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Domingo, 15 de mayo de 2011

Las penas son de nosotros

Tres actrices interpretando a asistentes sociales entrevistan a los habitantes de San Cristóbal para interiorizarse de los problemas del pueblo, y el pueblo entero aceptando interpretarse a sí mismo. Con ese planteo, tan simple como complejo, Santiago Loza e Iván Fund filmaron Los labios, una película que se mueve entre la ficción y el documental para capturar esa verdad susurrada que muchas veces es la voz de un pueblo.

 Por Mariano Kairuz

Lo más urgente sería trabajo, un trabajo estable”, dice el hombre, con cierto pudor, expresando su estado de necesidad de un modo sencillo, que nunca busca sonar lastimero; sencillamente explicándoles a estas personas que han llegado para escucharlo, que no le vendría mal una ayuda. Las que han llegado hasta allí, hasta este empobrecido pueblo del interior para escucharlo, son tres mujeres, tres asistentes sociales en una misión: hacer un relevamiento de los problemas que padecen los habitantes del lugar. El pueblo, que nunca se identifica en la película, es San Cristóbal, norte de Santa Fe. Y estas tres mujeres son las protagonistas de Los labios, la película de Santiago Loza (Córdoba, 1971) e Iván Fund (San Cristóbal, 1984) que se estrenó en la sala Lugones y en el Malba. Si el borramiento de los límites entre ficción y documental se ha convertido en una marca esencial del cine contemporáneo, puede decirse que Los labios hace de su particular simbiosis entre ambos registros uno de sus mayores fuertes. Las mujeres están interpretadas por las actrices Eva Bianco, Victoria Raposo y Adela Sánchez, que el año pasado se llevaron el premio a la mejor actuación en la sección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes; mientras que los habitantes del pueblo son gente que efectivamente vive en el lugar y no cuenta con ninguna formación actoral. Como resultado de este procedimiento, las preguntas que formulan las protagonistas, que están guionadas o al menos marcadas, obtienen como respuesta testimonios en los que se hace patente la autenticidad de las palabras y los modos de hablar. Como en el relato tranquilo de este hombre que dice que “lo más urgente sería un trabajo”, y en cuyas palabras aparece algo absolutamente verdadero que quizá ni el más perceptivo y agudo de los guionistas podría replicar por escrito.

Del tránsito de esos momentos de verdad a los distintos pasajes del viaje emocional de las protagonistas –que se instalan en las ruinas de un hospital abandonado– se constituye principalmente Los labios, proyecto que empezó a tomar forma en la cabeza de Fund y de Loza hace más de tres años, y se concretó a partir de una amistad y una confianza afianzada en la colaboración de cada uno en las películas del otro (Fund trabajó como camarógrafo y en otros rubros en los últimos films de Loza, y éste asistiendo al primero en la escritura del guión de su ópera prima, La risa, del 2009). “El punto de partida es una historia que había contado Luciana una prima mía que es asistente social”, dice Fund. “Ese fue el motor, luego se construyó un guión de escenas a pura ficción.” “Nosotros lo vemos un poco como un mito, un cuento, casi un western –dice Loza–, con tres forasteras que llegan a un lugar y terminan disolviéndose en él.”

Si tuvieron un modelo sobre el cual trabajar, dice Loza, el único fue Francisco, juglar de Dios, de Roberto Rossellini. “Ambos volvimos a verla cuando escribíamos y sentimos que la película tenía algo, si no cristiano, franciscano; al menos eso lo veía yo, que soy más creyente que Iván. Eso quedó flotando y luego apareció el título, que tiene que ver con una frase de Clarice Lispector, que dice que ‘para entrar en comunión con el mundo hay que besar al leproso’. Esta frase terminó de darle forma a la idea de la película.”

Realizada en dos semanas muy intensas con un equipo reducido, la filmación de la película también fue, coinciden los directores, una experiencia de una alegría y una iluminación inesperadas. El apoyo que encontraron en la gente del lugar se debió en parte a que allí es donde nació Fund y donde vive parte de su familia materna, que los ayudó con las comidas, entre otras cosas. “Esa familiaridad se transmitió a la comunidad. Hubo mucha planificación previa, pero mucho de lo que sucedió tuvo que ver con la generosidad que apareció frente a lo que estábamos filmando; fue como si el mundo se hubiese abierto por esa semana y nos ofreció algo muy vivo que generalmente en los rodajes es más esquivo.” “Desde el vamos hubo buena onda –dice Fund–. Se propuso a la gente un juego abierto de improvisación, y la gente sabía que las chicas eran actrices y no tenían que contestar necesariamente la verdad en las entrevistas, pero lo que pasaba en la mayoría de los casos era que al terminar la escena te decían: Yo prefiero decir la verdad porque me es más fácil que ponerme a inventar algo. La gente siempre fue muy abierta, había algo divertido, como si el juego de ficción les diera más libertad para decir lo que les pasaba y que por ahí en una entrevista con asistentes sociales de verdad los hubiera hecho sentirse más incómodos.”

El largo recorrido internacional de la película –que tras ganar el premio a la dirección en el Bafici y el de las actrices en Cannes, se proyectó en muchos festivales: Viena, Rotterdam, Londres y Gijón– los puso frente a públicos y reacciones diversas. “En México, Perú y otros lugares de Latinoamérica –dice Fund– a veces decían: eso puede ser acá. Pero en otros lados pasó que la película era celebrada por las razones equivocadas. Había quienes preguntaban cómo siguió la historia de esa gente, en qué mejoró la vida del lugar después de la película, y eso es algo que excede el cine, el cine no se puede hacer cargo de eso, o no en esos términos.”

¿Y qué respondían si alguien los acusaba de hacer explotación de la pobreza?

Loza: –Ese tipo de abordaje fue nuestro terror desde el comienzo y lo que buscamos eludir. Acá no se estetiza la miseria; Los labios es, sí, una película sobre la pobreza, pero es bastante transparente el mecanismo. Pero en Europa, así como mucha gente se emocionaba, también se daba cierto malentendido, una cosa paternalista, mucho pero qué tremendo lo que pasa allá, una postura biempensante que hemos tratado de discutir. El cine no está para calmar conciencias; ni a Iván ni a mí nos calma el haber hecho la película. Antes de llegar al rodaje tuvimos una larga etapa de discusión ética y es por eso que tardamos tres años en hacerla. A mí me genera mucha violencia este tipo de lectura; yo mismo critico mucho cine latinoamericano que hace esa especie de tour o miseria-fashion; y nos mataríamos antes de hacer eso. Por otro lado, también pasó que se impuso otra cosa al llegar a San Cristóbal para filmar: lo escabroso no sucedía, la gente lo vivió con alegría.

Fund: –A la hora de filmar, esos terrores que teníamos desaparecieron, porque se nos presentó algo muy contundente y vital. Además, ver la película con la gente del pueblo fue increíble; más allá de Cannes, los momentos más intensos y valiosos que vivimos fueron los que compartimos cuando se proyectó la película entre la gente que había participado en San Cristóbal. La gente la sintió muy propia, estaba muy contenta, y ese fue un espacio que nos quedaba para confirmarnos lo que significaba esta película. Ese momento fue para quienes la hicimos, aunque recién se está estrenando ahora, una suerte de clausura.


Los labios se puede ver durante todo mayo los viernes, sábados y domingos a las 22 en sala Lugones (Av. Corrientes 1530), y los sábados y domingos a las 18 en MalbaCine (Av. Figueroa Alcorta 3415).

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