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Domingo, 15 de abril de 2012

CINE 2 > PIRATAS: EL IMPERIO BRITáNICO HECHO PLASTILINA

Piratas for ever

Los magistrales padres de Wallace & Gromit y Pollitos en fuga se redimen de ese pecado de animación digital que fue Lo que el agua se llevó con otra joya de la animación de muñecos cuadro por cuadro: ¡Piratas! Una loca aventura. Aunque no se estrena con las voces originales, esta muy británica y poco flemática sátira del Imperio de la Reina Victoria vale cada uno de sus cuadros y de sus doblones.

 Por Mariano Kairuz

La nueva película con que Aardman Animation está invadiendo masivamente las salas de todo el mundo estas semanas –el primer largometraje protagonizado por hermosos muñecos como-de-plastilina de los creadores de Pollitos en fuga y Wallace & Gromit: la maldición de los vegetales– es doblemente inglesa.

Por un lado, porque buena parte de sus personajes principales, como su título ¡Piratas! Una loca aventura promete, son bucaneros. Pero fundamentalmente porque el resto, los que no son bucaneros, son piratas en el sentido en que el diario Crónica utiliza editorialmente el gentilicio: son sencilla y eminentemente ingleses. Ya en los primeros minutos de la película aparece la reina, y no cualquier reina, porque estamos en la primera mitad del siglo XIX y la reina es Victoria, exclamando: “¡Odio a los piratas!”, frente al mapamundi que muestra la expansión y el firme dominio que su imperio y en particular su flota naval ha alcanzado sobre buena parte del planeta. Sólo una pequeña porción se resiste: el Caribe. Pero el humor very british de la película se permite esta sutileza vagamente política y absolutamente divertida que consiste en convertir a la monarca que le dio su nombre a una época en la gran grotesca villana de la película, la voraz cabecilla de una logia de líderes mundiales que se dedican a devorar especies en extinción (entre otros actos motivados por la pura maldad). Y en hacer de las calles de Londres un lugar más peligroso que las aguas infestadas de tiburones del Atlántico tropical.

Eso, lo dicho, por un lado. Por otro, con ¡Piratas! Una loca aventura (en el original Pirates! A Band of Misfits, algo así como Piratas: una banda de descastados), Aardman lanza su segunda invasión inglesa en un mundo que pertenece a Hollywood. Esto es, se relanza a sí misma a los cines del mundo tras cortar por acuerdo mutuo la asociación que la compañía británica mantuvo durante años con Dreamworks, bajo cuyo sello estrenaron por todas partes la primera aventura para cines de Wallace & Gromit –el señor y su flemático perro, con las que cimentaron su fama mundial– y Pollitos en fuga –su homenaje con gallinas a los films de guerra y campos de prisioneros clásicos–, y un fracaso titulado Lo que el agua se llevó, que no estaba hecho de plastilina sino de ese monstruo que todo lo devora que es la animación digital. Aunque tomar por asalto el mercado mundial desde Hollywood a la par de los grandes estudios es un viejo anhelo de Aardman, alegan sus responsables fundadores Nick Park y Peter Lord, la compañía tiene otra idiosincrasia que no le permite llevar el ritmo de producción de Pixar, Disney y los demás jugadores clase A. “Nunca dejamos de amar la arcilla de la que están hechos nuestros protagonistas”, dijo Park. “Siempre sentimos que cada película que hacemos tiene que parecer, y ser, el trabajo de un artista. La autenticidad es la clave”. Así que ahí tienen.

Entonces, a lo que de verdad importa: ¿por qué cada vez que aparece una película hecha en dibujos hechos a mano o en stop motion –el sistema de muñequitos animados incansablemente cuadro a cuadro a cuadro– resucita por todos lados ese lugar tan común de la crítica acerca del encanto de lo artesanal, de lo manual, de lo artísssstico, haciéndole frente al digital? Bueno, en parte se debe a razones difíciles de precisar que tienen que ver con una forma particular de belleza, pero también probablemente porque para varias generaciones esa apariencia “retro”, de rusticidad e imperfección –una imperfección cada vez menos imperfecta, porque hasta las huellas digitales de los tipos que la sudan detrás de cada muñeco son borradas en una computadora– toca alguna fibra íntima que nos hace decir que esos muñecos son “de plastilina” (cuando necesariamente son de algún material más resistente), como si fuéramos nenes de cuatro jugando a hacer bollos de colores.

Y ahora a lo otro que de verdad importa: los de Aardman siguen siendo los mejores haciendo stop-motion (con todo respeto por el inminente Frankenweenie de Tim Burton). Por su técnica y por sus guiones: su nueva película (basada en los libros de un tal Gideon Defoe, sin parentesco comprobado con el autor de Robinson Crusoe, parece) trata menos, como ya se dijo, de los piratas de altamar que de los de tierra firme. No vamos a contar el argumento acá pero vale adelantar que su personaje principal lleva el genérico nombre de Pirata Capitán, que hace veinte años que no consigue un botín que lo haga digno de respeto entre sus pares en los Siete Mares, y que en tratar de enmendar esa situación se encuentra justo cuando se topa con un pérfido Charles Darwin, todavía un muchacho joven atormentado por su falta de experiencia con mujeres y acompañado por un mono súper inteligente, y con la monstruosa reina. Entre los muchos personajes secundarios están el “Pirata de Curvas Sorprendentes” y la caribeña Liz, con la voz y las curvas de Salma Hayek. En cuanto a la voz de esta pulposa piratita, es la única que permanece en la versión doblada al castellano: lamentablemente, nos vamos a perder a Hugh Grant, Martin Freeman y otros. Y en cuanto a sus curvas, qué se puede agregar: más belleza sobre belleza, carne hecha goma, goma hecha carne. Disculpen la vulgaridad de marinero.

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