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Domingo, 26 de agosto de 2012

DESPEDIDAS > SE SUICIDó TONY SCOTT, DIRECTOR DE EL ANSIA Y TOP GUN

Puente sobre aguas turbulentas

Era un hombre complejo: alguna vez quiso ser pintor y acabó trabajando como publicitario junto a su hermano, el exitoso director Ridley; en su carrera como director era capaz de rodar películas atmosféricas y delicadas, como su primer largo Loving Memory, artefactos comerciales infalibles como Top Gun, películas de acción notables como Marea roja y Enemigo público o vehículos policiales objetables como Hombre en llamas. Su estilo lustroso y clipero, su eficiencia, lo alejaron de los mimos de la crítica. Tony Scott siempre fue un artesano virtuoso con ramalazos de artista: parecía capaz de mucho más y, al mismo tiempo, parecía que sólo le interesaban las películas con mucha adrenalina y poca sustancia. La semana pasada se suicidó arrojándose de un puente en Los Angeles. Se hablaba de que tenía cáncer, pero la familia desmintió la versión. Y, hasta ahora, el origen de su tristeza sigue siendo un misterio.

 Por Mariano Kairuz

En 1965, Ridley Scott, el futuro director de Alien, Blade Runner y Gladiador, filmó su primera película: un corto titulado Boy and Bicycle, que no se parece en nada a sus superproducciones más famosas, y sí a las más pequeñas e intimistas experiencias del cine inglés de su época. Un chico recorre Londres en bicicleta; está solo en las calles vacías, como si fuera el último habitante de la Tierra, pero la película no podría estar más lejos del cine apocalíptico y sus postales de desolación: la atmósfera es soleada y el rostro del chico se ve iluminado y radiante de futuro. Por momentos se detiene, se baja de la bicicleta, se recuesta en la arena, camina por la rambla. Encuentra un puente, lo examina, da unos pasos por el borde mientras la cámara lo toma desde abajo, hay algo de vértigo y vitalidad. El chico, que parece un adolescente pero ya tendría unos 20 años, no era un actor profesional sino probablemente el único que Ridley podía pagar: su hermano menor Anthony, Tony.

Un fragmento de este corto (que está editado en DVD en Inglaterra por el British Film Institute) circuló mucho por Internet esta semana. El domingo pasado, al mediodía, Tony Scott, aquel chico cargado de futuro en el que nadie reconocería aún al director de Top Gun y Hombre en llamas, el que camina por el borde, se arrojó de un puente bastante más alto, el Vincent Thomas Bridge del distrito portuario de San Pedro, en Los Angeles. Hubo testigos. Se dice que un par de minutos antes del salto se lo vio nervioso, pero decidido; que se subió a una estructura del puente y se arrojó casi 60 metros en caída libre hacia la rompiente, como darse con el auto a toda velocidad contra una pared. Su cuerpo fue recuperado horas después. Había dejado una nota de suicidio en su oficina pero, por lo que se sabe hasta ahora, ésta no ofrece motivos. Su último acto le dejó a él una escena de adrenalina que no es difícil asociar a varias de sus películas más exitosas; y, a su público, sólo misterio.

Inevitablemente, a lo largo de estos últimos días proliferaron los obituarios marcados por la corrección política, que pendulan entre el respeto por un tipo que a los 68 todavía parecía tener un puñado de películas en el cargador, y un intento de hacer un recorrido crítico por una filmografía que pocas veces se llevó de verdad bien con la prensa especializada. Se habla de un director “de género”, del realizador de un cine de acción sólido y eficiente, de un artesano, todos calificativos que le cuadran, pero que suelen funcionar como eufemismos, para referirse a un tipo de oficio, técnica y astucia, en contraposición a un artista con sensibilidad. Sus dos primeras películas hollywoodenses fueron duramente maltratadas por la crítica en su momento. Su debut, El ansia (The Hunger, 1983), film de vampiros con David Bowie y al menos una memorable escena de sexo lésbico (Susan Sarandon y Catherine Deneuve) es hoy un objeto de culto glam, pero por su tremendo fracaso comercial estuvo a punto de ser también su despedida. Su opus dos y resurrección ante los estudios, la película que marca el inicio de su redituable asociación con el superproductor Jerry Bruckheimer y de su cine de acción, es decir, Top Gun, fue el éxito del año, pero también chorreaba muzzarella, con la canción de Berlin “Take my Breath Away” y el osado affaire de las lenguas de Tom Cruise –el piloto que desafió las leyes de aeronáutica y la física– y su instructora Kelly McGillis fotografiadas en contraluz. Ah, los ’80.

El estilo brilloso y clipero que Scott empezó a afianzar en esos dos films no estaba necesariamente en su naturaleza sino que se había forjado en más de una década de trabajo publicitario. Antes, indica la historia familiar, hubo otro Scott, que no quería dedicarse al cine sino a pintar cuadros. Sólo que este estudiante de la Royal School of Art tampoco estaba dispuesto a morirse de hambre en nombre del arte, por lo que por un instante consideró dedicarse a filmar documentales. Su hermano Ridley lo disuadió: “No te vayas a la BBC, venite a trabajar conmigo en publicidad –le ofreció–. Y en un año te vas a poder comprar una Ferrari.” Suficiente como motivación: en Ridley Scott Associates, Tony y su hermano filmaron miles de comerciales, el corte rápido y eficaz que se convertiría en su marca y su velocidad, ganándose el desdén de la crítica por eso del “puro-estilo-y-nada-de-contenido”. Una injusticia que pasa por alto que Scott dirigió en los ’90 un terceto de películas extraordinario: Escape salvaje (True Romance, 1993), Marea roja (Crimson Tide, 1995), Enemigo público (Enemy of the State, 1998). La primera, artefacto inusual en su carrera, combinaba sus escenas más arquetípicamente violentas con un espíritu pop y un romance criminal a lo Bonnie & Clyde –protagonizado por una hermosa Patricia Arquette en corpiño de leopardo y un freak amante de las películas de artes marciales (Christian Slater), con múltiples referencias cinéfilas y grandes actuaciones secundarias–, suele adjudicársele casi por completo al autor de su guión, Quentin Tarantino. La siguiente fue un tenso avatar de ese subgénero infalible, el thriller de submarino, en el que Gene Hackman y (el actor fetiche de Scott) Denzel Washington se enfrentan a cara de perro a la hora de lanzar o no un ataque nuclear sobre una isla rusa. Hackman encarna a la vieja guardia, el hombre-que-hace-lo–que-hay-que-hacer- y-deberíamos-haber-hecho-hace-mucho; Washington, la mirada de la generación que alcanzó a entender que “en un mundo nuclear, nuestro mayor enemigo es la guerra misma”. Paradójicamente o no, Scott, este inglés hijo de un militar, nacido sobre el final de la Segunda Guerra, nos zambulle en su historia con un soundtrack militarista para muy poco después edificar con contundencia nuestra más completa identificación con el joven marine, patriota pero paficista. Para un cineasta que ha sido corrido por derecha (por sus apuestas moralmente más, digamos, complicadas, como la de Hombre en llamas), o por, como suele decirse, haber creado con Top Gun la historia de amor y acción más paradigmáticamente reaganiana de los ’80, Enemy of the State es una película pre 11-S notable por su sensatez y sensibilidad sobre la sociedad de vigilancia y un mundo paranoico en que las libertades individuales se ven crecientemente amenazadas en nombre de la seguridad. La protagonizaban Will Smith y de nuevo Hackman, cuya participación la convertía en una suerte de secuela no oficial de La conversación, el clásico de Coppola de 1974.

Tres películas memorables en las que a veces parece asomar el chico de la bicicleta; no tanto el director de la gorra y el habano que coleccionaba Ferraris y Harleys Davidson, el imparable hombre de acción que dormía tres horas al día y decía obtener la dosis de miedo y adrenalina que necesitaba de los rodajes, mientras que entre uno y otro se relajaba practicando alpinismo o paracaidismo, y que cuando murió estaba produciendo treinta proyectos y preproduciendo Top Gun 2. Tal vez, ahora que pasó la adrenalina y sólo quedó el misterio, para encontrar a Anthony Scott, el hermano menor, el chico con futuro, haya que viajar hasta antes de Bruckheimer, e incluso de la primera Ferrari, y revolver entre las imágenes del corto One of the Missing, su verdadero debut como director, en 1969, adaptación de un cuento de Ambrose Bierce sobre un soldado de la guerra civil norteamericana atrapado bajo escombros y con los minutos contados, o su primer largo (o casi largo) Loving Memory, una atmosférica pieza de cámara en blanco y negro protagonizada por dos hermanos solos, un chico y una chica aislados del mundo, y un oscuro secreto. Quizás ahí se encuentre el chico de la bicicleta, el que retozó en la arena, el que caminó por el borde del puente, y que acaso sea el mismo que una semana atrás subió un poco más arriba, y saltó.

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