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Domingo, 14 de julio de 2013

RECORRIDOS > LA GALERíA METRóNOMO, EN EL PASAJE OBELISCO NORTE, HOMENAJEA A RAúL BARóN BIZA

Maldito subterráneo

En el pasaje Obelisco Norte, galería comercial bajo tierra que conecta las calles Carlos Pellegrini y Cerrito y pasa por debajo de la 9 de Julio, existe desde 2012 un espacio de arte, Metrónomo, montado en lo que fue una cerrajería. Allí, entre algunos negocios bizarros, otros útiles, otros normales, Metrónomo homenajea, por estos días, al fundador del pasaje: Raúl Barón Biza. Y en ese homenaje complejiza la figura del escritor, releyendo su figura desde la condición de artista conceptual, preguntándose sobre cuáles son los límites de esta definición y el lugar de la ética en el arte contemporáneo.

 Por Verónica Gómez

Isidore Lucien Ducasse, mejor conocido como el Conde de Lautréamont, en los estertores del siglo XIX lanzó al mundo su intuición de belleza, definición que proponía una mirada lateral, cierta sensibilidad para detectar la singularidad con que mundos aparentemente inconexos se relacionan. La frase “bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas” no tardaría en convertirse en una suerte de slogan y de fuente de inspiración para el grupo surrealista. Basta emprender un veloz paseo subterráneo por pasaje Obelisco Norte, en pleno corazón porteño, para transitar esa definición con todos los sentidos. Fundado como galería comercial en 1960 por Raúl Barón Biza –“Haremos una alegre calle subterránea de este pasaje –me dije. –Es una cloaca. Fracasarás –me respondieron–. –Haremos la galería más hermosa y concurrida de la ciudad –insistí”, dixit Barón Biza– el pasaje conecta las calles Carlos Pellegrini y Cerrito, pasando por debajo de la Av. 9 de Julio.

Si el transeúnte quisiera un par de cordones por ejemplo, en el local que reza “Todo para sus pies y su calzado”, encontrará la solución. Si en el ajetreo se le ha roto un taco a la dama, el pasaje le promete la compostura del zapato en el acto. Si nos ataca el hambre, “El Rey del Paty” sabrá combatirla. Si quisiéramos auscultar astros remotos, una manada de telescopios nos proveerá los recursos técnicos. El camisón de la abuela, las antiparras para natación, artilugios para el arte del decoupage, celulares y cámaras digitales por docenas, posters del primer papa argentino, Lennon, Néstor Kirchner o Violetta, sahumerios a rolete que introducen en la vorágine de estímulos visuales un paréntesis oloroso, estatuas de Shiva, duendes alternados con las princesas de Disney, un local de venta para ferromodelistas que propone “construir un mundo a pequeña escala”, galerías de arte donde puede adquirirse una reproducción de la Mona Lisa a 190 pesos o un cuadro original por una suma modesta, una relojería que garantiza su excelencia con un “relojero diplomado en Suiza y USA”, todo puede encontrarse allí, en ese Aleph bizarro. Y puede uno entretenerse coleccionando situaciones insólitas, como el muñequito de Pantriste cortejando patéticamente a Betty Boop o la curiosa versión de la jarra-pingüino en forma de porcino trajeado.

En la zona más oscura del pasaje, la más lumpen, donde se esparcen charcos de agua sucia enmarcados por paredes grafitteadas y descascaradas, y varias vidrieras vacías se enquistan en las paredes envueltas en una humedad galopante, allí mismo vino a alojarse un espacio de arte: Metrónomo. Gestionado por los artistas Aurora Rosales, Laura Códega y Leonel Peirotén, Metrónomo nació en agosto de 2012 haciendo uso de la antigua vitrina de la cerrajería Metro, cedida por su dueño, Luis Peirotén, para realizar muestras. A pocos metros, como una luz al final del túnel, el pasaje desemboca en la boletería de la estación Carlos Pellegrini del Subte B que nos arrancará de un pasado enmohecido para depositarnos velozmente en el presente.

La intervención en la vidriera de Metrónomo es una suerte de homenaje (o antihomenaje, depende en qué atributos del personaje deseemos posar la mirada) al mismísimo Barón Biza. Un texto pegado junto a la vitrina consigna prolijamente los datos biográficos que perfilan el personaje a la manera de mito. El encabezado resume: Raúl Barón Biza (1899-1964), escritor maldito, millonario excéntrico, empresario, político yrigoyenista, rebelde, anarquista, revolucionario, pornógrafo infame, defensor de la libertad sexual, anticlerical. Y luego enumera un listado de hechos que se le atribuyen, como su casamiento en Venecia con la actriz y piloto suiza Myriam Stefford, ocasión en la que alquiló todas las góndolas de la ciudad, la construcción del monumento al amor en conmemoración a su esposa, muerta en un accidente aéreo –un mausoleo que alberga diamantes, custodiados por explosivos–, y varios hechos signados por la extravagancia y la exageración, con altas dosis de autoritarismo y delirio.

El altar diseñado por las artistas tiene aires de decadente aristocracia. O de aristocracia arrabalera diría el tango. El cortinado del escaparate se descorre y nos deja ver un living en trompe l’oeil. Allí, retratos simulados en las paredes, un muestrario de los libros que Barón Biza escribió (Punto final, El derecho de matar, Por qué me hice revolucionario, Risas, lágrimas y sedas, entre otros) y algunos accesorios dan cuenta de la vida del homenajeado de una manera un tanto precaria y fantasiosa, como la gran botella de champán en escorzo, deliberadamente deforme y fuera de escala. En el living se abre otra ventana para mostrarnos la postal de una desgracia inminente: una avioneta en picada, a punto de estrolarse. La vitrina parece el nicho de un muerto al que ya nadie visita ni va a ponerle flores. Nadie salvo las artistas, que han decidido desempolvar el asunto, invocar al fantasma en su propio hábitat y convocar a nuevos acólitos a visitar la tumba. ¿Qué tiene de atractiva, aparte de la extravagante biografía, la figura de Barón Biza? El subtítulo de la muestra, Artista conceptual, da una pauta del abordaje que las artistas proponen. Pero la propuesta es ambigua. Y ese filo la hace interesante. Podría ser una cargada a las etiquetas que el mundo de las artes visuales utiliza (a veces con gran pereza) para catalogar artistas. Pero también podría ser una relectura de la figura de Barón Biza que viene a colocarlo en la posición que le fue negada por décadas: la de artista. Si se trata de esto último, el gesto podría volverse snob o banal, algo al estilo “vamos a poner de moda a este tipo”. Vale recordar que un asesino serial puede conducirse como un diseñador impecable, gozar de las texturas y colores de las entrañas que esparce en sus crímenes, y eso no lo convierte en artista. Cuando Barón Biza arroja ácido sulfúrico a su esposa Clotilde Sabattini, desfigurándole el rostro, es de suponer que su objetivo no era lograr una escultura goyesca. Más que al terreno del arte el hecho pertenece al terreno de la criminología. Y a otros tantos. ¿Estaría acaso el señor Biza probando una manera de generar una pintura expresionista abstracta a base de salpicaduras de sangre en la pared cuando se atravesó la cabeza con un tiro en la sien? Calculamos que no, que la intención suicida no era artística. La pregunta que plantea la muestra es rica y polémica: ¿Cuál es el límite a la hora de asignarles carácter artístico a ciertos gestos? Y otra pregunta, más grandota, se desprende: ¿Cuál es el lugar de la ética en el mundo del arte contemporáneo?

Barón Biza. Artista conceptual Julieta Ortiz de Latierro y Laura Códega en colaboración con Aurora Rosales Hasta el 26 de julio Galería Metrónomo Pasaje Obelisco Norte Juan de Garay

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