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Domingo, 29 de enero de 2012

PERSONAJES > RYAN GOSLING, PROTAGONISTA DE DRIVE, SECRETOS DE ESTADO, LOCO Y ESTúPIDO AMOR Y BLUE VALENTINE

El hombre del momento

 Por Mercedes Halfon

Hace rato que Ryan Gosling merodea por Hollywood. Desde su más tierna infancia. Y, finalmente, después de varios nada casuales aciertos a lo largo de los últimos diez años, logró instalarse. Y hasta presentarlo resulta algo tardío, aunque su cara conserve todavía cierta frescura valiosa para el cine americano. Un rostro que muchos quieren relacionar con el de otros grandes galanes como el rubio y recio Alan Ladd (en una rápida pasada por Google Images veremos lo innegable del parentesco). Y también otro héroe, de una belleza que, como la de Gosling, no es un absoluto sino un conjunto singular: el tímido, gracioso y un poco intelectual James Stewart. Ryan tiene ese tipo de cara blanquita y alargada, una nariz fina y muy protagonista, pero sobre todo tiene unos ojos pequeños y tristones, que le posibilitaron ser muchas cosas: un tipo sensible y golpeado por la vida, un peligroso fanático, una joven brillante promesa para la política estadounidense y más. A Ryan le da para mucho, no sólo por su versatilidad como actor sino porque tiene un aspecto que calza como un guante en ámbitos muy diversos. De la psicosis a la agudeza intelectual, pasando por el alcoholismo indie de suburbio norteamericano. Y la verosimilitud sale favorecida.

Es conocido su inicio como niño prodigio en el Mickey Mouse Club de Disney Channel, donde compartía pantalla con Justin Timberlake, Britney Spears y Christina Aguilera. Gosling es canadiense, hijo de una secretaria y un trabajador de una fábrica de papel. Una familia de religión mormona. Pese a su religiosidad, tuvo una temprana carrera de actor de tele que siguió, hasta que a los diecinueve años decidió comprometerse con films más serios. La oportunidad le llegó en 2001 con The Believer, donde deslumbró con su interpretación de un joven judío neonazi. La película ganó un Grand Jury Prize en el Festival de Cine de Sundance y fue su bautismo en el cine independiente. A partir de allí hubo una seguidilla de films que lo catapultaron tanto dentro de la categoría “buenos actores al margen de la industria” como dentro de las preferencias de las chicas (siempre está a punto de llegar al podio de “hombre más sexy del año”; tal vez en 2012 consiga esos votos que le faltan). Fue con el peliculón de amor The Notebook, de Nick Cassavetes, que se convirtió en una megaestrella y con Half Nelson, que lo nominaron por primera vez al Oscar.

Pero Gosling no es esa clase de chico convencional que sólo quiere llegar a la cima del éxito. Por eso después de ese loco envión se tomó un tiempo para dedicarse a su otra pasión, la música. Sacó un disco solista llamado Put me in the Car que se puede bajar de Internet y formó Dead Man’s Bones con su cuñado Zach Shields (novio de la hermana de la actriz Rachel McAdams, con quien salió varios años). Su primer disco, bautizado como la banda, se editó en 2009 y fue sorprendente: oscuro, halloweenesco, con percusiones raras, coros de niños, llantos, recitados, momentos tristísimos y otros festivos, historias de monstruos y más. Gosling hace voces y toca piano, guitarra, bajo y cello. Nada menos.

Entre 2010 y 2011 hizo cinco películas, donde se lo ve en su mejor momento. Desde la independiente Blue Valentine, donde encarna al fracasado, querible, borracho, enamorado, cínico esposo de Michelle Williams; hasta la esperada Secretos de Estado de George Clooney. En Crazy Stupid Love debutó en la comedia (y en la autoparodia, burlándose de sus trabajados abdominales) con Steve Carrell.

En marzo llegará Drive, de Nicolas Winding Refn, un film que tiene todo para convertirse en miniclásico de culto: estética vintage de los ‘80, una historia de amor indie, un protagonista masculino violento y atractivo. Gosling es un lacónico experto conductor de autos para robos. Con su campera matelaseada con un escorpión en la espalda, Gosling es lo más parecido a un poster de Pagsa que vio el cine en los últimos años. Bello, kitsch y silencioso. Habrá que subirse a ese coche.

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