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Domingo, 13 de febrero de 2011

DESPEDIDAS > TURA SATANA Y MARIA SCHNEIDER

Adiós a las armas

 Por Mariano Kairuz

ARRIBA Y ADELANTE

El viernes de la semana pasada murió Tura Satana, y la noticia recorrió el mundo varios días más tarde y un poco silenciosamente, confinada a través de recuadros breves en las secciones de espectáculos y sites para freaks y bizarritos, a la frígida categoría de objeto de culto. Es cierto que su escote explosivo protagonizó sólo dos películas (y que el resto de su carrera en cine y televisión fue apenas una estela ya demasiado lejana de participaciones menores) pero una de ellas dejó con la mandíbula colgando a una generación. Nada inesperadamente, para John Waters Faster, Pussycat! Kill! Kill! es “sin dudas la mejor película de todos los tiempos” y Varla, la mujer torpedo que encarnaba Tura con su risa de bruja y sus ojos maliciosamente rasgados, “una de las mejores villanas de la historia del cine”. Su director, Russ Meyer, fue un famoso especialista en sex-ploitation que saturaba las pantallas con las delanteras poderosas de sus chicas (sus “vixens” y supervixens); su filmografía fue hasta cierto punto marginal pero de una potencia casi revolucionaria. De haberse encontrado con la Coca Sarli podría haber sido un auténtico choque de planetas, pero en su lugar Meyer conoció a Tura. La primera vez que la vio fue en el show como “bailarina exótica”, el escenario donde hizo famosos su cara y su cuerpo, y resistió acosos de todo tipo con una ferocidad digna de la villana que la convirtió en un icono pop.

Su nombre completo era Tura Luna Pascual Yamaguchi y parte del secreto de la atracción irresistible que ejerció en su época se debe sin duda al cóctel japonés-filipino y cheyenne-irlandés que corría por sus venas (“tenía rasgos orientales, y era alta y tetona: hubo una época en que eso era por lo menos una novedad”, dijo de sí misma). Esa misma combinación que al principio sólo le había traído problemas: instalada en un barrio multiétnico de Chicago justo después de pasarse los primeros años de su vida (que coincidieron con los de la Segunda Guerra) en un campo japonés-norteamericano; durante la posguerra los inmigrantes asiáticos no la pasaron muy bien que digamos en Estados Unidos. Será por eso, en parte, que los cinco chicos que la violaron cuando ella tenía 9 años nunca fueron condenados (además de que, dice ella, el padre de uno de los matoncitos sobornó al juez). Con su fama de adolescente problemática, “indecente y provocadora”, fue a parar a un reformatorio donde se hizo respetar con uñas y dientes; mientras que afuera, recorría las calles con su banda de “inadaptadas”: “Las Angels éramos un poco delincuentes –reconoció–, pero principalmente estábamos ahí para asegurarnos de que a ninguna otra chica le pasara lo que me había pasado a mí”.

El resto de su historia está plagada de detalles increíbles: se le debe su descubrimiento al ex cómico del cine mudo Harold Lloyd, en la época en que, ya retirado, se dedicó a la fotografía de desnudos; salió un tiempo con Elvis Presley, cuando éste fue a verla “para que le enseñara algunos de mis pasos de baile”, y la relación terminó cuando él le propuso matrimonio. (Al parecer, el Rey de Memphis quedó obsesionado con ella: “Años más tarde, cuando fue evidente que estaba tratando de convertir a Priscilla a mi imagen y semejanza, tuve que llamarlo para decirle que terminara de una vez y la dejara ser ella misma”, contó Tura.) Tras su escena más famosa en Faster, Pussycat! Kill! Kill! (1965), en la que mataba a un hombre en el desierto a golpes de karate como los que había aprendido a dominar en la vida real, empezando a cimentar un female power como aún no existía en el cine, tuvo su único otro protagónico, en un coso llamado The Astro-Zombies protagonizado por el caído en desgracia John Carradine y dirigido por el excéntrico clase Z, Ted V. Mikels, hombre hoy octogenario, todavía en actividad y todavía famoso por vivir en un castillo con ocho mujeres.

Retirada de la actuación, Tura se dedicó a la enfermería, a una empresa de seguridad, a criar a dos hijas y a recuperarse de un accidente automovilístico que casi la manda al más allá. Tarantino juró que daría cinco años de su vida por la oportunidad de trabajar con la Tura modelo ’65. Y ella, apenas un par de años antes de abandonar la Tierra, aseguraba aún con orgullo, que “del pozo de los condenados del que salí al lugar al que llegué hoy, no me arrepiento de nada”.

Tura Satana en Faster, Pussycat! Kill! Kill!

ABAJO Y ATRAS

Un día antes de Tura Satana se fue de este mundo Maria Schneider, otro símbolo del cine erótico de los años en los que el cine todavía calentaba. Schneider hizo unas cincuenta películas, pero a nadie parecen importarle las otras 48 o 49: la que la convirtió en una estrella (fugaz pero cocinada a fuego lento) fue justamente esa de la que renegó hasta el fin de sus días. Bueno, tal vez nunca habló mal realmente de Ultimo tango en París, pero sí consideró a Bernardo Bertolucci un enemigo personal y no dejó de decirlo en cuanta oportunidad tuvo hasta más de tres décadas y media después del estreno. Y aunque parecía guardar un recuerdo más amable de Marlon Brando, lo acusaba de haber conspirado con el director y de haberla manipulado para conseguir la “infame” escena de la manteca. “Me sentí humillada y, para ser honesta, también un poco violada, tanto por Marlon como por Bertolucci”, dijo unos pocos años atrás. Durante el rodaje ella tenía 19 años y si bien la desnudez no era nada traumático para ella, admitió que tal vez no estaba en condiciones de entender del todo el contenido sexual de la película. Alimentando aún más su resentimiento sobre aquella experiencia, Schneider insistió también en que se supiera que, mientras los dos hombres –actor y director– se forraron con el éxito internacional y la controversia, ella solo ganó 2500 libras y un mal recuerdo. “¡Y Bertolucci se las daba de comunista!”

La fama repentina le había caído, decía, como una maldición. Pronto se encontró sumergida en un pozo de ácido y heroína –el mismo combo que se había tragado a varios de sus amigos, algunos de ellos para siempre– y tuvo un par de intentos de suicidio. Su carrera tomó giros no planeados, rechazó papeles que podrían haber sido valiosos, abandonó el rodaje de Calígula (“porque soy una actriz, no una prostituta”) y el único otro film importante en el que ella también fue importante fue El pasajero, aquel viaje existencialista de Antonioni con Jack Nicholson. Pero incluso el recuerdo de esa película perdió nitidez, como enterrado bajo la capa de grasa y aceite de la que había sido su revelación. Pudo haber protagonizado Ese oscuro objeto del deseo, pero la producción la reemplazó cuando hubo un problema con el seguro: ella había decidido inscribirse en un manicomio, por solidaridad con una amiga (o amante, según la versión).

Una gran, resbaladiza pregunta flota ahora alrededor del recuerdo de Schneider y su odio por la escena que la hizo famosa: ¿cuántos serán los que probaron en todo el mundo la estrategia sexual de Ultimo tango? Hubo alguien que seguro que no: cuatro años atrás, cuando la película –en su 35 aniversario– volvía a recorrer algunos festivales, Schneider le dio una entrevista al Daily Mail inglés en el que además de contar las amarguras de tratar de conseguir trabajo de actriz a los 50 y pico, confesaba que su vida estaba hecha, a esa altura, de “placeres simples”. “Veo amigos, voy al mercado y cocino”, dijo. “Pero ya no uso manteca para cocinar; sólo aceite de oliva.”

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