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Domingo, 22 de diciembre de 2013

TELEVISIóN. MASTERS OF SEX, UNA DE LAS MEJORES SERIES DEL MOMENTO, Y SU FABULOSA PROTAGONISTA, LIZZY CAPLAN

LA CHICA SUPERPODEROSA

 Por Mariano Kairuz

“Hacelo por la ciencia”, reza el slogan de Masters of Sex, una de las mejores nuevas series del año que termina, y por hacelo se refiere –con un irónico pudor que tiene mucho que ver con el asunto central del programa–, por supuesto, a “tené sexo”. Cogé.

Con guiones adaptados por la guionista Michelle Ashford del libro Masters of Sex: The Life and Times of William Masters and Virginia Johnson, the Couple who Taught America How to Love (el subtítulo: “la vida y los tiempos de la pareja que le enseñó a Norteamérica cómo amar”), Masters ficcionaliza con onda –y una puesta en escena y dirección de arte que van por la senda de Mad Men– la extraordinaria historia real de los protagonistas, que en la segunda mitad de los ‘50 se dedicaron a investigar con un rigor y una libertad que nadie les dedicaba en aquel entonces, los orígenes, características, variaciones y efectos del placer sexual en el cuerpo y la mente (o el alma, si tal cosa existe). Al empezar el primer episodio, encontramos al Dr. William Masters (el gran Michael Sheen, conocido como, entre otros personajes, el periodista David Frost en Frost/Nixon), prestigioso obstetra/ginecólogo de un hospital de Washington, observando clandestinamente, a través de un agujero, el intercambio sexual de una prostituta con su cliente. La mujer, pagada por Masters, sabe que la están observando (“en nombre de la ciencia”, o de lo que sea, le da lo mismo); el hombre no. Y es ella quien le sugiere a Masters que debería conseguirse una asistente mujer, si realmente quiere empezar a entender algo de lo que está viendo y anotando.

Entra en escena entonces Virginia Johnson, que es el verdadero eje de la serie, la chica sin la cual nada de esto –la puesta de época, la mirada que le revela al hombre de ciencia ese mundo que desconocía por completo– funcionaría. La chica es uno de esos rostros que muchos reconocerán aunque desconozcan por completo su nombre, y este papel está destinado a empezar a cambiar eso. La chica se llama Lizzy Caplan, es una californiana de 31 años que ya lleva hechas varias de esas series televisivas que adquirieron status de culto tras una cancelación temprana (de un papel secundario en Freaks & Geeks a un protagónico notable en Party Down) y se va consolidando rápidamente en el cine, a medida que crece también el culto alrededor de Chicas pesadas (Mean Girls, la salvaje comedia escolar que estrenaron hace ya casi una década Lindsay Lohan y Tina Fey) mientras se divide entre producciones pequeñas de espíritu indie y éxitos masivos como Damas en guerra –la comedia de chicas guarras del año pasado, Kristen Wiig a la cabeza–. Como escribió el crítico David Crow en su reseña para el atendible sitio DenofGeek.com, “Caplan cristaliza en este papel lo que sus fans ya sabían: que se trata de un talento vastamente subestimado”. Ella consigue darle credibilidad a esta mujer que “no es para sorprenderse que, habiendo accedido a explorar las fronteras del sexo con la seguridad con que lo hizo, pareciera tan adelantada a su tiempo en los ’50. Esta es una mujer capaz de separar el amor del placer carnal, de limitar a su amante-juguete, y de admitir que sus matrimonios fueron simplemente un recurso para tener a sus hijos, y Caplan la dota de apertura y de un pragmatismo inmediato”. Los elogios siguen por todos lados: “Más allá de todos los atractivos de la serie, nada de esto hubiera funcionado sin Lizzy Caplan”, escribe Emily Nussbaum en The New Yorker, “el palito revolvedor del cóctel erótico del show. En papeles previos, Caplan se destacó como una chica moderna, siempre en posturas defensivas y con un sarcasmo algo masculino. En el ya clásico de culto Party Down, fue una ansiosa camarera de un servicio de catering; en la subestimada comedia oscura Damas en guerra fue una hipster autodestructiva; en Chicas pesadas, una gótica furiosa. Pero en Masters of Sex es una mujer cool y en perfecto control de sí misma, el tipo de chica que convierte todo lo que dice en una jugada inteligente, incluso cuando no es su intención. Por momentos, el guión puede ser un poco demasiado elogioso de su personaje –‘esa mujer es magia’, se dice– pero Caplan es tan digna de ver como para superar ese error. Y es una idea fascinante de una superheroína: su libido es su superpoder, uno que intenta usar más para el bien que para el mal, con resultados desparejos”.

Dicho lo cual –es cierto que ella, su carisma y fortaleza, así como algunos detalles del guión, imponen un punto de vista femenino en el programa, invirtiendo un poco la fórmula Mad Men–, hay que conceder que sus francos, naturales desnudos, que están incorporados a la trama con un pretexto falsamente argumental (de la misma manera que el sexo es un poco falsamente clínico dentro de la ficción), y bañados en intensa luz blanca, tan distinta de las de las escenas sexuales habituales, la vuelven, a la par de la actriz revelación del año, en un fetiche magnético, irresistible. Desnudos es algo que casi no había hecho hasta ahora, en su década y pico de carrera. Casi: hay que rebobinar cuatro temporadas de True Blood, para reencontrarse con el personaje breve pero intenso de Amy Burley, la novia drogadicta y trágica de Jason Stackhouse. Un desnudo para el que tuvo que emborracharse pero que, dice, le quitó el miedo para siempre. Y esto es lo último que dice al respecto, y a partir de ahora se niega a someterse a la pregunta sobre la dificultad de sacarse la ropa en cámara, en la que tanto le insisten revistas como GQ y Esquire. “Por supuesto que si sos un varoncito y ves Masters of Sex, les vas a poner puntaje a las chicas –dice–. Pero el programa es igualmente relevante para hombres y mujeres.”

El episodio 12 y final de la primera temporada de Masters of Sex, se estrena mañana lunes 23 a las 21, por HBO.

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