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Domingo, 5 de diciembre de 2010

TELEVISIóN > LA VIOLENCIA SEGúN CAíN Y ABEL

El cuchillo entre las sábanas

La semana pasada, el Inadi premió a la telenovela Caín y Abel por el modo en que retrata la violencia contra la mujer y el complejo entramado de consecuencias que trae aparejado. Y en ese camino de violencia, la novela va incluso más allá, con un brutal retrato de una familia poderosa que, al momento de resquebrajarse, vive una guerra sorda en la que todos son sospechosos y conspiradores.

 Por Sergio Kisielewsky

Están los premios que se obtienen y están los que se merecen. Cuando el 25 de noviembre el Inadi (Instituto contra la Violencia, la Xenofobia y la Discriminación) premió al programa Caín y Abel dio un paso adelante en varios temas que en general en la TV no se hablan y no se muestran, como por ejemplo el hecho de que un hombre le pegue a su mujer y su hijo menor lo advierta, lo somatice y por fin se rebele. El rehén en este caso no acepta el rol y decide contárselo (sin que la escena se vea, preservando a los chicos) a Lucas, el hijo de Leonora, interpretada por Julieta Cardinali. Como un halo de fuego hay otra historia que cruza la tira y son los vínculos amorosos –o mejor dicho lo que ocurre cuando se destruyen–. La estructura de la ficción en este caso da lugar al movimiento de personajes hacia un choque irreversible. Agustín (Joaquín Furriel) está en el ojo de la tormenta: su padre, Eugenio Vedia (Luis Brandoni), y su hermano, Simón (Fabián Vena), le tienden una trampa por diversos caminos y móviles. Todo indica que el deseo por el poder dejará su marca regada por sangre. Simón también carga con un brote esquizofrénico y cuando parece recomponerse, los ojos y en especial los hoyuelos de Valentina (Vanesa González) le parten la vida en dos. Con estos ingredientes básicos y proteicos Caín y Abel, que se emite por Telefe de lunes a jueves a las 22.30, da que hablar.

¿Es sólo sangre lo que muestra? Lo que cae de las escenas son las esquirlas de una institución-empresa-familia que a capa y espada va por todo, en especial si adquiere la forma del dinero y la propiedad ajena. Hacen de las suyas para eliminar todo obstáculo que se les interponga, el otro siempre es sospechoso y si forma parte de la parentela, más aún. Como un boomerang, cada acción destructora tiende a fagocitar el nido de víboras en este caso representado por los jefes del clan, Eugenio y Consuelo, una Virginia Lago irrepetible. Cada paso en falso encontrará el piso minado y fue Facundo, a cargo de Antonio Birabent, el primero en caer. En el medio de este fragor, se advierte el tema quizá más delicado de toda la trama: el castigo físico y psíquico contra la mujer. Alfredo (Federico D’Elía) castiga a su cónyuge de manera bestial. La tiene contra las cuerdas no sólo en el terreno de las palizas, sino del cinismo y la seducción de una araña pollito que la devorará si ella no reacciona de acuerdo con las circunstancias. (Aquí cabe hacer un paréntesis. Dos actores, el nombrado D’Elía y Mara Bestelli, asumen un trabajo descollante donde la actriz otorga a su Bea el talento de una gran composición, un personaje tan definido en su base con su apariencia ambigua, dato que aún le da más carnadura. Una trayectoria a seguir en la actriz en el futuro por lo que transmite y por lo que sugiere.)

Si toda la familia está edificada en un secreto, aquí los escondites se multiplican por doquier. Eugenio tiene la llave maestra de un entramado más que dantesco. Los tiros salen de la propia culata y eso no es poco. Suspenso, cuidarse a cada rato las espaldas, atravesar la casa del pariente como una trinchera es una y otra vez el sino de Caín y Abel. Los diálogos son una forma de artillería mediana que da en el centro de un clan que hace agua por todos lados. Los romances son una forma de paliar el miedo, de tapar la angustia con el cuerpo. Agustín y Leonora giran en escenarios hots mientras “se derrumba el mundo y nosotros nos enamoramos”. Pilar (ajustada Mercedes Oviedo), la esposa de Simón, agota sus últimos cartuchos en un matrimonio que se va a pique y la única cuota de relax en los capítulos semanales es la que componen Santino (Juan Bautista Greppi) y la nueva gerente de Relaciones Institucionales interpretada por Mónica Scaparone. Como un gran malentendido, con gran diferencia de edad entre ambos, ella cree que él es un joven con temperaturas altas en hormonas y él cree que ella lo sabe casi todo. La escena donde hacen el amor de parado es sólo una muestra de la zona fellinesca que roza la relación: un dulce explosivo, un territorio en llamas, un peligro en ciernes. En este dúo se interpone Gregorio, un Luis Machín que cuando tose descolla y cuando actúa, el espectador siente que hay cosas que ocurren una vez en la vida. Con dirección de Miguel Colom y bajo la batuta autoral de Guillermo Salmerón es difícil de pronosticar hacia dónde llegarán. Lo cierto es que las venas ya están abiertas, los tiros zumban y los choques constantes en la casa de los capo di tutti capi están a la intemperie. La residencia de los Vedia con lujos y libros antiguos es una caja de sorpresas.


De lunes a jueves a las 22.30 por Telefe.

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