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Domingo, 16 de junio de 2013

CINE > SE ESTRENA BARBARA, DE CHRISTIAN PETZOLD

LA VIDA PARTIDA

Hijo de refugiados de Alemania oriental, integrante de la Escuela de Berlín y cineasta fundamental del nuevo cine germano, Christian Petzold indaga en su obra en los fantasmas que aún habitan el pasado reciente de su país, con lucidez, precisión y austeridad narrativa. Protagonizada por una médica forzada a trabajar –en castigo por haber intentado cruzar el Muro– en un pequeño hospital sobre el Báltico, en la República Democrática de principios de los ’80, Barbara –su más reciente película, coescrita junto a su maestro Harun Farocki– ofrece, en su sutil reconstrucción de época y la hosquedad de su personaje principal, otro notable relato sobre criaturas morales y solitarias que resisten a fuerza de tenacidad y astucia en un mundo fatalmente dividido.

En los Juegos Olímpicos de Moscú, en agosto de 1980, Tatyana Kazánkina ganaba su tercera medalla de oro en atletismo representando a la Unión Soviética. La noticia no sólo era su nuevo triunfo y la confirmación de su destreza excepcional, sino el hecho de que seguía batiendo records aun después de su breve retiro por maternidad. Pese a los desvíos circunstanciales, al cumplimiento de otros sueños, el empeño obsesivo y la voluntad de autosuperación daban sus frutos. Esa mínima referencia temporal, elíptica y furtiva, presenta el mundo en el que vive Bárbara, la protagonista de la última película de Christian Petzold (Yella, Jerichow). Apoyada contra la pared, en un primer plano cerrado, su mirada se fija sobre el aparato de radio mientras el locutor anuncia el triunfo de la atleta rusa en los 1500 metros. Al igual que Kazánkina, el espíritu sereno e imperturbable de Barbara, definido por el compromiso y la entereza, anticipa la moral del cine de Petzold.

Identificado como miembro de la Escuela de Berlín –junto a su amigo y colega Christoph Hochhäusler, con quien compartió la dirección del tríptico televisivo Dreileben (2011), también en colaboración con Dominik Graff– y emergente de un nuevo cine alemán que ha cobrado fuerza en los festivales desde mediados de la década pasada, Petzold indaga en los fantasmas que aún habitan en el pasado de su país con una lucidez y precisión que recuerdan el temple de un cirujano. En un clima helado, de tensa pero contenida paranoia, sus personajes son solitarios resistentes, maestros de las miradas, criaturas morales que sobreviven en un mundo turbulento a fuerza de tenacidad y algo de astucia.

Estamos en la República Democrática Alemana, en los años finales de un mundo dividido. Barbara (Nina Hoss, protagonista frecuente del cine de Petzold) es médica y ha sido destinada a un pequeño hospital de provincia, cerca del Mar Báltico, como castigo por intentar huir hacia Berlín Occidental. Su llegada genera curiosidad y desconcierto entre sus colegas: es alguien que viene de la capital, reacia a integrarse, misteriosa y poco conversadora. Un agente de la Stasi, la policía secreta de Alemania del Este, es quien la presenta a André, el médico encargado de monitorear su desempeño laboral. “¿Es ella?”, pregunta mientras la observa a la distancia, con sus ojos vidriosos, cargados de una emoción contenida, mezcla de duda y fascinación. Barbara es para André el mito mismo de la Alemania pujante y capitalista: idealizada, elusiva, contradictoria. El mito que ella misma alimenta cuando escapa de su perseguidor y se reúne con su amante occidental: en los bosques que rodean ese pueblo quedado en el tiempo, entre besos y caricias, palpita la pronta fuga y sueña con ese amor y esa vida que la espera al otro lado del Muro.

“Mis padres fueron refugiados del Este. Huyeron a Occidente en 1951 porque mi padre quería ser James Dean y mi madre quería empezar una carrera de pintora en Marsella. Ninguno de los dos alcanzó su sueño –cuenta Christian Petzold al español Carlos Reviriego, de la revista El Cultural–-. Siempre les pregunté por su juventud, pero todo lo que recordaban de sus vidas al otro lado del Muro lo habían borrado. El Este adquirió una cualidad legendaria para mí, como si fuera un sueño o un cuento. Y Barbara está basada en esa emoción.” Los recursos de Petzold para apelar al pasado son muy íntimos, muy austeros: no hay una recreación histórica que se imponga a la mirada del espectador. Vamos recorriendo sus espacios, sus objetos, sus tonos sin ningún condicionamiento, descubriendo de a poco las distancias con el presente.

Con guión del mismo Petzold y de su maestro y frecuente colaborador, Harun Farocki –documentalista y figura clave para comprender el panorama actual del cine alemán, más por su influencia que por su propia obra– Barbara se inspira en la novela del mismo nombre, de Herman Broch, y en Rummerplatz, de Werner Braunig. Petzold ha señalado en varias ocasiones que la literatura ha sido un camino de acercamiento hacia el cine: “Al leer sobre cine cambiaron muchas de mis apreciaciones en torno de lo que debía ser una película. Por ejemplo, del ensayo de Serge Daney sobre Wim Wenders extraje una clara conciencia de que los paisajes tienen el poder de modificar una historia”. Paisajes que sobredimensiona hábilmente en el registro del fuera de campo, en la ausencia de banda sonora, en la limpieza de sus movimientos de cámara. Consigue así una tensión que emerge de los contornos de los planos sin nunca estallar, concentrada en sucesivos paseos en bicicleta por los bosques, plácidos e inquietantes al mismo tiempo, que conectan íntimamente a los personajes.

El vínculo entre Barbara y André será decisivo en la película: plagado de silencios opresivos y estimulantes, reflexiones literarias y pictóricas, historias íntimas y verdades no dichas. Mientras tanto, Barbara encuentra en una joven escapada de un campo de trabajos forzados, Stella, un recuerdo vago de su juventud, de esos sueños incumplidos, de esas fantasías no vividas. La clave en el relato que propone Petzold está en el punto de vista. En cómo Barbara se revela ante nuestra mirada, se hace omnipresente, sufriente, nos guía con sus pasos, a veces certeros, otras dubitativos, nos contagia la ilusión de sus planes, de sus miedos, de sus angustias. La fría expresión de Nina Hoss, sus palabras cuando lee Las aventuras de Huckleberry Finn mientras Stella duerme en la cama del hospital, o el odio reprimido frente a su carcelero, dan cuenta de una amenaza que siempre está, ahí, latente.

Barbara es una película sobre la resistencia en los momentos de crisis. Sus conexiones con el pasado alemán o con la actualidad europea no agotan su riqueza sino que la despliegan en sus infinitas formas. En una de las primeras escenas, Barbara llega al comedor del hospital y, luego de retirar su almuerzo en el mostrador, pasa de largo frente a sus colegas, los saluda secamente y se sienta a comer sola. “Eso es Berlín”, concluye uno de ellos. La carga de esa ciudad dividida, de ese mundo quebrado que intenta mirar hacia el futuro sin olvidar el pasado, no la define del todo. Barbara también es quien aprende a comprender a quienes la rodean, a aceptar sus debilidades, a socorrer sus necesidades, a sentir que siempre, aun en la más profunda de las soledades, es posible seguir resistiendo.

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