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Domingo, 16 de junio de 2013

PERSONAJES> ENTREVISTA A ZACH GALIFIANAKIS, LA ESTRELLA DE ¿QUé PASó AYER?

El Barba

Tras años de fatigar escenarios de stand-up y hacer papeles menores en comedias sin gracia, Zach Galifianakis saltó a la fama en 2009 con ¿Qué pasó ayer?, la primera parte de una exitosísima trilogía de comedias de resaca y catástrofes encadenadas. Su personaje Alan Garner, un aniñado y caprichoso hombre de 42 que se resiste a dejar el hogar del padre, se convirtió en una figura de culto, combinando magistralmente bestialidad e inocencia. Mientras la tercera y última parte de ¿Qué pasó ayer? encabeza las recaudaciones de los cines de buena parte del mundo (y en la Argentina ya suma más de medio millón de espectadores), Radar entrevistó a Galifianakis en Río de Janeiro. Aquí, el actor a quien puede identificarse por su barba pelirroja analiza qué tiene de revolucionario el humor de la saga que lo hizo conocido, cómo retoma las más sólidas tradiciones de la comedia norteamericana y por qué un comediante jamás debería entregarse a los brazos de la fama y la popularidad.

 Por Juan Manuel Domínguez

Desde Río de Janeiro

“Hoy, el acto de hacer algo totalmente fuera de lugar es extremadamente subversivo, y lo es aunque no se busque ese efecto de manera intencional. Es una especie de microrrevolución, que oscila entre el comportamiento de un troglodita y la fuerza destructiva de una bomba atómica. O un pedo atómico. Alan, mi personaje en ¿Qué paso ayer?, es eso, esa actitud grotesca, la ausencia de todo filtro. Ser un maleducado puede ser muy divertido, y me gusta la idea de alguien que no tiene idea de lo incorrecto que es lo que está haciendo. Alan representa un modo infantil, sinceramente inocente, pero punzante a la vez, de faltarle genuinamente el respeto a otro ser humano. O, por el radio de acción, a toda la humanidad.”

Alan no es otro que el Alan Garner de ¿Qué pasó ayer? Parte III, final de la saga resacosa con que el director Todd Philips logró lo impensado: que una comedia no apta para menores de 18 años devenga un fenómeno pop y multimillonario con producción de un estudio enorme como la Warner Bros. Y el que habla, el que atina a definir esta explosiva revolución de la comedia –en una entrevista exclusiva en Río de Janeiro–, es el actor Zach Galifianakis. Para quienes aún no se hayan aprendido del todo bien el apellido, lo pueden identificar como el barbudo de la trilogía, quien se define a sí mismo como un “ninja greco-estadounidense”, mientras juega con unas ojotas brasileñas que todavía tienen colgada la etiqueta del precio.

Desde el estreno de la primera ¿Qué pasó ayer?, hace cuatro años, al éxito global del tercer (y, según prometen, último) film, actualmente en cartel, varios de sus protagonistas pasaron de ser virtuales desconocidos a cotizadas megaestrellas: ahí está también Bradley Cooper, el “lindo de la manada”, nominado al Oscar como mejor actor este año por El lado luminoso de la vida. A Galifianakis, la explosión y expansión de la franquicia lo ha condenado a que se lo asocie exclusivamente con el humor salvaje de Alan Garner, el tipo que en esta tercera película decapita a una jirafa y se encierra con sus headphones a escuchar a su ídolo Billy Joel mientras a sus espaldas su propio padre muere de un infarto, a causa de, por supuesto, demasiadas amarguras provocadas por este sociopático niño de 42 que se resiste a crecer y no se va de la casa.

Hay bastante de Alan en el verdadero Galifianakis. Hay en él, sostiene el director Todd Philips, “un sentido de la comedia casi digno de la esgrima, performático, cercano en intensidad a nombres más trágicos de la comedia americana, como Andy Kaufman o John Belushi. No es que Zach sea un demente, pero se sabe que, por ejemplo, solía hacer cosas tales como ir a las estaciones del subte y asustar a la gente amagando con arrojarse a las vías. Pero no es un chiflado: es una persona razonable, sabe dónde dar la estocada justa para que la estupidez no parezca un arte, para que parezca real, y sin embargo, funcione cinematográficamente”.

Si la ferocidad caricaturesca pero sincera de Galifianakis lo emparienta con ese linaje poco elegante de la comedia americana que encarnan Belushi y Kaufman, el actor insiste en asociarse con los hermanos Marx: “Solo que yo no me peino y ya no tiene sentido ser un arquitecto de las palabras como era Groucho. Hoy es mejor ser disruptivo”. Galifianakis vendría a ser el Buen Salvaje. Apenas después de estrenar la primera ¿Qué paso ayer? (2009), cuando su nombre empezó a sonar en los medios norteamericanos, los directores de la compañía Nike se le acercaron para ofrecerle protagonizar una de sus campañas publicitarias, a lo que Galifianakis les contestó con una pregunta: “¿Todavía siguen haciendo sus zapatillas nenes de siete años?”.

ENTRE DOS HELECHOS

Hijo de un vendedor griego (su familia se mudó a EE.UU. cuando tenía tres años) y una mujer de raíces escocesas e irlandesas, Galifianakis nació en 1969 y tuvo una infancia “feliz y tímida” en Wilkesboro, Carolina del Norte. Tras terminar el colegio estudió Comunicación, y a principios de los ’90 se mudó a Nueva York para estudiar actuación. Por esos años, cuando no tenía un peso, trabajó como mozo en el restaurante para drag queens Bennigan –propiedad, presuntamente, de unos rebeldes kurdos–, hizo varias “shitcoms” (sic: despreciativa combinación de sitcom y shit: vale decir, sitcoms de mierda), y papeles menores en películas malas. Más cerca de su futuro como potencia cómica, formó parte de un programa humorístico llamado Dog Bites Man, que combinaba la entrevista sensiblera en exteriores con la violencia nacida de la incorrección. En ese segmento es donde Galifianakis considera que descubrió qué podía y qué no podía hacer en materia de humor. “Me pasó que en un momento entrevisté a un pastor de una de esas iglesias que uno cree que se dedican a estafar a la gente, y el tipo empezó a hablarme de manera brutalmente honesta sobre su pasado, y a contarme sobre la muerte de su hijo. Ahí entendí que podía haber un límite en mí, no en el género. No podía reírme de él.” Es esa cualidad la que permite que su Alan funcione, es decir, lo que impide que su personaje se convierta meramente en un monstruo de cinismo y revulsión. Philips, quien entre las dos primeras partes de ¿Qué pasó ayer? lo convocó también para su road movie Todo un parto (Due Date, 2010, coprotagonizada por Robert Downey Jr.), dice que se trata de “un don natural, construido desde una inteligencia cómica entre superior e instintiva: tiene un mirada cálida, de animal herido, de niño asustado, que es completamente creíble y eso, que logra traducir la no intención de hacer daño, permite que genere la estupidez que llevan a cabo sus personajes”. Esa condición, dice Galifianakis, “es fundamental para el Alan de ¿Qué paso ayer?, pero no es nueva: viene de Jerry Lewis, de El Gordo y el Flaco, de Steve Martin. Pero es una figura que aparece en los vaivenes de la comedia y ahora volvió a aparecer. Me permite, esa condición, crear una tabla blanca, una forma de comedia más moldeable: puedo hacer absolutamente cualquier cosa y el personaje lo habilita. Lo que no quiere decir que sea sencillo”.

Había un poco de eso en su personaje de fondo en Locura de amor en Las Vegas (2008) y algo menos en el científico fumón de Fuerza G. Pero antes, en 2002, estuvo el vital show de entrevistas a estrellas de pacotilla que hizo para VH1, Late World With Zach, que hoy se puede ver en YouTube. El show, de formato clásico (y odiado por Galifianakis), no solo posee una joyita secreta (una nota de Galifianakis a Bradley Cooper antes de ¿Qué pasó ayer?) sino que sentó las bases para su actual hit en el canal de comedia online Funny or Die (regenteado por el director Adam McKay y el actor Will Ferrell): Between Two Ferns (“Entre dos helechos”), una sagaz parodia del formato de entrevista-en-estudio, por el que pasaron todos, desde Jon Hamm (Don Draper, de Mad Men) a Jessica Chastain (la actriz nominada al Oscar por La noche más oscura), además de James Franco, Ferrell y otras figuras de la nueva comedia norteamericana.

NUNCA ELOGIES A UN COMEDIANTE

El estreno de la primera ¿Qué pasó ayer? fue como un estallido. La segunda ¿Qué pasó ayer? –la que encuentra a los muchachos despertándose con resaca y amnesia y rapados en Bangkok– no fue tan bien recibida por la crítica de su país, pero fue indudablemente más zarpada, corriendo los límites de lo políticamente correcto. Entre la primera –que hasta la llegada de Ted, el año pasado, fue “la comedia más taquillera de la historia”– y la segunda ¿Qué pasó ayer?, Galifianakis se convirtió en una superestrella, o algo así, pero, como ha dicho, no le gusta dejarse caer “en las trampas de la industria”.

“Quise hacer publicidades, pero no pude –dice–. Me parecía completamente ridículo que alguien me dijera ‘Ahora decí el nombre de tal marca’. No lo digo sintiéndome superior a quienes lo hacen, sino que genuinamente se me hace marciano.” Entre los mitos del actor figura el día en que le dijo que no a los Oscar: el mismo fin de semana en el cual se entregaba el premio de la Academia, pero la noche anterior, ya estaba comprometido para ser el anfitrión de Saturday Night Live, donde se peló la barba en vivo, así que rechazó la invitación a Los Angeles. “Hay toda una teoría respecto del lugar que ocupa la comedia en los Oscar, de cómo mi rol nunca recibe un nominación. Dios no lo permita. Esa discusión, entre actor cómico y serio, es ficticia: existe solo en la prensa, existe en los Oscar, pero no existe fuera de eso. Pero el día que les empiecen a dar el Oscar a películas como las que hacemos, ese día tendremos que hacer porno.”

Ser Alan cambió obviamente el rol de Galifianakis en la comedia, pero el actor rebate esa popularidad que lleva a que cada Halloween, cientos de personas anden por las calles disfrazados de Alan, cargando con un bebé en una mochila sobre el pecho como su personaje en la primera ¿Qué pasó ayer?. “Obviamente no puedo odiar al personaje, amo todo lo que representa en mi vida; pero es sencillo entender lo que me asusta de esta popularidad masiva: ponerme cómodo, que la gente decodifique los mecanismos de mi comedia. No hay nada peor para un comediante que amoldarse y convertirse en el juguete del cual todos saben qué esperar. Los elogios a un comediante van en contra de todo lo que te llevaron a hacer comedia originalmente. A mí me pone nervioso caerle bien a la gente, que me saluden. Quiero que no tengan piedad, que sean ácidos. Pero, bueno, este personaje a veces no lo permite, genera candidez y fanatismo. En lo que a mí respecta, me siento estúpido cuando me tratan como a una estrella.”

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