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Domingo, 3 de marzo de 2013

CINE > SAM RAIMI FILMA LA PRECUELA DE EL MAGO DE OZ

¿OZ QUIEN SOS?

Si había un lugar difícil para volver en Hollywood ése era Oz. Demasiado mito, demasiado culto, demasiado Judy Garland. Pero Disney se inventó un camino: un casting de famosos (James Franco, Rachel Weisz, Michelle Williams y Mila Kunis), un director respetable, Sam Raimi (Evil Dead, El hombre araña), y todo su brilloso arsenal digital, pavimentan la precuela del charlatán de feria egoísta y codicioso que llega a dominar un pueblo.

 Por Mariano Kairuz

Aunque aparentemente L. Frank Baum nunca avaló ninguna interpretación abiertamente política de su obra más famosa, en los años ’60 el profesor de historia de un bachillerato norteamericano, un tal Henry M. Littlefield, publicó su análisis de El mago de Oz como “parábola del movimiento populista” de la última década del siglo XIX de su país. Aquella Dorothy proveniente de una Kansas seca y pobre hasta la depresión, decía, representaba al pueblo norteamericano; el Espantapájaros simbolizaba a los granjeros, el Hombre de Hojalata a los obreros de las fábricas –abordando de esta manera los brutales cambios que el escenario socioeconómico había experimentado con la industrialización– y el León cobarde era el tres veces candidato presidencial demócrata William Jennings Bryan, una de cuyas principales preocupaciones era el oro como estándar monetario (el camino amarillo), que él y los populistas querían reemplazar por la plata (como las zapatillas que devuelven mágicamente a Dorothy a su hogar: el rojo es un agregado de la película de 1939, cuyos productores querían lucir su flamante proceso de technicolor).

Estas teorías circularon bastante por años pero para el cinéfilo que creció dejándose hipnotizar por la versión dirigida por Victor Fleming para la MGM con Judy Garland, Margaret Hamilton como la inolvidable bruja mala del Oeste y el clásico (tal vez amado y sufrido por igual) “Somewhere Over the Rainbow”, es un tipo de lectura que despoja de su magia a las grandes películas. En el exitoso libro de 1900 –tan exitoso que el propio Baum llegó a escribir trece secuelas, aunque decía que no había sido ésa su intención original–, así como en la película de Fleming, se hacen evidentes ciertos temas, al menos a medida que uno crece y relee o vuelve a ver, ya con menos inocencia que en los años preescolares. Hay opresores y oprimidos, hay traumas y miedos atávicos, hay crueldad y hay heroísmo. Y sí, hay una indudable alegoría política, aunque más universal que la que planteaba el profesor Littlefield. Como todos recordarán, el mago titular se revelaba en el último tramo de libro y film como un verdadero farsante, un “hombrecito” de aspecto físico poco impresionante que sostenía su poder a base de mostrarse bien poco: sus únicos, eficientes trucos, eran la elusividad, la mentira, el engaño, un rígido verticalismo, la burocracia, la falta de contacto directo con sus súbditos. Siguiendo el camino de ladrillos amarillos, matando a dos brujas malvadas solo “por accidente”, Dorothy llega hasta la Ciudad Esmeralda, este pueblo habitado por gente aparentemente sin seso, corazón ni coraje, que se ha dejado engatusar alegre y rastreramente por largos años. Cuando todavía quedan unas 40 páginas de desventuras, el Mago de Oz conforma a los tres desarrapados –el León, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata: este último, dicho sea de paso, carga con una truculenta historia personal de amor maldito y cruentas mutilaciones físicas–, con meros placebos: un “brebaje de valentía”, un cerebro hecho de alfileres y otros cachivaches y un corazón de seda. Acto seguido, menos arrepentido que satisfecho, le hace a su inesperada desenmascaradora una pregunta más bien dirigida a sí mismo: “¿Cómo puedo evitar ser un farsante cuando toda esta gente me hace creer cosas que todos saben que son imposibles? Fue fácil satisfacer los deseos del Espantapájaros, el León y el Leñador, porque ellos imaginan que soy omnipotente”. Dicho lo cual, un par de páginas/minutos después, sin ofrecer ningún tipo de resarcimiento a quienes ha mantenido engañados por tanto tiempo, el gobernante inescrupuloso se manda a mudar en un globo aerostático para no volver jamás. Gran foto para los diarios del día siguiente, si los hubiera.

Y entonces el mayor problema con que lidia de entrada Oz, el poderoso, la superproducción de Disney dirigida por ese gran ilusionista que fue tantas veces en sus treinta años de carrera Sam Raimi, es que se trata de una precuela, es decir, una historia de origen, la de cómo un carismático charlatán de feria llamado Oscar escapa de su público enardecido en Kansas y llega en globo, atravesando el ojo de una tormenta, al reino en el que se convierte, por medio de las artes del engaño, en el todopoderoso Oz. Es un problema porque, antes de empezar la película, aunque todavía no conocemos todos los escollos con los que viene pavimentado el camino amarillo de la paleta digital de esta película, sí sabemos hacia dónde nos dirige: el relato de cómo un pequeño cretino, sin demasiado brillo ni corazón, usurpa el poder convirtiéndose en un gobernante temido y vitalicio. El relato del origen del mal, puede ser, como se sabe, un poderoso mecanismo dramático, el mismo que sostuvo grandes relatos en el pasado (como El Padrino Parte II) y nos mantuvo despiertos hasta el final de la fallida trilogía de precuelas de Star Wars.

Oz, el poderoso usa todos los trucos y el poder de encantamiento de las computadoras a su disposición para resucitar personajes que no estaban presentes en el film de 1939, como la ciudad de porcelana y una de sus frágiles y pequeñas doncellas se convierte en uno de sus mayores hallazgos. Raimi es un gran director con un enorme sentido del humor negro y un talento para la puesta en escena eminentemente visual, que se inició en el cine independiente con su propia, personal trilogía Evil Dead, y se curtió en el más caro cine de los estudios con las primeras tres Hombre Araña, pero como él mismo dijo en las entrevistas promocionales, este es su primer film del tipo “espectáculo familiar”, para Disney, y por lo tanto su historia de un protagonista egoísta y codicioso se verá inevitablemente sí, convertida en el relato de su redención. Es decir, Oz 2013 se toma la prerrogativa de corregir un poco al bienamado clásico hecho 74 años antes, de hacer un poco menos inescrupuloso al Mago. James Franco (que ya fue un farsante antes) hace de Oz, y lo rodean varias chicas muy bellas encarnando a brujas buenas y malas: Mila Kunis, Michelle Williams, y, la más bella de todas sin importar a qué espejito le pregunten, Rachel Weisz. Pero, demasiado reminiscente de la anémica aunque comercialmente muy exitosa Alicia de Tim Burton, Oz es, como aquélla, una película en la que se desdibujan los talentos autorales de los cineastas contratados para llevarlas adelante, tal vez desbordados por su desproporcionada posproducción de efectos.

Las historias de Dorothy y sus compañeros de aventuras fueron llevadas al cine más de una decena de veces –incluido un esperpento musical de fines de los ’70 con Michael Jackson y Diana Ross y una interesante secuela no oficial dirigida por Walter Murch en los ’80–, a Broadway (Wicked) y probablemente no menos de otra centena de veces a la televisión, pero lo mejor que se hizo hasta hoy con la creación de Baum, sin ánimos de ofender a los fanáticos de Fleming y Judy Garland, sigue siendo un sketch de El Show de los Muppets, con Elton John cantando su irresistible “Goodbye Yellow Brick Road” (Adiós al camino de ladrillos amarillos), de su disco del mismo nombre editado en 1973, acompañado por la eléctrica banda de muñecos de fieltro. Son tres minutos sin lecturas políticas ni efectos digitales; de pura, verdadera magia.

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