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Domingo, 3 de agosto de 2003

TEATRO

Alta tensión

Seis años después de Cachetazo de campo, la obra que lo reveló como el nuevo perturbador del teatro argentino, el precoz Federico León llega al San Martín con El adolescente, mezcla de juego, certamen y combate de varones solos en la que tres teenagers que estallan de energía funden las interioridades atormentadas de Dostoievsky con el goce gratuito y subversivo de los inmaduros de Gombrowicz.

por Cecilia Sosa

A Federico León no le gusta hablar de su vida privada. Ni un poco. Y a los 28 años, con cinco de experiencia en la cima de la crítica nacional e internacional como “Joven-dramaturgo-revelación”, se transformó en un profesional del arte de manejar los silencios y elude cualquier pregunta levemente indiscreta con diagonales hábiles, casi siempre encantadoras. Pero hay dos problemas. Uno es que algo de esa obstinación induce a imaginar una fragilidad infantil agazapada tras su mirada intensa; el otro es que en sus obras León destruye esa fragilidad a patadas.
En el caso de El adolescente, su cuarta producción, esa dualidad se pone en primer plano en el intento de dos adultos de infiltrarse en el mundo adolescente. Ésa es la propuesta que llevó a León a dejar por primera vez la intimidad de los escenarios mínimos para ingresar en el territorio amplio y secularizado del Teatro San Martín. Con el coraje del infiltrado, y desde el centro mismo del canon local, León practica una minuciosa operación de apropiación de la novelística de Fedor Dostoievsky y transforma sus procedimientos literarios en pura literalidad física. De allí el riesgo y la poética de su apuesta.
Pero ¿qué es ser adolescente? Para León, “una época espantosa en la que cabeza y cuerpo crecen de manera totalmente disociada”. Cabeza y cuerpo... ¡están ahí, en el escenario! Las dicotomías razón/pasión y pensamiento/acción se condensan en los emblemas del casco y el zapato, o más bien en las decenas de pares de zapatos que martillan el casco en un sangriento combate. La lucha es desigual, y el atavismo de la acción se impone por pura prepotencia.
¿Qué es ser adolescente? La respuesta de León parece por momentos casi robada a Gombrowicz, a la sátira muecuda de Ferdydurke: ser adolescente sería un tono del movimiento, un modo de ocupar un espacio, un presente eterno y amorfo ganado por una emoción sin límites. Un permanente estado de duda, de ponerse a prueba: “una forma de ser entre”. Así, cada capricho se vuelve acto, cada frustración encuentra su golpe y cada fuerza otra contraria que la anula y la inutiliza. En esa suma cero, la obra se demora en un presente congelado buscando una resolución que no aparece. “La obra es onírica o pesadillesca”, dice León, “en la medida en que asume la subjetiva de un adulto atravesado por energías que no le pertenecen. Asumir esa energía siempre va a resultar un proceso violento, doloroso y trágico, como una cirugía estética”.
La prueba no es sencilla. Muchos llegan a la sala Cunill Cabanellas buscando al escritor de la angustia rusa y encuentran en cambio el espectáculo caótico de tres adolescentes y dos adultos que intentan serlo. No faltan, en escena, quienes sucumben a las alianzas y complicidades que se desarman a los golpes un segundo después, o a las dudosas comunidades fraternales que se organizan para entrenar, practicar pruebas físicas imposibles o entonar melodías pegadizas que fusionan cancha, campamento, militancia e iglesia. Todo en estricto desorden.
Es que Dostoievksy –lectura de cabecera del León adolescente– se hace presente en la obra casi por default. Antes que poner en boca de sus actores fragmentos de Los hermanos Karamazov, Los demonios o Humillados y ofendidos, León toma de Dostoievsky “un procedimiento de escritura que, trasladado al escenario, genera una polifonía de voces atormentadas, de registros y edades disímiles”. Resultado: un presente escénico vibrante que se mantiene al borde del estallido durante los 65 minutos que dura la obra, y que deviene en una suerte de festín donde los actores se devoran al público, al director y a la obra. “Gran parte del proyecto Dostoievsky es camuflarse, perderse en sus personajes”, explica León. “Son ellos los que escriben sus novelas, y son ellos los que hacen la obra en el teatro. Los personajes de Dostoievsky están siempre en un estado adolescente necesitan probarse a sí mismos. Me los imagino en sus camas, tapados hasta la cabeza, pergeñando planes imposibles”.
Pero en el escenario planteado por León, estos adolescentes saltan de la cama y amenazan con hacer saltar toda estructura preestablecida con su sed de capricho. Descartan cualquier atajo que no surja de la propia materialidad escénica. León extrema aquí un recurso que viene cultivando desde Cachetazo de campo: la literalidad como vía de acceso a un realismo extremo. En Cachetazo la búsqueda de la emotividad a ultranza se apoyaba en el llanto continuo de una madre y una hija; en Mil quinientos metros sobre el nivel de Jack, el mandato del padre sumergido se corporizaba en un asfixiante traje de buzo que debía cargar el hijo; y en El adolescente, el proceso de conversión/regresión/revisión del mundo adolescente cobra forma en una suerte de triatlón que exige un esfuerzo físico casi imposible para un actor que ronda los 40 años: correr, saltar, cantar; saltar, gritar, aplaudir, y otra vez cantar. La literalidad –todo un disparo contra la fatídica pretensión de “leer entre líneas”– está en el cuerpo sudoroso de Miguel (Olivera), sometido a un ritual conducido por una pandilla que oscila entre una candidez casi oligofrénica y la arenga evangelizante del militante más encuadrado; o en los barrocos tatuajes del atlético Germán (De Silva), construido a imagen y semejanza de “esas personas todas chamuscadas que se ven en la reserva ecológica tomando sol o andando en bicicleta: gente que no tiene edad, que puede tener 70 o 20” y persiste en entrenar sin pausa.
En realidad, los dos adultos de la obra son dos versiones del mismo intento de ser adolescente. “Vos siempre dosificando, yo malgastando”, dice Miguel en un pasaje que parece hablar de la obra misma. Sí, el asunto se complica. Porque, al igual que en las demás obras de León, aquí las posiciones de los personajes están sometidas a mutaciones constantes, a lo que el director define como un “proceso de intoxicación”: adultos devenidos en adolescentes, pero también adolescentes que se aviejan y terminan representando la adolescencia setentista de los adultos. La obra asume hasta tal punto su condición móvil que se convierte en una suerte de clip lisérgico en el que los actores representan alguna voz adolescente repatriada de la época de los colchones floreados.
“La obra es bastante distinta de las anteriores”, concede León. “El punto de partida tuvo más que ver con lo que no quería hacer que con lo que quería. No quería un espacio chico ni un texto propio. Me prohíbo transitar espacios que ya conozco. Creo que el director, como el actor, también tiene que resbalar y encontrarse en un espacio nuevo. Para muchos, el proceso creativo quiere ser gozoso; para mí es casi todo lo contrario”. Y hay que creerle. Porque la originalidad de las puestas de León parece residir en esa sinuosa habilidad para fusionar escritura, dirección y producción en un proceso único y extenuante donde hasta la “escenografía puede manifestarse”. Inevitablemente oculto en alguna butaca de la sala, León acecha en cada obra el proceso que detona tanto arriba como abajo del escenario. Así aprendió a distinguir “las risas que están bien de las que están mal”. “El público siempre pervierte el espectáculo”, dice. “El actor va a alargar el momento donde el público se ríe o va pasar más rápido ciertas partes. Hay risas que iluminan momentos de la obra, y otras que la explican. Hay algunas que simplemente dicen estoy acá y estoy entendiendo”.
Antes de estrenarse en el país, El adolescente se presentó en el Hebbel Theater de Berlín, el Holland Festival de Amsterdam, el Festival D’Automme de París y el Thêatre Garonne de Toulouse, todos coproductores de la obra. En el San Martín, al término de la función, el público vacila entre aplaudir y hundirse aún más en la calidez segura del abrigo de piel. Todavía bajo el efecto de su paso por los escenarios europeos, el director dice no estar del todo cómodo y no esperar efusividades. “El aplauso es una convención para ver a los actores fuera del personaje, como animalitos a los que quieren ver caminar fuera de la ficción. Está bueno que los actores no cumplan con esa expectativa y permanezcan en un estado neutro. La obra funciona por resonancias tardías. Que el espectador aplauda en su casa”, sugiere. Aunque ya reine, León no renuncia a ser un infiltrado.

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