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Domingo, 14 de julio de 2013

FAN › UN ARTISTA ELIGE SU OBRA FAVORITA: VERONICA CALFAT Y DAVOS EN LA NIEVE, DE ERNST LUDWIG KIRCHNER

Esa insomne luz nocturna

 Por Verónica Calfat

Siempre quise apretar un pomo grande de óleo hasta vaciarlo, viendo cómo sale extruida la pasta suave de color brillante, y agarrar toda esa materia con las manos y simplemente sentirla un rato entre los dedos, una pulsión muy primaria. Una sensación similar me produce ver las obras de Kirchner, aumentada por la vibración de los colores complementarios que usa; una mezcla de apetito por la materia y envidia por su pincelada suelta y enérgica que lo hace parecer sencillo.

Lo conocía de los libros de arte pero nunca me llamó demasiado la atención. Hace unos años hice un viaje por Europa. Vi tantas obras que llegaba un punto en que podía pasar indiferente frente a las de unos cuantos maestros. Las pinturas de Kirchner jamás me permitieron pasar de largo. Por su tamaño, colores, pinceladas y composiciones me obligaban a detenerme y mirar.

Cuando volví me hice una carpeta con su nombre en mi biblioteca digital, que llené de imágenes bajadas de Internet. Pronto Davos en la Nieve se volvió mi obra favorita.

Me gusta pensar que tiene la luz de una noche de luna llena, aunque lo más probable es que sea el último rayo de sol ocultándose por la derecha. Me lo imagino a Kirchner con insomnio vagando por esos bosques montañosos, yendo lo más lejos posible para poder mirar desde lejos el pueblo que lo alberga. El paisaje montañoso puede ser bastante claustrofóbico por momentos, pero el punto de vista que elige el artista justamente está por fuera del encierro y es testigo de un conjunto de techos nevados que se hunden entre las montañas, monumentales e inmutables. Kirchner me permite ver el punto de vista desde el que mira: el borde de una montaña que también podría ser –por qué no– unas nubes.

Para los que somos noctámbulos la noche es una experiencia singular, el tiempo transcurre distinto, el silencio adquiere una presencia casi física y se expande en el espacio. Intuyo que algo parecido podría pasarle a él. Kirchner me invita a que le haga compañía y me tienta pintando un rayo de amarillo para que no pase frío.

Me llama la atención que justo enfrente y a lo lejos, más o menos a la misma altura de donde estamos sentados, replicando nuestra posición, hay una construcción distinta de las demás. Algo así como un pabellón –quizás un hospital psiquiátrico– que curiosamente tiene una luz blanca y viene directo desde el cielo a noventa grados. Me regocijo en haber encontrado un pequeño misterio, todo lo demás está expuesto.

Kirchner muestra cómo fue el momento en que pintaba, qué color usó primero al que luego superpuso otro, la dirección en que se sucedieron las pinceladas para construir el plano de una montaña... Y nada importa la relación fiel entre el paisaje y el modo en que se acomoda la materia sobre el lienzo. La pintura se expone a sí misma, queda explícito el acto de pintar.

Pienso en los paisajes de Hockney, quizá por la paleta de colores, pero sobre todo por su preocupación acerca de los problemas de la representación que, a pesar de los sesenta años que los separan, siguen siendo similares: ¿Cómo representar esto que veo y que nada tiene que ver con cómo lo veo? ¿Cómo represento la experiencia de un paisaje, de atravesarlo, recorrerlo? ¿A qué velocidad? ¿Con qué sonidos?

Son preguntas que me gustan por su sencillez y las siento similares a algunas que anoto en mis cuadernos: Si no es un paisaje, ¿qué es? ¿Cómo es lo inmaterial? Si son figuras que se ordenan en un plano, ¿cómo se mueven o están quietas? ¿Y hacia dónde? La pintura es el medio que elijo para volcar estas preguntas y, paradójicamente, siempre me devuelve otras más.

La materia en las pinturas de Kirchner me hacen sentir cómplice de ese momento de búsqueda y goce, dejando que fluya según el ritmo que le dicta el pincel y las pulsiones ocultas que lo mueven.

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