– no les llevaría tampoco. Los obsequios quedaron allí por mucho tiempo, envueltos primero en papel de seda y luego en sus ornamentales papeles de obsequio. Tenían tarjetitas, consignando los nombres de sus destinatarios. Algunas fueron desapareciendo, tachadas por la muerte. Aún conservo dos o tres de estos presentes: una bufanda, cribada en varios sitios por la polilla; un álbum con su carreta que no llega a destino, un pastillero vacío. No sé qué se habrá hecho del resto. Quizás, en los años de su desesperación final, Ana decidió desprenderse de ese lastre, como se estaba desprendiendo de su propia vida”.

Al contrario de mi padre, para quien la aldea campesina de su infancia encerró siempre, como un calidoscopio inagotable, todos los resplandores de la felicidad, el Madrid en el que mamá había nacido y vivido hasta su partida de España guardaba para ella memorias incurables de duelo y de terror. Era la ciudad de los cafés aromáticos, de las calles alegres, del Museo del Prado, de la Castellana y del Retiro. Pero también era el campo de batalla perforado por los bombardeos, asediado por las razzias y las venganzas de uno y otro bando, el escenario trágico donde habían muerto su padre y su primer novio y prometido, con el que iba a casarse. Era el lugar ominoso acechado por un monstruo del que hablaba siempre mi abuela materna. Esa rara criatura (mi primer ogro narrativo infantil) se llamaba “Hambre del Sitio de Madrid”; de niña, yo imaginaba ese nombre y ese estrambótico apellido escritos con enormes mayúsculas relucientes y parpadeantes como carteles de neón, hasta entender, por fin, que mi abuela no se refería a una entidad fabulosa sino a la realidad cotidiana y colectiva que miles de españoles habían padecido en la capital acorralada.

A diferencia, también, de papá, republicano, antifranquista y socialista convencido, para quien la salida de España había tenido un carácter decididamente político (además del económico, que todos sufrían), mi madre era, más bien, una emigrante, de una familia pequeñoburguesa, católica y en general conservadora (salvo por las ideas vagamente socialistas de mi abuelo materno). Sin embargo, había decidido marcharse de una España que para ella no tenía ya futuro, se había casado en Buenos Aires con un republicano agnóstico, trataba con la gente del exilio: el periodista Mariano Perla, el jurista Jiménez de Asúa, el pintor Laxeiro y su mujer Lala (ya desde Madrid, su amiga personal), y –a medida que los años pasaban y que la vuelta se hacía más y más improbable– se iba convirtiendo también ella en exiliada. A veces, la barrera entre estas categorías resulta difusa. Como prácticamente todos los exiliados, y como buena parte de los emigrantes, mamá –aunque eligió dejar una patria clausurada– no había venido para quedarse en América. Sólo en los últimos años de irreversible depresión abandonó la esperanza de reinstalarse en España. Se había mostrado más abierta que mi padre hacia las costumbres argentinas y hasta manifestó alguna borrosa simpatía por el carismático Perón (papá, como tantos hombres de izquierda de su época, lo consideraba más bien un émulo de Mussolini). Todo eso no impidió que –después de la muerte de mi abuela materna– le resultara intolerable la conciencia de haberse quedado sin madre y de existir sin raíces, o con las raíces truncas, al aire y en carne viva.

He reflexionado, hasta ahora, en la mirada y la tensión permanente desde el lado de afuera hacia el de adentro. Pero no es menos importante considerar cómo se mira al hijo del exilio que retorna, cuando sus padres no viven ya en ninguna tierra. Cómo nos ven (o no nos ven), desde adentro hacia fuera, a todos aquellos que llegamos a buscar el árbol madre de los recuerdos en una huerta que probablemente ya no existe, junto a un brocal hundido.

Nunca como en esos momentos de redescubrimiento mutuo es posible sentir la condición humana en tanto soporte de una carga genética. Palimpsestos ambulantes, nos acercamos, temblando, a quienes replican como fotografías alteradas los rasgos de nuestros padres, y los vemos a ellos rastrear a los ausentes en el mapa de nuestras caras. ¿Te pareces, o no te pareces? Eres y significas en la medida en que los repites. La expectativa circula, tanto del lado del que llega como de los que esperan al hijo que trae inscripta la última huella carnal de los que se fueron, y se convierte en un arte de resucitar a los muertos. Así, la narradora de Arbol de familia se entrega también a esta ilusión “mirando al valle desde la cocina inmaculada del tío Benito, jugando a entrecerrar los ojos para ver nuevamente a mi padre muerto (era tanto lo que los hermanos se parecían)”.

Pero el retorno de los exiliados hijos no sólo restituye imperfectamente en cuerpos vivos existencias humanas fantasmales. También invoca otro tipo de fantasmas: los de la memoria traumática, los de los sueños defraudados y perdidos.

En el contexto de la Historia española, los hijos del exilio cumplen, acaso, el incómodo papel junguiano de la Sombra. Son el lado oscuro, la cara invisible, aquello reprimido u olvidado, pero que sin embargo, lo reconozcamos o no, forma parte del todo y daña cuando no se incorpora a la conciencia.

A los que quedaron en España les traemos, encarnada, la memoria de una y más generaciones que murieron lejos, y también la del sueño republicano que esas generaciones defendieron. Traemos el recuerdo de los traumas y las cicatrices que se ocultan bajo el confort presente, y las comodidades del progreso y el consumo. Y nos conferimos, a nosotros mismos, una particular amargura: esa espléndida promesa de la América hispana, en la que nuestros padres buscaron y hallaron en tantos aspectos una vida mejor y más amplias perspectivas, no existe ya como tal. Fueron hasta hace poco nuestros perseguidos políticos y son hoy los jóvenes profesionales y trabajadores de esa América los que hacen el camino inverso, aunque no suelen encontrar en la Comunidad Europea la política receptiva que (aun con su masificación, por un lado, y sus variables restricciones políticas, por el otro) permitió el acceso de tantos inmigrantes (exiliados o no) a tierras iberoamericanas.

Nosotros ejemplificamos en este sentido cabalmente las vueltas de la Historia y la precariedad de la fortuna. “Recuerda que eres mortal”, dice de alguna manera nuestra presencia al triunfalismo de todos los poderes.

Hijos del amor y del espanto, somos sobre todo, y a pesar de todo, hechura del amor, que sigue escuchando con los ojos a los muertos en las lenguas y en los libros, ellos sí inmortales, que nuestros padres nos entregaron como la parte más preciosa de su legado.

Si nuestra identidad no se completa sin España, me atrevo a decir que España tampoco está completa sin nosotros: sus hijos externados y exteriores. Que España sabría tanto más de sí misma si accediera con mayor frecuencia a mirarse desde nuestros ojos mestizos, sobre todo los de aquellos que habitamos la antigua América colonial, precisamente porque podemos narrarle su propia historia con un enfoque nuevo.

Gracias, pues, a quienes nos han invitado a esta conmemoración, porque así lo han comprendido, para que vengamos a cerrar el círculo y a completar el testimonio desde el entrañable amor que trasciende y que cura las pasadas injurias del espanto.

El congreso “Setenta años del exilio de 1939. Argentina, Cuba, Francia, Uruguay y México” fue organizado en diciembre pasado por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Incluyó coloquios en París, Gerona, Buenos Aires, Rosario, Montevideo, México y Madrid, en cuyo Círculo de Bellas Artes la escritora Lojo leyó esta conferencia, como cierre.

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