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Domingo, 25 de noviembre de 2012

Acá, allá y en todas partes

Juan Alberto Badía fue el primero de otra época en oler el cambio en el aire y abrirle la puerta de los medios masivos a una generación nueva que asomaba para cambiar de manera irreversible la cultura de este país. Empezó en los ’70 subiéndose a un escenario para contar la historia de Los Beatles, y una década después tenía un programa de televisión ya legendario desde el que presentaba al rock nacional en su mejor momento. Todos pasaron por ahí y él estuvo con todos. Recorrer la vida de Badía es asistir al paso de la juventud de la radio a la televisión, del blanco y negro al color, del fútbol al rock y de los sótanos a los estadios. En sus recuerdos se cruzan desde Romay, Aramburu y José María Muñóz hasta Los Beatles, Queen y Borges. En mi vida, la autobiografía en la que trabajó sus últimos meses, con ayuda de Sergio Marchi, es un tesoro inesperado repleto de perlas y secretos revelados. El mismo Marchi presenta el libro y Radar selecciona apenas un puñado de esos momentos increíbles.

 Por Sergio Marchi

“¿Te parece que habrá alguien a quien le interese todo esto que estamos charlando?”, me preguntó Juan Alberto Badía. Pasaron más de cinco meses de esa charla y aún no me acostumbro a su ausencia. Pero sigo estando seguro de que sí, que va a haber muchos lectores interesados en conocer no sólo la obra, sino parte de la vida y los pensamientos de uno de los más grandes comunicadores de la historia de la radio y la televisión argentina.

En mi vida es un título beatlemaníaco, como la tapa, diseñada siguiendo los austeros parámetros gráficos del Album blanco. En el libro asegura que no, pero Badía fue el más activo militante de la difusión de Los Beatles en Argentina. Y fue justamente ésa la carta que yo me había guardado por si la mano venía brava. Y hubo que jugarla. En mi vida, el libro, nació en el mes de febrero en Pinamar, cuando varias editoriales le ofrecieron a Juan Alberto que escribiese un libro. La idea lo entusiasmó y me consultó el mejor modo de hacerlo. Me puse a disposición, empezamos a pensarlo y después le perdí el rastro. Lo había visto remontar la cuesta de su salud durante ese mes, recuperar el humor, el tono muscular de su voz y pensé que todo iría bien.

Comenzamos a trabajar el 7 de junio, el Día del Periodista. “Qué loco, ¿no?”, le dije. “Estate seguro que es por algo”, me contestó Juan. Ya sabía que el cáncer que supuestamente lo había dejado en libertad de acción había vuelto a la escena, pero, sin un pronóstico malo y un tratamiento menos severo, nuestra estrategia fue meterle pata antes de la quimioterapia, que seguramente nos retrasaría. Las charlas fueron larguísimas, profundas, ricas en anécdotas y también fuertes, sin miedo de su parte a estar revelando algo demasiado íntimo. Me hizo sentir mucha confianza como para preguntar a fondo. La idea era trabajar juntos las conversaciones a posteriori, y sobre todo, un punto que a él lo obsesionaba: tener todos los nombres de los colaboradores que mencionaba, a muchos de los cuales no recordaba en el momento. No quería dejar a nadie afuera.

Pero los tiempos se aceleraron mucho. Después de la primera sesión de quimioterapia, su tono fue menos jovial, y los temas a tratar más serios, aunque nadie pensase en un final tan abrupto como el que sucedió. A la semana siguiente, el lunes 25 de junio, Juan se sentía muy dolorido por una neumonía traicionera. Era conmovedor ver sus esfuerzos por mantener la compostura, por no dejar que se notase su dolor, pero sobre todo, por la decisión de avanzar con el libro costase lo que costase. “Quiero ver algo escrito”, “Escribite alguito”, me había pedido y ese día le llevé un boceto de cómo podía ser un capítulo y me hizo leerlo en voz alta. No es fácil leer en voz alta delante de una de las más grandes voces de la radio, créanme. Con sonrisas y algunas aclaraciones, me dejó en el camino correcto.

“Vas a tener que irte, va a venir el médico”, me pidió esa misma tarde.

“Mejor me quedo en la cocina, y espero a ver qué te dice”, le respondí preocupado. El doctor consiguió ponerlo de mejor humor y aliviar un intenso dolor. “¿Le damos un rato más?”, me propuso Juan con una sonrisa. Y ahí jugué el ancho bravo: “Hablemos de Los Beatles”. No hizo falta nada más, y Juan Alberto me llevó de viaje por su infancia, por Ramos Mejía, por la Argentina de los ’60 y el Wincofón, verdadera herramienta democratizadora. Contó historias increíbles, como la de aquella vez que Romay quiso traerlos. Fue un momento lindísimo. Pensé que habría otros. No los hubo: esa noche fue internado y murió en los primeros minutos del viernes.

Es muy difícil escribir un libro ajeno. Más duro aún es hacerse a la idea de que ibas a ayudar a un amigo con un proyecto, pero que vas a tener que hacerlo solo. Y que sólo lo vas a hacer porque querés que el último sueño de tu amigo se concrete. Es un honor tan alto como profundo es el dolor, que todavía no se extingue. En parte, me sostuvo el deseo de llevarlo a cabo tal y como él lo quería, y el respaldo de su familia. Juan Alberto había dejado las herramientas necesarias pero había que usarlas con cuidado, con precisión y también con amor. Fue como armar un rompecabezas pensando cómo le hubiera gustado a él tal o cual cosa. Escuché a Los Beatles todo el tiempo que insumió el darle la mejor forma posible a En mi vida, que es algo más que una autobiografía póstuma. Para mí fue una lección de vida, aun en presencia de la muerte. Y finalmente entender, entre otras cosas, que como cantó su querido Luis Alberto Spinetta (a quien despedimos juntos al aire), un guerrero no detiene jamás su marcha. Juan Alberto Badía trabajó hasta su último aliento. Hablando y llegando al corazón, como lo hizo durante los 42 años de una trayectoria imbatible.

En mi vida
Juan Alberto Badía
Planeta
256 páginas

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