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Domingo, 29 de junio de 2003

HALLAZGOS

¿Y ahora quién podrá defendernos?

El año pasado, la crisis argentina llegó a las tapas de todos los diarios y a las pantallas de todos los noticieros del mundo. Pero hay más: también llegó a los cómics de superhéroes. En tres números de su revista publicados este año, la Mujer Maravilla llega a Buenos Aires persiguiendo a un adversario sólo para
encontrarse sumergida en un maremágnum de piqueteros, ahorristas, represores, ex peronistas y tránsfugas financieros. Como si fuera poco, cuenta con la indispensable ayuda de sus colegas locales: los súper miembros de Súper Malón.

Por Gustavo Secchi

LLoss autos enfrente a la Casa Rosada vuelan por el aire. Manifestantes corren despavoridos mientras la vereda de la Plaza de Mayo se convierte en escombros. Dos figuras demoníacas, una de ellas un explotador entrepreneur argentino convertido en monstruo felino, se trenzan en fiera lucha y se arrojan 4X4 como proyectiles. De repente, la Mujer Maravilla aparece en el medio de la pelea y le dice al animalizado yuppie: “¡Eres más salvaje que el manifestante más desesperado, Ballesteros!”. Acto seguido, le da una paliza.
Este escenario suena a parodia o a apropiación posmo de iconos culturales hegemónicos, pero no lo es. La descripción responde a uno de los cuadritos de Revenge of the Cheetah (“La Venganza de la Chita”), una serie de tres ejemplares del cómic de la Mujer Maravilla publicados en Estados Unidos por DC Comics a principios de este año. El argumento de la serie es complejo y responde a la cada vez más retorcida continuidad del cómic moderno de superhéroes: un misterioso villano le ha robado los poderes del dios Chita a su antigua dueña y también ha convertido a una ex amiga de la Mujer Maravilla en una máquina de matar voladora, Silver Swan (Cisne Plateado). La desairada mujer Chita entonces viene a buscar al villano para vengarse; como dueña del cómic, la Mujer Maravilla también aparece con su legendario avión invisible para enfrentarse con Silver Swan. Después de una batalla campal con muchas páginas de amazonas y gente-Chita dibujadas con mucho músculo y agresividad, el Bien triunfa y la Mujer Maravilla regresa a su isla paradisíaca para una fiesta.
Lo interesante de esta historia no pasa ni por la bizantina trama ni por los dos o tres gestos medio feministas del guión. Pasa más bien por el misterioso villano. Si bien la historieta comienza en Themyscira, la isla de la Mujer Maravilla repleta de extrañas columnas fálicas y sabios Consejos de Ministros a la Star Wars, enseguida nos transporta a una mucho más caótica “Buenos Aires, Argentina”, claramente reconocible por una vista aérea del obelisco. Allí vive Sebastián Ballesteros, que domina el horizonte de la ciudad desde la sede de la Ballesteros Corporation. Lo que ve desde su torre (dicho sea de paso, calcada de la Torre Bouchard en el Bajo, con pirámide masónica en el techo y todo) no le agrada en absoluto: un nutrido grupo de manifestantes (“rioters” en inglés) está escrachando su edificio en respuesta “al tratamiento recibido de manos de los líderes de negocios y banqueros durante el colapso económico masivo sufrido por los argentinos”. A Ballesteros esto no le importa porque para él estos rioters son “simples campesinos” (sic), “parte de una clase baja de la que él se ha desligado y con la que no quiere saber nada”.
La historieta enlaza el arribismo de Ballesteros con su culto del dios Chita y su ambición asesina, pero también nos cuenta una curiosa minibiografía del villano: “Nacido en la pobreza de una familia trabajadora en una de las villa miseria de Buenos Aires, los padres de Sebastián eran peronistas, y su hermano fue muerto por los militares durante el Cordobazo. Años después, los padres de Sebastián fueron secuestrados como parte de la limpieza de la sociedad argentina del general Videla, convirtiéndose en dos más de los desaparecidos”. Después de esta traumática infancia, Ballesteros decide cambiar su vida: “En vez de unirse a los sindicalistas y estudiantes comprometidos a los que su familia había conocido y con los que había participado, y luchar por el fin de la corrupción y el control militar, Sebastián rechazó sus valores e ideas políticas. Porque odiaba a las clases bajas”. En el cuadrito donde nos cuentan esto se ve claramente a Sebastián con una figura galtieresca en el balcón de la Rosada mirando una manifestación de las Madres con bastante indiferencia.
Pero a fuerza de talento y trabajo, Sebastián se abre paso desde la villa miseria a la cima de la Ballesteros Corporation en pocos años. Es allí, rico, privilegiado e impune, que conoce al dios Chita y a su avatar femenino que vendrá a luchar con él por los cielos de Buenos Aires. Lo que sigue es una especie de Día de la Independencia criollo en el que varios lugares icónicos de la ciudad son destrozados por Ballesteros/Chita y su enemiga en el fragor de la lucha: la Rosada, la 9 de Julio, y hasta la pobre Retiro la ligan fiero en el reparto de tortas. A todo esto la Mujer Maravilla y dos asistentes llegan de su primer mundo fálico para enfrentarse con Silver Swan por los mismos lugares mientras tratan de detener la pelea de la gente Chita, esquivar manifestantes y unirse con un destartalado grupo de superhéroes argentinos.
Lo que sucede durante este grand guignol es que la Mujer Maravilla desarrolla una conciencia social, aunque una no muy clara. Convencida por los reclamos de los manifestantes frente a la Casa de Gobierno, la heroína se enfrenta con Ballesteros/Chita. El Cachiru y la Salamanca, superhéroes autóctonos y parte del “Super-Malón” (sic), vienen a ayudarla pero no son muy eficientes y, en todo caso, su vocación de servicio pasa por la ley y el orden y no por los alineamientos políticos: primero tratan de reprimir el escrache a Ballesteros, después “protegen a los civiles” durante el descontrol generalizado. El Cachiru, una especie de Batman lechuzón criollo, en un momento le dice a la Wonder Woman: “El pueblo argentino no puede sobrevivir esta destrucción... ni tampoco su otro sufrimiento”.
¿Cómo acabó toda esta confusa combinación de historia social argentina y tarjetas postales retocadas en un cómic masivo para consumo en el norte? Hay dos claves en este oscuro cuentito de la globalización: el guionista y dibujante Phil Jiménez y un proyecto abortado de DC Comics llamado Planet DC. Jiménez es una de las estrellas actuales del cómic masivo. Unos años atrás, Jiménez visitó una convención de cómics en Buenos Aires y se fue muy contento. “La pasó bien acá”, cuenta Diego de Entelekia, la legendaria librería especializada en historietas de la zona de Tribunales. “Habló con artistas y fans de acá y conoció la ciudad. Parece que Sebastián Ballesteros es alguien que conoció acá y terminó siendo el nombre del personaje.”
En el cómic norteamericano, algunos dibujantes y guionistas son verdaderas estrellas (o sea que hay muchos lectores que siguen lo que hacen sin importar el título) y las dos compañías grandes, DC Comics y Marvel, dueñas de importantes franquicias como Superman y El Hombre Araña, normalmente le confían sus títulos centrales a estas estrellas. Fue así como Jiménez llegó a ser principal responsable de Wonder Woman entre 2000 y 2003 y fue luego de su visita a Buenos Aires que decidió ambientar su serie de despedida en esta metrópolis. “En varias historietas norteamericanas aparece la Argentina”, cuenta Diego, “pero es siempre lo mismo: presidentes militares, alguna cabaña a lo Inodoro Pereyra con un árbol y una vaca. Por lo menos Jiménez vino y mostró la ciudad ahora”.
En realidad, Argentina estaba en la mira de DC desde hace años. En 2000 el país fue uno de lugares visitados por distintos héroes norteamericanos en un proyecto llamado Planet DC, una idea del departamento de marketing para desarrollar nuevos héroes con appeal global. Así, Superman terminó en México, Batman en Inglaterra, y otros héroes menores acabaron en lugares como Japón e Israel. A Flash, el hombre más rápido del mundo, le tocó Argentina, donde tuvo que ayudar a la bruja Salamanca a rescatar al Súper Malón (cuyos miembros incluían al Cachiru, Mulita y Yaguareté) del terrible hechicero Gualicho. La estrategia de marketing no tuvo mucho éxito y quedó medio olvidada, aunque fans locales sintieron cierto orgullo de que el dibujante argentino Quique Alcatena fuera contratado para proveer a la revista de auténtico “color local”. Y aunque nominalmente el guión era obra exclusiva del escritor estrella Chuck Dixon, muchos dicen que Alcatena sirvió casi de coguionista fantasma del norteamericano. Una especie de versión finisecular de las mentadas “colaboraciones” asimétricas entre Walt Disney y García Ferré muchos años atrás. La Mujer Maravilla de Jiménez explícitamente refiere con la presencia del Súper Malón a Haunted Pampas (“Las Pampas Encantadas”), la obra de Dixon-Alcatena. Pero también reconoce la existencia de un mundo posterior a las catástrofes internacionales y nacionales de 2001. Si el color local que el argentino Alcatena ponía en su arte pasaba por detallados dibujos de Plaza San Martín o alguna furtiva pintada de “Luca Vive”, el gringo Jiménez tiene una mirada más evocativa de la Argentina en crisis: llamaradas, manifestaciones, conflicto social, los costos de las ambiciones bestiales de ciertos sectores y esas referencias bien confundidas pero igualmente impactantes al pasado reciente y al “pueblo argentino” y sus sufrimientos.
La ironía es que este curioso artefacto cultural quedó atrapado sin audiencia. Los lectores norteamericanos de la Mujer Maravilla (realmente una subcultura muy menor) sólo leyeron algún sentido en las escenas de lucha libre entre los superhéroes. “An all-fight issue!” (“¡Un ejemplar íntegramente de peleas!”) comenta un fan gringo en Internet y no les da mucho puntaje a las “caracterizaciones”. Mientras tanto, en la Argentina devaluada, las pocas copias que llegaron no fueron muy comentadas.
“Las revistas importadas se cuadriplicaron en precio”, cuenta Diego de Entelekia, “y la gente dejó de comprarlas”. ¿Qué diría Wonder Woman de todo esto?

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