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Domingo, 5 de diciembre de 2010

HOMENAJES > MARCOS ZIMMERMANN Y LOS POBLADORES TOBAS DE COLONIA LA PRIMAVERA EN FORMOSA

LA GRAN OSCURIDAD DE LOS QOM

La semana pasada, en un episodio que sigue sin ser completamente esclarecido, fue asesinado uno de los pobladores tobas (y otro fue gravemente herido) de la Colonia La Primavera, en Formosa, que realizaban un reclamo de tierras. Hace doce años, Marcos Zimmermann había estado ahí, retratándolos durante semanas para lo que sería su extraordinario libro Norte argentino, la tierra y la sangre. Conmovido por las noticias que llegaron de Formosa, Zimmermann le rinde homenaje a esa comunidad con la que vivió experiencias extraordinarias, escenas únicas y anécdotas de enorme nobleza que recuerda en estas líneas.

 Por Marcos Zimmermann

“Durante unos cuantos días todo quedó oscuro. Días y noches eran todos iguales... por un choque de poderes todo quedó oscuro. Como todos los shamanes sabían que esto iba a ocurrir, juntaron cosas para comer... Entonces, de repente, llegaron éstos... La gente guardó sus cosas y se metió dentro de sus casas... De ahí, ya nadie salió. Porque los que salían apenas podían hablarle a otro con una voz finita. Porque les daba miedo... Y ellos rezaban mucho... Era cosa triste...”

Fragmentos del relato “La gran oscuridad de los Qom”, de José Benítez, en Lo que cuentan los Tobas, un libro de Buenaventura Terán

En octubre de 1947, quinientos pilagás que portaban los retratos de Perón y Evita fueron ametrallados por la gendarmería en Formosa, en un paraje denominado Rincón Bomba, cercano a Las Lomitas. Se concretaba así la más brutal masacre indígena perpetrada en la Argentina en el siglo XX. Nunca tuvo castigo. La semana pasada, en la misma provincia, pero esta vez en la Colonia La Primavera, la policía atacó a sangre y fuego a pobladores tobas (qom, como se llaman en su lengua) que realizaban un reclamo por la posesión de tierras, matando a uno, hiriendo a varios y quemando sus pertenencias y sus casas.

La noticia me estremeció. El hecho me tocaba especialmente. En 1997, y durante casi un mes, había recorrido esa maravillosa y bella provincia. Carlos Arnedo había aceptado acompañarme a hacer fotografías para incluir esa tierra olvidada en mi libro Norte argentino, la tierra y la sangre, publicado luego, en 1998. Hijo del doctor Cruz Felipe Arnedo, cuyo nombre lleva el hospital de Clorinda, Carlos conocía la provincia como nadie. En ese viaje recorrimos la ruta que atraviesa esa tierra de este a oeste, uniendo la ciudad de Formosa con Ingeniero Juárez, y cruzamos su territorio en varias partes, hasta que el paisaje se interrumpía con el Pilcomayo en el norte, o topaba con una frontera zigzagueante que seguía los caprichos del Bermejo o del Teuco en el sur. Durante ese tiempo, tomamos fotografías de su paisaje, fulgurante en el oriente y árido al poniente, y retratamos decenas de habitantes gringos y de varios pueblos originarios: los pilagás de El Simbolar, los wichí de Tres Pozos... y los tobas de la Colonia La Primavera.

Cada mañana, mientras andábamos, el primer aire tórrido disolvía las escasas nubes formadas durante la noche sobre los vastos bañados que se extendían entre los montes de palmeras caranday dispersos en aquella inmensa planicie. En esa época, algunos tuyuyú cuarteleros gigantes aún surcaban el cielo formoseño y los últimos osos hormigueros se extinguían solitarios en el monte. Cada tanto, alcanzábamos a ver a lo lejos pequeños grupos de aborígenes “mariscadores” (término con el que se denomina en Formosa a los cazadores furtivos) persiguiendo carpinchos, aguará-guazú, pichis y otros animales salvajes, con los que se alimentaban. Deambulaban por aquel territorio a pie o montados sobre caballos que se sumergían a veces hasta el pecho en los inmensos espejos de agua que abundaban por doquier, cubiertos de un musgo verde fosforescente. El paso de aquellos hombres dejaba tras de sí una estela de agua limpia sobre la que solo permanecían a flote las enormes hojas circulares de irupé, sacudidas por las olas que formaban el andar de los animales. Muchas veces, aquellos jinetes de los esteros, que a contraluz parecían mitad hombre y mitad caballo, me recordaron a ciertos seres mitológicos y sentí que estaba en medio de una planicie antigua, poblada de centauros. Aunque cada nuevo bache del camino me volvía a la realidad.

Un día, luego de mucho viajar, llegamos a La Primavera, una colonia toba ubicada en el extremo de nuestro país, cerca de Laguna Blanca, en donde fuimos recibidos por el cacique Shiuglek (Fernando Sanabria) y su esposa, Ñarená (Rosita Gómez de Sanabria). El caserío era pobrísimo. Alrededor nuestro, algunos otros integrantes de la colonia participaban del encuentro en silencio y varios perros cimarrones (los originarios de América, los mudos, los que vi repetirse en todos los pueblos originarios) deambulaban famélicos entre nosotros, dándonos su esquelética bienvenida.

Carlos fue el primero en hablar y en presentarse. Ni bien Shiuglek escuchó su apellido, su rostro cambió.

–¿Es usted hijo del doctor Arnedo? –preguntó el cacique Sanabria, un hombre mayor que no tenía un solo diente en la boca.

–Sí –respondió Carlos.

–¡Ah, qué gran hombre su padre! –exclamó entonces–. Su papá venía a atendernos siempre y además tenía un día de la semana en el que nos recibía en su consultorio del pueblo sin cobrarnos un peso –a un costado, Ñarená asentía callada–. Una vez –continuó diciendo Shiuglek– llevaron a Clorinda una banda de música y pasó toda la mañana en la plaza, tocando para el pueblo. Dicen que lo más alto de la ciudad se había juntado para asistir a un evento como aquel, que sucedía solo cada tanto. Su padre escuchó a la orquesta como todos. Pero, ni bien terminaron de tocar, cargó la banda completa sobre un camión que contrató personalmente y la trajo hasta aquí, hasta nuestra colonia, para que nos tocara también a nosotros. Después comimos un asado que también había traído. ¡Era un gran hombre, su papá! –terminó diciendo Shiuglek.

Un aire bondadosísimo envolvía a aquel hombre y a su mujer. Una bondad que hacía juego con la paz, o la espera infinita que parecía flotar en la Colonia La Primavera. Los vi sonreír agradecidos, entonces, recordando con alegría a alguien que había hecho por ellos algo más que curarlos: los había tenido en cuenta. Luego les saqué algunas fotografías.

Un año después, un retrato de Ñarená hecho en esa ocasión se convirtió en la fotografía de tapa de mi libro, seleccionado entre las doce mil tomas realizadas para ese trabajo, como el rostro justo que resumía los dos nortes que yo había fotografiado. En cuanto fue publicado, envié un ejemplar del libro a la Colonia La Primavera, de regalo. No esperaba respuesta porque, habitualmente, la distancia y la falta de dinero lo impiden en estos casos. Pero esta vez, una impecable carta escrita a máquina, que aún guardo, llegó a mi casa. En ella Shiuglek consignaba su agradecimiento por el gesto de haberles enviado el libro “en el que participa nuestra gente de estas tierras” y exaltaba la “suerte” que habían tenido por haber sido incluidos en el mismo. Pero, además, en una frase que siempre tuve como una de las más bellas que me escribieran, “Fernando Sanabria, Cacique de la Colonia Aborigen La Primavera, Formosa” –tal como firma– ponía a mi disposición “el corazón y la tierra de su pueblo”.

Desde entonces, digo siempre a mis amigos que ya tengo un lugar donde ser enterrado. Que poseo para ello un pequeño pedazo de Argentina, ofrecido por un heredero de sus primitivos dueños. Hoy es tiempo de devolverles semejante afecto, Shiuglek, Ñarená. A mi manera: con una fotografía.

No sé si todavía estarán en nuestra tierra. O mejor dicho, en la suya. Si estas últimas muertes u otras mucho más lentas los habrán lastimado profundo en el corazón, los habrán devorado o, simplemente, los habrán oscurecido como en el cuento qom. Pero la fotografía encierra ciertas artes de prestidigitación y de magia que tienen que ver con la luz. Y, a veces, la foto más sencilla guarda en su testimonio un secreto implícito. Ahora no puedo llevarles una orquesta para hacerles sentir que existen. ¡Pero sí puedo mostrarlos!

Los que están en la fotografía que ilustra esta nota son Shiuglek y Ñarena. Y quien está abajo es su nieto. Juzguen ustedes, lectores, en esta imagen, su vida, sus circunstancias y la supuesta fiereza de su pueblo. Puede que me equivoque pero me parece que Shiuglek, Ñarená y su nieto solo están esperando que alguien les devuelva la mirada. Que saque a los qom de la oscuridad.

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El cacique Shiuglek, su esposa Ñarená y su nieto, en la foto que terminaría siendo la tapa del libro de Zimmermann sobre todo el Norte argentino.
 
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