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Domingo, 13 de febrero de 2011

DOCUMENTALES > LA SALADA EN LA CAMARA DE JULIAN D’ANGIOLILLO

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Su simbolismo es notable: una inmensa feria de ferias montada en las ruinas abandonadas de un conjunto de balnearios públicos que conocieron su esplendor bajo el primer peronismo. Su movimiento, muchísimo: dos veces por semana llegan micros y autos de todo el país desde muy temprano a la madrugada. Sus ventas, inmensas: es donde compran los mayoristas y factura casi diez millones de dólares por semana. Pero, sobre todo, es un fenómeno capaz de encarnar lo más sintomático del sistema y a la vez ser la capital de la economía informal. En su documental Hacerme Feriante, Julián d’Angiolillo se mete en ese laberinto de puestos, comerciantes y clientes en Lomas de Zamora que se está volviendo legendario.

 Por Claudio Iglesias

Los comerciantes, artistas y amigos que asistieron en la madrugada del miércoles pasado a la avant-première en La Salada de Hacerme Feriante, el documental sobre la feria dirigido por Julián d’Angiolillo, fueron testigos de un hecho arquetípico: la proyección de imágenes en movimiento en un contexto como el de un paseo de compras, en el que la información y las mercancías circulan a toda velocidad. Exactamente como ocurría en las ferias en las que se proyectaron las primeras películas a fines del siglo XIX y que inspiraron esos extraños juegos de semejanzas entre capitalismo y cine a los que Walter Benjamin se entregó en su momento. ¿Hay algo en esas gigantescas aglomeraciones de mercancías y atracciones que sea inherentemente cinematográfico? El cine en sus comienzos puso a circular las fuerzas implícitas pero reprimidas en formas culturales anteriores (las “bellas artes”, la novela, por supuesto el teatro) del mismo modo en que la economía capitalista destrabó la energía inherente a configuraciones sociales previas, poniendo literalmente todo a la venta. Y hoy, cuando el cine se encuentra disuelto en infinidad de experiencias, dispositivos y formatos, un poco en los shoppings y un poco en la calle, en mantas con copias pirateadas, en teléfonos y en notebooks, cuando empieza la película y aparecen las hileras de copiadoras de dvd en acción (preparando la mercadería audiovisual que satura la feria y la película a la vez), el espectador puede sentir que el destino del cine de algún modo está, también, encriptado en la feria, en ese mar de imágenes y deseos que sube y baja dos veces por semana a metros de Puente La Noria, a la vera del Estado, sus regulaciones y leyes de copyright.

La Salada es algo así como una feria de ferias, en cuanto allí se proveen de mercadería los comerciantes que a su vez venden al por mayor en el interior (en la jerga de los feriantes, toda actividad económica por debajo de este metamayorismo es conocido genéricamente como “boludeo”). Surgida al calor de la política de importaciones de los años ‘90, la feria alcanzó masa crítica con la recesión y el desempleo sistematizado que volcaron a grandes masas humanas al sector informal, ese “lado oscuro” de la economía global que, curiosamente, puede medirse por su luminosidad no declarada (el contraste entre los indicadores económicos públicos y las fotos satelitales nocturnas es, de hecho, uno de los métodos más fidedignos para detectar el desarrollo de la informalidad: el aumento anual del consumo de luz eléctrica en áreas del globo en las que no se registra un parejo crecimiento económico “en blanco” señala la presencia de un sector informal rozagante).

En trabajos anteriores en el terreno de las artes visuales, D’Angiolillo había mostrado un cuidado especial en el entrecruzamiento de problemas estéticos, históricos y urbanísticos en distintos lenguajes, como su “biogeografía” del Parque Rivadavia en formato de comic (La Desplaza, editado por Asunto Impreso) y la videoperformance de agrimensura en acción El peregrino inmobiliario, junto a investigaciones sobre Carlos Thays y el mobiliario urbano de Buenos Aires. De esos temas de arquitectura “alta”, D’Angiolillo pasa ahora a una situación urbana y social mayor, más densa y más urgente, para la cual el cine se ofrece como un instrumento más adecuado.

Sobre las ruinas de un conjunto de balnearios públicos abandonados, La Salada parece haber seguido el camino contrario a la gentrificación urbana. Un espacio diseñado para el ocio masivo en el auge de la modernidad peronista, abandonado y luego recuperado como megacomplejo comercial espontáneo se puede leer como la contracara de la típica infraestructura industrial reconvertida en parque de diversiones, museo o complejo de cine que toda metrópolis que se precie cuenta en su haber o en sus planes. Desde aquellos orígenes esplendentes cargados de trajes de baño a rayas y ornamentación kitsch hasta su reinvención como conglomerado económico alternativo, La Salada alberga historias cruzadas que hacen a los ciclos de recesión y desarrollo, la estructura social del conurbano, la inmigración boliviana y los críticos problemas ambientales y habitacionales de la cuenca Matanza-Riachuelo, uno de los temas pendientes más ásperos de la agenda política local. Entrando y saliendo de talleres textiles domésticos, estaciones de radio amateur, asambleas de feriantes, discusiones con el poder político local (encarnado en el fotogénico intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde) y sucesivas capas de material de archivo, D’Angiolillo produjo un documental que es, en verdad, un ensayo de historia espacial, que capta la vida de la feria como un orden precario surgido del caos, una estructura inestable que se forma antes del amanecer, se despliega, se satura y se agota en el curso del día: todo un ciclo biológico al que la película dedica largos minutos en los cuales la disparidad de luces y estados de ánimo que atraviesa el tiempo de la feria recuerdan la progresión de una fiesta o una ceremonia en extremo extensa. Tomas parciales, a veces desde un carrito en movimiento, un tren o una lancha que se arrastra por el Riachuelo generan una imagen de la feria tan compleja como la feria misma, compuesta por escorzos sueltos y en movimiento, pero también por las voces de los mismos protagonistas, los feriantes que discuten sus problemas de viva voz mientras arman sus puestos o manejan instrumentos de confección. Como si un emprendimiento anónimo y casi aleatorio que moviliza (según las estimaciones disponibles) alrededor de nueve millones de dólares por semana representara un desafío simultáneamente para las políticas públicas y para la posibilidad artística de representarlo de forma condensada o coherente. Más bien ocurre que la feria abarca a la película, y no al revés: a la avant-première improvisada siguió el reparto de la copia de dvd entre los mismos feriantes que, además de poder venderla, la tienen entre los poquísimos documentos existentes que trascienden la banalidad periodística y sus consabidos temores sociales, empresariales o leguleyos. Por más que parezca un documento neutral en su lenguaje cinematográfico, para muchos de sus espectadores Hacerme Feriante será un relato colectivo, una especie de obra canónica de la informalidad vernácula, un verdadero canto de la tribu. A través de los temas actuales del comercio global, la política del Estado y la autoorganización de sectores precarizados, D’Angiolillo ofrece algunas claves antropológicas para aproximarse a un tipo de organización económico-social cuya vitalidad puede acoplarse o desacoplarse oportunamente de la del resto del sistema económico, una suerte de fenómeno cultural anfibio y atávico, capaz de encarnar el capitalismo actual pero, también, precederlo y sobrevivirlo. La oportuna cita de Martínez Estrada con que cierra la película se condensa mucho mejor en las palabras de Jorge Castillo, el mediático cacique de la feria cuya frase funciona como leit-motiv de la película entera: “Cuando Colón llegó a América, los indios lo esperaban con una feria”.

Hacerme Feriante se proyecta todos los sábados y domingos de febrero a las 18 en el Malba (Figueroa Alcorta 3415).

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