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Domingo, 3 de marzo de 2013

CINE > HITCHCOCK: LA PELICULA SOBRE COMO SE HIZO PSICOSIS

DETRAS DE TODO GRAN HOMBRE

Para la historia del cine, Psicosis fue el gran sabotaje al star system: mataba a la estrella a los 20 minutos. Pero la película fue también mucho más: el rescate de la novela de Robert Bloch, el momento cumbre de Janet Leigh, una apuesta a la clase B y al blanco y negro en la era de la producción y el color... Se ha escrito mucho sobre todo lo que hay detrás de la filmación de Psicosis. ¿Cuánto faltaba para que esas intrigas se hicieran película? Basado en el gran libro de Stephen Rebello (Alfred Hitchcock and the making of Psycho), la película de Sasha Gervasi daba motivos para entusiasmarse. Pero José Pablo Feinmann fue a verla y salió furioso: con Hopkins, con la trama, con lo que deja afuera, con lo que deja adentro. Por eso, decidió hacerle justicia a Hitchcock, a la película original y a ese grito único en el cine.

 Por José Pablo Feinmann

Lo juro en nombre de San Cine (uno de los pocos santos que aún quedan, aunque agonizando): ¡esta película es malísima! No vale la pena lamentarlo. Son tantas las cosas que se pierden, que se mueren, que fracasan, que bien podía fracasar una película que se llamara Hitchcock e intentara girar en torno de la filmación de Psicosis. Era una tarea muy compleja, profunda. ¿Qué nos dice todavía hoy ese film de bajo presupuesto, en blanco y negro, sin grandes estrellas y hasta quizá sin una gran historia? Nos dice lo que Hitch le dice a Truffaut: “Este film es para nosotros, los directores, para usted y para mí, es cine puro. No fue un gran mensaje lo que atrajo al público, no fue un gran libro, no fue una gran campaña de propaganda. Fue el cine” (cito de memoria del libro de Truffaut sobre Hitchcock). El pésimo film que ha dirigido Sasha Gervasi lleva en sus mediocres entrañas dos falencias o dos promesas incumplidas intolerables. Primero, no es una película sobre Hitchcock. Segundo, no es una película sobre Psicosis pese a proclamar a los cuatro vientos que se basa en el formidable, laborioso libro de Stephen Rebello: Alfred Hitchcock and the making of Psycho. Juro que he leído más de una y hasta más de dos veces el libro del señor Rebello y el protagonista es un protagonista colectivo. El nombre de Janet Leigh aparece por todas partes. El de Hitch ni hablar. El de Saul Bass. El de Bernard Hermmann. El de Anthony Perkins. Pero hay uno que aparece muy poco. Y es el de la señora Hitchcock, idealizada aquí con el nombre de Alma Reville para señalar su independencia del maestro. Cierto es que el señor Rebello produce la película, pero a los escritores les importa poco traicionar sus textos cuando el dinero es mucho y la fama, fácil. ¿Cuántos ejemplares de su libro podrá vender ahora? Ojalá, los lectores se enteraran de lo que realmente sucedió durante el making of de Psycho. Por ejemplo que, en la primera secuencia y al advertir que John Gavin era un queso, Hitch se le acercó a Janet Leigh y le dijo: “Janet, mi niña”. ¿No es formidable? “Janet, mi niña” a una mujer como Janet Leigh. Y agregó: “Este muchacho está muy frío. ¿Por qué no me lo calientas un poco?”. ¿No habría sido magnífico mostrarnos qué hizo Janet Leigh en esa cama clandestina para llevar a cabo esa tarea? Anthony Perkins, un neurótico genial, aparece una o dos veces. Para colmo, el actor que lo hace es perfecto (James D’arcy, tan neurótico y tan gay como Perkins en una época de un protestantismo feroz en que ser gay liquidaba cualquier carrera cinematográfica). No perdamos más tiempo, vamos al nudo invencible del desastre: esta película es un canto de amor a Alma Hitchcock. Si nos quieren decir que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, tarde. Hoy, detrás de todo gran hombre hay una mujer asombrada. Hablen con las mujeres. Anímense, vamos. Es más fácil tener sexo con una mujer que hablar con ella, tratar de comprenderla. A ver si se dan por enterados: la frase que más repiten las mujeres es “no hay hombres”. Supongamos que Alma consiguió su gran hombre y lo respalda meritoria, conmovedoramente. Yo no fui a ver eso. Hay cientos de películas como ésa. Fui a ver cómo se hizo Psicosis. Cómo un director genial hace una obra maestra con ochocientos mil dólares y gana veinte millones. Por qué rechazó al equipo de sus películas clase A first rate y se comprometió, se arriesgó con el equipo que le hacía para tevé Alfred Hitchcock presenta. Y (ya lo veremos más adelante) los puntos dolorosos, para los cinéfilos. De este gran film. Errores inexplicables que los señores Gervasi y Rebello pasaron alegremente por encima.

La película está al servicio de Helen Mirren. ¿Y quién se puede quejar de una actuación de Helen Mirren? Está estupenda, sí. Aplasta a todos los demás, empezando por Hopkins. Actor sobrevalorado si los hay. ¿Qué hace Hopkins? ¿Actúa? No, nos entrega una impecable imitación de Hitchcock. A muchos les va a gustar. Descerebrados sobran en este mundo: “Mirá, ¡está igualito! ¡Qué actorazo!”. No es así: estar igual al personaje que se interpreta no es una gran actuación. Lo es, sí, no estar igual y a lo largo del film convencer a todos –con el arte de la actuación– de que “está igualito”. El mejor “Perón” que vi en el cine argentino lo hizo Jorge Marrale en Ay Juancito! Y no estaba igual a Perón. Ni siquiera se preocupaba por imitarlo. Pero a los cinco minutos era Perón. Eso es un gran trabajo actoral. Hopkins imita a Hitchcock. Aquí, muchos años atrás, hubo un imitador: Alberto Locatti. Hacía una imitación de Rita Pavone. Se sacaba la peluca y confesaba: “No se confunda. Una imitación nunca tiene la calidad del original”. Creo que era un comercial de manteca (el original) contra la imitación (la margarina). Después tiró a su mujer por el balcón. Ella se hizo famosa. Fue a ser estrella en Bahía Blanca. A la semana ya estaba otra vez en el quinto lugar. Humor tituló: “Se cayó de nuevo”. Hopkins no se va a caer, pero en esta película la Helen le pasa el trapo. Pocas actrices como ella. Hasta tendría que haber hecho de Hitchcock. O, sin duda, de Janet Leigh porque Scarlett Johansson está –-cómo decirlo– un poco blandita para Marion Crane, linda pero (¡oh, Scarlett!) naïve, sonriente pero boba, chiquilina. Además, no creo que una mina como Janet Leigh –muy consciente de que estaba ante el papel de su vida luego de una carrera opaca, con películas de aventuras, de príncipes del Oriente, de compañera de Tony Curtis, con sólo un par de aciertos como El precio de un hombre de Anthony Mann, donde Robert Ryan se robaba el film de un modo apabullante y glorioso– le presentara al Maestro sus problemas domésticos con sus hijos. “Vea, señor Hitchcock, en la escena de la lluvia, usted dígame lo que tengo que mostrar y yo lo muestro.” Ella lo declara en el libro de Stephen Rebello. “Al final no tenía idea de nada. Creo que se me cayó el soutien especial que me habían puesto. Ya nada importaba salvo la escena.” Eso es una actriz.

Aquí, Alma Hitchcock acapara casi todo. Incluso Hitch se resfría (un resfrío neurótico) y ella va al plató y sigue dirigiendo la película. Y, malhumorada, autoritaria, dice: “¡A trabajar, señores! Que el sueldo que cobran también lo pago yo”. Ahí, están a un paso de sugerirnos que Alma dirigió el film. ¿Qué les agarró con Alma? Fácil: Helen Mirren, señores. Es una actriz prodigiosa y se roba fácilmente la película con su carisma centrado acaso en su nariz de Pinocho, que le queda adorable.

La cuestión Helen Mirren no sólo reposa en su talento. Como dije, ese talento está fuera de duda. La cosa viene por otro lado: Hollywood sigue manteniendo con los ingleses un deslumbramiento bobo, un cholulismo casi infantil. Jamás se habrá visto en una de sus películas despreciar a un inglés. Para ellos, a través de los ya largos años de su industria, los latinoamericanos son sucios, feos, ignorantes, haraganes, duermen todo el día la “siesta” (palabra que dicen en español) y la duermen más que nadie los mexicanos bajo su enorme sombrero, también hacen golpes de Estado o cantan con su amiga la guitarra o son enamoradizos torpes, y si son brasileños son coloridos como Pepe Carioca o Carmen Miranda, y si son argentinos son nazis. Los italianos son ridículos, mueven todo el tiempo las manos o unen los dedos y preguntan qué pasa, dónde está mi mamma, dónde comemos o son galanes de cuarta, tan románticos como ridículos. Los alemanes son nazis, sólo algo más que los argentinos, y basta. Los franceses son serviciales y se supone que mujeriegos, enamorados eternos del amor. En Muñeca de seda, Fred Astaire le dice a Cyd Charisse: “Es medianoche. La hora en que una mitad de París le hace el amor a la otra”. En suma, si los franceses no resistieron con mayor eficacia el ataque de las tropas de Hitler fue porque se la pasan todo el día y, especialmente, toda la noche, cogiendo, como suele decirse para que todo el mundo entienda. Los rusos son comunistas o espías o borrachos o ahora (desde la caída del Muro de Berlín) no hay uno que no sea un agente de la mafia. Pero los ingleses son finos, amigos, tienen una pronunciación tan fina que a los productores de California se les cae la baba al escucharlos, son actores del Old Vic, son todos descendientes de Shakespeare, objeto cultural que les pertenece, tienen una monarquía, una reina y la reina la hizo –¡claro que sí!– Helen Mirren.

El film debió afrontar creativamente muchos de los problemas que tuvo su director y particularmente los que resolvió mal. Para Roger Ebert, la película tiene dos partes, algo que todos sabemos. Hay más de cuarenta minutos en que Janet Leigh es la absoluta protagonista y nos identificamos con sus avatares. Habría sido fascinante mostrar algo del proceso de adaptación de la novela de Robert Bloch. Robert Bloch podrá ser, para muchos, un autor desdeñable, menor, pero escribió algunos cuentos de terror muy fascinantes y fue –aunque no hay comparación posible– el Stephen King de los cincuenta y hasta de buena parte de la siguiente década. La novela Psicosis se publicó en 1959 y fue un toque de genio ver el potencial de locura que contenía. Pero hay otros films que han nacido de la convulsionada cabeza de Bloch. Uno, al menos, es memorable: Strait–Jacket, de 1964, que dirigió el inefable y único William Castle. El guión es de Robert Bloch. La protagonista es una Joan Crawford que lleva sus años encima y los usa para hacer thrillers clase B en la línea de la inmortal ¿Qué pasó con Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, Robert Aldrich, 1962), donde compartió los méritos con Bette Davis y un Victor Buono en el papel de su vida. Se trata del film en que Bette Davis (que supera a Crawford pero –entre otras cosas– porque su rol es superior) le canta a su papá que está en el Cielo. “Escribí una carta a Papito/ que está allá arriba en el Cielo/ Papito... I – love – youuuuuuuuu”). Después de Baby Jane se hicieron varios films con protagónicos de viejas estrellas de Hollywood en situaciones de terror. Por ejemplo: ¿Qué pasó con la tía Alicia?, de 1969, con Geraldine Page y Ruth Gordon –la vieja demoníaca de El bebé de Rosemary– y una remake para TV de Baby Jane a cargo de las hermanas Redgrave, Vanessa y Lynn, tal como lucían en 1991. Volviendo a Strait-Jacket: el film –todo él– es una joya horror-trash, clase B, no sólo con Crawford sino con una actriz bella y adorable o terrible que se llamó Diane Baker, devenida luego maestra de actores. Baker –que llegó a protagonizar films con Gregory Peck, que era la malvada de Marnie, de Hitch, y la heroína de un bodrio majestuoso como Krakatoa, al este de Java (de 1969, con Maximilian Schell, el brillante defensor de nazis de Juicio en Nuremberg, hundido aquí en algo muy pero muy distinto, y Brian Keith, el brillante Teddy Roosevelt de El viento y el león), film cuyo oprobio llegó a la cima cuando se difundió, para sorpresa de los productores, que Krakatoa quedaba al oeste de Java–, Baker, decíamos, es alguien que llama mucho la atención del espectador en Strait-Jacket, sobre todo a George Kennedy a quien troza en pedazos con un hacha en tanto luce un encantador vestidito con flores... igual al de Crawford. ¿Quién es la asesina? ¿La loca de Crawford o su hija? La lucha final entre las dos –igualmente vestidas, sin que nadie sepa quién es una u otra– merece nuestro respeto por Robert Bloch. A esto queríamos llegar. Pueden leer también sus electrizantes cuentos Sinceramente suyo, Jack el Destripador. La novela de este maestro menor –Psicosis– es muy tramposa. Empieza con un diálogo entre Norman y Madre. Claro, en la novela uno no ve nada. Bloch puede escribir:

–Norman, ¿sabes qué hora es?

–Algo más de las cinco. No me di cuenta. He estado leyendo...

–¿Es que crees que no tengo ojos? Puedo ver lo que has estado haciendo.

El diálogo crece en agresividad. Madre dice:

–Eres un niño de mamá. Así te llamaban y eso es lo que eres. ¡Un niño de mamá grande y gordo!

Para Bloch, ¡Norman Bates era gordo! ¿No quiso Hitch un asesino gordo? ¿Tanto le molestaba su propia gordura? Se sabe: siempre deseó ser como Cary Grant. Existe una foto de los dos –a contraluz– enfrentados, mirándose. La foto desfavorece a Hitch. Que la hizo tomar a propósito.

Volvamos a las dos partes del film. La primera: Marion Crane, los cuarenta mil dólares que se roba, la huida en su auto, el policía, el cambio de auto, la lluvia, el Bates Motel, la conversación con Norman, la ducha, la figura en negro que entra, que descorre la cortina de hule y... Y el gran grito de Janet. Ese grito le entregó la inmortalidad. Es uno de los más poderosos iconos del cine. Me voy a permitir algo que pone de malhumor a ciertas personas. Pero a mí no, y el que escribe esto soy yo. Además, en serio, creo que corresponde. Es un fragmento de mi relato El grito de Janet. Yo fui al estreno de Psicosis. La vi de chico en Necochea. La gente gritaba como loca. Un joven cineasta, a la salida, dijo: “Hitchcock está loco”. En este relato veo Psicosis en Hollywood, pero ya crecido y, al final, llevo a Janet a su casa. Ella me pregunta qué puede esperar del futuro, ya que supone que es de ahí de donde vengo. Le digo:

–Janet, no has hecho una gran carrera. La merecías, pero eso no alcanza en Hollywood. Si Hitch te llamó fue porque antes lo hizo Orson Welles. Y porque en Touch of Evil mostraste que eras buena. Muerto de envidia, Hitch quiso tener a esa rubia con talento y con curvas y con unas tetas imposibles de no ver, que venía de trabajar con Welles, cuyo genio radica en convencer a todos los críticos de que si no realiza formidables e incesantes películas se debe a la maldad, a la mediocridad de los productores de Hollywood. Curioso problema que no parecen tener John Ford, Howard Hawks, John Huston o Raoul Walsh entre otros. Así, hiciste a la desdichada Marion Crane de Psicosis. Fue un gran trabajo, Janet. Te dará la inmortalidad. Te la dará tu grito, ese grito aterrador que profieres en la ducha. Mira, Janet: nadie ha gritado así en la historia del cine. No te preguntaré qué te motivaba, de dónde lo arrancaste o qué pasó por tu cabeza en ese instante. Tal vez algún cuadro de Tony Curtis.

–Eres un cretino, José dear.

–De acuerdo. Sigo: poco a poco, tu grito será relacionado con otro, algo que implicará tu entrada –merecida– en la esfera del gran arte. No sólo la tuya, la del cine también. Un noruego...

–Munch.

–Exacto. Munch hizo ese cuadro que conocemos. Un grito. Es una gran idea. Un gran curro también. Cualquier etapa de la historia se expresa con un grito porque la historia humana es más terrorífica que Psicosis. O tal vez no. Pero Munch dio en la tecla. Se ofrecieron miles de interpretaciones de su grito. Sin embargo, yo te relaciono a vos...

–¿No podrías hablar en inglés?

–No sé pensar en inglés.

–Sigue.

–Yo te relaciono a vos, a tu grito, con otra obra. Se llama Angelus Novus y es de Paul Klee. Walter Benjamin consiguió comprarla y se convirtió en su obsesión.

–¿Quién es Walter Benjamin?

–¿No lo conocés?

Janet negó agitando su cabeza rubia, tan rubia.

–Es un actor. Suele hacer de indio en algunos films de Randolph Scott.

–¿Con ese nombre?

–¿Por qué no? Jeff Chandler hizo de Gerónimo. Anthony Quinn de Crazy Horse.

–Anthony Quinn puede hacer de cualquier cosa. Le pones un sombrero mexicano y te hace de Speedy González.

–No veo gran mérito en eso. Tanto Quinn como Speedy González son mexicanos.

–Pero Quinn no es un ratón, pequeño idiota.

–Janet, Walter Benjamin fue un gran filósofo judío alemán.

–José dear, vete a la puta madre que te parió.

–Veo que no has perdido tu español.

–Si es para putearte a ti, no.

–Sigo: el Angelus Novus era el ángel de la historia. Miraba hacia el pasado. Y no descubría una historia racional, sino un paisaje de ruinas. “Una catástrofe única que acumula sin cesar ruina sobre ruina”, escribe Benjamin. Así, el ángel se ve espantado ante tanto horror. Tanta catástrofe. Tú eres el Angelus Novus que mira hacia el futuro. Tu grito es metafísico, Janet. Es el horror ante la Muerte y ante la Nada. Pero también el horror ante el paisaje de lo que vendrá, de lo que nos aguarda. El ángel de Benjamin mira hacia atrás, hacia el horror que ya fue. Vos, hacia el futuro y no sólo gritás por tu muerte sino porque viste lo que nadie ve. La humanidad se encamina hacia el Apocalipsis. Y ese Apocalipsis está terroríficamente cercano. Pienso, Janet dear, que esos pocos fotogramas, los de tu grito, los de tu grito inmortal, harán que nadie te olvide porque será imposible hacerlo; pienso, también, que en ese grito tuyo, por completo tuyo porque nadie gritó por vos aunque Hitch te haya hecho miles de indicaciones, está el momento más terrorífico de esa película de terror, está el terror absoluto, el terror metafísico y el terror de la mismísima civilización occidental.

–Oh, José dear, creo que exageras.

Por último, este film (el del señor Sacha Gervasi) es cobarde. No se anima a señalar los evidentes errores del film de Hitch, que Truffaut buenamente pasó por encima. Escribe Roger Ebert: “El resto de la película (luego del asesinato en la lluvia, JPF) es un melodrama efectivo en el que hay dos shocks irritantes. El detective Arbogast (Martin Balsam) es asesinado, en un plano que utiliza una proyección trasera para que parezca que la cámara le sigue mientras cae por las escaleras” (Roger Ebert, Las grandes películas, Ediciones Robinbook, Barcelona, 2003). Y el segundo “shock irritante” es el que todos señalan: la explicación final del psiquiatra que encarna Simon Oakland. Desde luego, es aberrante. Pero hay más errores. Es increíble que nadie –pero nadie– haya notado un gran error del film. Todos los críticos señalan como una gran genialidad de Psicosis que Hitch mate a su estrella a los cuarenta minutos. Incluso De Palma lo plagió en una mala película con Michael Caine en la que muere muy rápidamente Angie Dickinson. Pero, ¿nadie se dio cuenta de que Janet Leigh no era, no podía ser la estrella de la película? Cierto es que en el afiche se ve su figura preponderando. Pero es porque Janet es bella y está –para la época– bastante desnuda. Pero vamos a los créditos: ahí se ven las estrellas. Los créditos son así:

A Paramount Release

Anthony Perkins - Vera Miles - John Gavin.

Co-starring:

Martin Balsam and John McIntire

Y luego de que pasen varios nombres más aparece:

And Janet Leigh as Marion Crane.

Perdón, Hitch, perdón Truffaut, perdón Alma Hitchcock y muchos más, pero o yo soy un patético descerebrado o eso es lo que suele llamarse un cartel francés. O una participación especial. O un special guest star. La estrella de una película nunca figura así. Imaginemos a Julia Roberts en Erin Brokovich. ¿Alguien imagina que pueda aparecer luego de los títulos de los otros actores bajo un: And Julia Roberts as Erin Brokovich? Tomemos el caso de Los Fabulosos Baker Boys. ¿Habría sido posible algo así? Jeff Bridges - Beau Bridges in The Fabulous Baker Boys. Luego todo el reparto y luego, en cartel solo por supuesto, and Michelle Pfeiffer as Susy Diamond. Dije que vi Psicosis de pibe. Ahí no me di cuenta de nada. Pero luego el error se me hizo cristalino. La estrella de una película jamás va detrás de un and. Hitchcock debió poner a Janet junto a Perkins. Y el engaño genial habría sido ponerla antes. Supongamos que por cuestiones de agentes esto no se pudo. Pero, ¡ponerla como una participación especial es decir la verdad! Janet Leigh no es la estrella de la película. Viendo el afiche uno imagina que es Vera Miles, que bien pudo haberlo sido, ya que el público no tenía por qué saber que Hitch la detestaba por haber elegido embarazarse en lugar de aceptar el papel de Vértigo. (Menos mal: Kim Novak estuvo insuperable, pasionalmente entregada a su personaje.)

Otro error: Janet no toma la temperatura del agua antes de meterse bajo la ducha. Pero es mínimo. El gigantesco, el aberrante es la explicación final del psiquiatra. Eso es increíble. Que un tipo que le dice a Truffaut que con su película triunfó el cine tenga a un actor explicando durante casi cinco minutos la base científica del film es execrable. De esto, en Hitchcock, nada. Shit.

Janet, no has hecho una gran carrera. Si Hitch te llamó fue porque antes lo hizo Orson Welles: en Touch of Evil mostraste que eras buena. Muerto de envidia, Hitch quiso tener a esa rubia con talento y con curvas y con unas tetas imposibles de no ver, que venía de trabajar con Welles. Así hiciste a la desdichada Marion Crane de Psicosis. Fue un gran trabajo, Janet. Te dará la inmortalidad. Te la dará tu grito, ese grito aterrador que profieres en la ducha. Mira, Janet: nadie ha gritado así en la historia del cine.

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