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Domingo, 22 de diciembre de 2013

NEGRO SOBRE BLANCO

 Por Mariano del Mazo

El concierto de Stevie Wonder en Vélez fue uno de los grandes acontecimientos musicales del año. La opinión es casi unánime. Parece que todos aman a Wonder, y está bien: es tal vez junto a Paul McCartney el músico vivo con más peso específico en el extraordinario arte de componer canciones populares. Pero hubo un tiempo en que no todos amaban a Stevie Wonder. Ese tiempo fue la Argentina rockera de los años ’70, ese ancho territorio de represión y prejuicio. Excluyendo a músicos y algún periodista especializado, esa patria de pelo largo condenaba todo lo que sugiriera baile. Aquí tallaba el rock británico; la música afroamericana era de minorías. Seguramente la ecuación se mantiene, aunque las décadas de democracia y la globalización pusieron los tantos en otro lugar.

La tradición largó con los Beatles y Stones y atravesó Led Zeppelin, Queen, Oasis, Blur... Tal vez por eso costó tanto el sábado 12 encontrar quién podía estar a la altura de Wonder para compartir escenario. Los IKV ocuparon naturalmente ese espacio, ese vacío; lo de Fabiana Cantilo fue incomprensible. Para un concierto de Blur hubiera habido 20 bandas nacionales en pugna.

Stevie Wonder se bailaba en las discotecas y en las fiestas que comandaban discjockeys como Alejandro Pont Lezica y otros próceres como San Martín, Sarmiento y Pueyrredón. Estamos hablando del apogeo de la dictadura. “Isn’t She Lovely” sonaba dentro del groove imparable de bajos gruesos que incluía temas de Jackson 5, Kool & The Gang, Donna Summer. La música disco era una variable del soul, el funk y el R&B, pero caía en el mismo lodo, toda manoseada, según la óptica rocker. La vara del desprecio no admitía sutilezas. En 1979, Charly García cantaba desde La grasa de las capitales “Don’t Stop Dancing”, y con esa ironía interpretaba el desdén de un movimiento que pese a su creciente masividad seguía funcionando con arrogancia de gueto. En ese mismo álbum de Seru Giran, David Lebón se burlaba de la música radiable en “Frecuencia modulada” (ya por entonces la música de Stevie Wonder vivía en la radio FM; como hoy, como siempre), y todavía estaba fresca la famosa tapa de El Expreso Imaginario del tomatazo a John Travolta, emblema junto a los Bee Gees de la juventud perdida que se volcó masivamente a los cines a ver Fiebre de sábado por la noche.

No vamos a cometer el desliz de los programas televisivos de archivo: estas posiciones radicalizadas —claramente reaccionarias desde la perspectiva actual— ocurrían dentro de un contexto denso y complejo. El primer recorte es social: con trazo grueso, digamos que cierta clase media-media alta (tildémolos, anacrónicamente, de chetos) se entregaba a la disco, un poco ajena a todo, dilapidando la plata dulce de sus padres. La Argentina blanca bailaba al ritmo de la Norteamérica negra; la perversa paradoja que en el menemismo llegó al paroxismo con la movida tropical inundando Punta del Este aquí se cumplió sin mayor estridencia: la gente que la pasaba bien en la Argentina bailaba la música de la gente que la pasaba mal en los Estados Unidos. Otra arista de la paradoja: como dice Sergio Pujol en su libro Rock y dictadura (Emecé), “en los Estados Unidos la disco era una moda que reivindicaba a los afroamericanos, a los gays y a los latinos”. Un antro de libertad, desdibujado desde la miopía de un país alambrado por militares.

De este lado, el rockero combinaba altanería y pretensiones intelectuales: mientras en el mundo estallaba el punk y la new wave, aquí aún eran tiempos de jazz fusión y rock progresivo. El baile no liberaba nada: por lo contrario, era sinónimo de enajenación y frivolidad y fue defenestrado. Claramente excedía el género musical. Ya en 1963, Astor Piazzolla decía: “No toco para bailar. Los bailarines buscan una música que los excite y eso lo pueden encontrar en el cha cha cha”. La llamada proyección folklórica (Huanca Huá, Eduardo Lagos, Manolo Juárez, etc.) también aspiraba al espectador quieto, todo oídos. El rock argentino profundizó esa línea.

Faltaba para que cambiara el paradigma y Charly cantara, a viva voz, “¡Cómo me gustaría ser negro!”. Faltaba mucho más para que una noche, ya sexagenario, Stevie Wonder debutara en la Argentina y definiera uno de los mejores shows de este 2013 aclamado por todo un estadio. La justicia tarda pero llega. También en el país más stone del mundo que alguna vez organizó un festival contra la visita de Frank Sinatra.

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