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Domingo, 24 de noviembre de 2013

LAS FICCIONES DE LO REAL

 Por José Natanson *

Con esa cualidad única para crear palabras a partir de términos ya existentes, el alemán incluye una expresión, zeitgeist, intraducible al español pero que podría definirse como el clima político-cultural de una época, literalmente el espíritu (geist) del tiempo (zeit). ¿Cuál es el zeitgeist del kirchnerismo? Un estudio de Flacso/Ibarómetro sugiere un giro a la izquierda que goza de un alto consenso social: el 61,8 por ciento de los consultados sostiene que la intervención del Estado en la economía debe ser activa, el 61,4 que los juicios contra los represores deben continuar, el 53,6 que hay que privilegiar las alianzas con los países de la región. Estas respuestas son aún más contundentes en los sectores medios: como el gallego que habla en prosa sin saberlo, una parte de la clase media es kirchnerista sin darse cuenta.

Cada uno de los tres ciclos largos desde la recuperación de la democracia tuvo su zeitgeist y, asociadas a él, sus ficciones de época. Retrocediendo unas décadas, es fácil comprobar que la resistencia a la dictadura, que de algún modo preconfiguró el clima alfonsinista, no podía venir nunca del cine, una industria que, en tanto tal, necesita del Estado y el capitalismo, y mucho menos de la televisión, en ese entonces totalmente estatal, y entonces lógicamente se centró en la literatura y su canon a dos puntas de Piglia y Fogwill.

El alfonsinismo tuvo como gran organizador simbólico un documental, La República perdida, que ofrecía, muy en sintonía con el discurso del candidato, una relectura de la historia en clave autoritarismo/ democracia. Pero también encontró su reflejo en el mundo de la ficción, en películas como La historia oficial y En retirada, producciones sobre la dictadura que, como el alfonsinismo, transcurrían en tiempo presente, y cuyo tema central era el mismo que el del gobierno: el lento y violento fin del autoritarismo y la trabajosa construcción de un orden democrático.

A diferencia de la dictadura, el menemismo, un movimiento democrático que produjo sus reformas en base a un amplio consenso social, sí encontró su resistencia en el cine, con los éxitos del nuevo cine argentino como Pizza, birra, faso, Mundo grúa o El bonaerense. Y luego fue la televisión, el último recurso del entretenimiento familiar en momentos de crisis, y en particular Gasoleros, donde se reflejó mejor el doloroso final de la ilusión de Primer Mundo de la Argentina de los ’90, la fase de ajuste fiscal que derivaba en doloroso achique de la vida cotidiana.

¿Cuáles son las ficciones que capturan el zeitgeist de la última década? Es difícil decirlo. El kirchnerismo ha sido capaz de ofrecer nuevas interpretaciones de la historia, a menudo en clave del revisionismo más o menos logrado de películas epopéyicas a lo Belgrano, ha desplegado una interesante y muy activa pedagogía audiovisual a partir de la buena idea de Tristán Bauer de crear Encuentro y su designación al frente del sistema de medios públicos, y ha logrado inscribirse en ese género de moda que son los documentales sobre presidentes de izquierda.

La literatura, por su parte, asistió a una estampida de cuentos y novelas con centro en el conurbano peronista. Y está también, claro, El estudiante, la película de Santiago Mitre, la historia de un joven militante universitario que pasa del escepticismo al compromiso por caminos no ideológicos. En un diálogo implícito con la épica un poco extemporánea de las agrupaciones juveniles del kirchnerismo, el protagonista de El estudiante comienza a militar no porque quiera transformar la sociedad ni –como se dice ahora– ampliar derechos, sino para acercarse a una chica, fervorosa y bella. Sin actores faro gritando sus teorías –explica–, todo en la sobremesa, El estudiante ofrece una mirada inteligente y áspera de la política.

Podríamos mencionar también el efecto cismático producido por el kirchnerismo en los medios (un cisma expresado con claridad explícita por 6,7,8 y Periodismo para Todos), casos aislados como el notable Vidas robadas, sobre la trata de personas, y los documentales ecoizquierdistas de Pino Solanas, que han ido perdiendo calidad y espectadores (el último, que ni siquiera llegó a los cines, confirma una paradoja: el público de Solanas disminuye mientras su electorado crece). Pero hasta ahí llega la cosa. Salvo estos ejemplos y alguna que otra producción surgida de los concursos del Incaa, en la última década no han aparecido ficciones masivas que den cuenta del nuevo rol del Estado, el latinoamericanismo o el boom de consumo (la única excepción quizá sea la tolerancia a la diversidad sexual institucionalizada en la ley de matrimonio igualitario, aunque no deja de resultar curioso que su traducción ficcional se encuentre actualmente en dos series de Pol-ka: Farsantes y Solamente vos).

Pero cuidado. No se trata de reclamarle al Estado que financie una megaproducción sobre la estatización de las AFJP, con Fernán Mirás en el papel de Amado Boudou, pues no cuesta mucho imaginarse el resultado de semejante empresa, sino de interrogarse por la ausencia de ficciones taquilleras capaces de expresar el nuevo ecosistema ideológico. Y preguntarse por qué, en cambio, sí aparecieron interesantes películas sobre los años de plomo: la dictadura revisitada en Los rubios, Iluminados por el fuego, Crónica de una fuga o Infancia clandestina.

La idea de esta nota es que existe un desnivel notorio entre la capacidad de la no ficción y de la ficción para reflejar el clima de época. Y que las ficciones más sugestivas estuvieron más orientadas a revisar el pasado que a narrar el presente, como si el kirchnerismo –en otros aspectos tan pendiente del minuto a minuto– fuera incapaz de contarse en tiempo real. Quizá por el tono solemne que les imprime a sus políticas, tal vez porque se toma demasiado en serio a sí mismo y sufre la falta de una distancia irónica, el kirchnerismo no ha asistido al surgimiento de ficciones a la altura de las transformaciones políticas, económicas y sociales que propició.

* Director de Le Monde Diplomatique, edición Cono Sur.

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