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Domingo, 22 de diciembre de 2013

ARGENTRIP

ARTE Con ciento veinte obras y un recorrido que abarca desde la década del ’60 hasta el siglo XXI, con pinturas, objetos, videos y esculturas que incluyen a artistas tan diferentes como Marta Minujin, Oscar Smoje, Oski o Marcelo Pombo, la muestra Argentina Lisérgica del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires afirma que existe una psicodelia criolla. Y propone un viaje a sus precursores y a sus formas de expresión ya acabadas en el pop, el surrealismo, la gráfica, el Op Art, con una hipótesis de lectura marcada por el contexto político y el diálogo del arte institucional con la cultura de masas.

 Por Eugenia Viña

Si el arte es el espacio en el que nace la pregunta sobre la vida y sobre el ser humano, la colección de obras presentes en Argentina Lisérgica propone un diálogo –tanto entre ellas como con el espectador– con posibles respuestas. El minucioso y desprejuiciado trabajo de edición realizado por Victoria Noorthoorn y Rafael Cippolini propone un recorrido singular sobre las visiones psicodélicas realizadas en tierra argentina, con ciento veinte obras, entre pinturas, objetos, videos y esculturas de artistas argentinos y extranjeros, reconocidos e ignotos, que incluye obra desde la década del 60 hasta el siglo XXI, todas pertenecientes al patrimonio del Mamba.

¿Existió un movimiento psicodélico en la Argentina? ¿Sus artistas se unían bajo esa bandera o es una forma de rebautizar un hallazgo inclasificable aunque reconocible? ¿Las obras son lisérgicas porque fueron creadas bajo el efecto del ácido o es una forma simbólica para nombrar una estética y una apuesta en común?

MONO, SIN FECHA, DE EDGARDO GIMÉNEZ. SERIGRAFÍA.

La hipótesis es valiente: existe una psicodelia nacional, así como existió una contracultura lisérgica en los países autoproclamados del Primer Mundo, que, aunque también de ribetes un tanto indefinidos, hace referencia al uso de drogas alucinógenas (ácido, mescalina, etc.) como puente para una creación singular y alucinada, que nace una vez que se abren –como enseñó Aldous Huxley– las puertas de la percepción.

Niños, retoños, frutos o lisérgicas creaciones pueden nacer de ese pasional matrimonio. El viaje que propone la exposición es largo y, sobre todo, profundo en su multiplicidad. Allí está, en un museo que se presenta como un organismo vivo, el psicodélico árbol genealógico de obras realizadas en los últimos cincuenta años en la Argentina, aunque cada pared propone una familia de lectura en la que hay que develar el propio enigma. Un acertijo nos ayuda desde el comienzo: “Viaje hacia la iconografía y los escenarios artísticos de otro tiempo: el pop extremado de los desbordados sesenta y los tempranos e intensificados setenta, haciendo especial énfasis en sus nutrientes (el surrealismo criollo, la geometría blanda, el arte cinético y lumínico local, las omnipresentes vanguardias internacionales) y en sus efectos posteriores... una línea de fuga vital, festiva, que conecta distintos estilos, dialoga con la cultura de masas, traza su propia cartografía y propone una artillería de percepción que puede recorrerse como uno de los atajos más reveladores hacia la contemporaneidad...

Corría el año 1943 en Suecia cuando el doctor Hofmann continuaba sus investigaciones con alcaloides, con el objetivo de lograr ayuda terapéutica para sus pacientes. Ese día Hofmann, ya cansado de los lentos resultados, y a pesar de ser un hombre cauteloso, decidió ingerir una dosis. El metódico científico, a pesar de la inusual dilatación de sus pupilas, logró anotar en su diario los efectos producidos por la droga: dificultad para hablar de forma inteligible, sensación de permanecer inmóvil al estar en movimiento, visión ondulada, momentos de éxtasis alternados con algunos de terror, sensación positiva y de gratitud hacia el mundo, visión de “imágenes fantásticas” al cerrar los ojos con colores y juegos de formas que en continuo movimiento se abrían y cerraban en círculos y espirales para luego explotar en fuentes de color.

El doctor Hofmann al describir sus síntomas dejó un legado vanguardista de lo que sería el contenido de la cultura psicodélica, en su búsqueda de agudización de la percepción y la primacía del reino visual por sobre todos los demás: ver tanto, mirar tan profundamente hasta lograr vislumbrar la aparición de la estructura básica, abstracta, geométrica de las formas, en múltiples y plenos colores, alimentando las ganas de jugar, estimulando un estado onírico en plena vigilia. En el libro Las puertas de la percepción, Huxley continúa con el relato psicodélico, pero ahora voluntariamente y –si bien los síntomas son iguales– la búsqueda ya no es científica sino espiritual. En Argentina Lisérgica no falta ninguno de estos condimentos.

EL SANTO DE LA ESPADA, 1970, DE GONZALEZ RUIZ. AFICHE.

El pintor norteamericano Thomas Downing abre la exposición sobre una pared amarillo ocre con Helix, una pintura geométrica de 1964. A su lado, el pequeño y poderoso Pan árbol de Xul Solar, enfrentado al cuadro de la pintora española Angeles de Armas en el que Leda vuelve a la inocencia, aunque ya rodeada por algunos monstruos. Entre ellos El castillo, de la argentina Alicia Carletti, El juego, de Luis Benedit, junto a la maravillosa Oveja Feroz, de Jorge de la Vega, enfrentada al retablo cósmico del arquitecto belga Vantongerloo, donde cada minúsculo círculo deviene una estrella.

Geometría y mística parecen ser condiciones necesarias para que se abran las puertas de la percepción. El color plano y la presencia de lo popular también. Mirándonos fijo, ahora sobre una pared blanca, el retrato en acrílico de Claudia Sánchez y el Nono Pugliese –icono romántico de la cultura kitsch– frente al sillón Rolo –hoy bandera de lo canchero, entonces apuesta jugada y vanguardista del incipiente diseño industrial argentino, de Reinaldo Leiro y Arnoldo Gaite, junto a los fragmentos de cuerpos en blanco y negro de Bande Binder–.

La locura sigue en cada paso y la nueva rama genealógica lisérgica se presenta entre dos gigantescas paredes. En la mitad, un piano de plumas multicolores de la triología de Juan Stoppani, la instalación lumínica Formas en contorsión de Le Parc, y un setentoso televisor Noblex de 14 pulgadas rojo furioso falseado por Roberto Napoli.

La pared turquesa muestra la rama lisérgica gráfica: posters de Edgardo Giménez (entre ellos el precioso saltamontes circular) junto al fantástico mundo de Oski y el infaltable Jorge de la Vega. A su lado, un retrato desafía a cada espectador: “Si sos tan inteligente ¿por qué no sos rico?”. El impertinente es Edgardo Giménez, sin duda uno de los arengadores principales del viaje. Entre ellos, la proyección de Marta Minujin en su trip literal, a las carcajadas de ácido filmando el viaje con sus amigos en el Central Park. El cuerpo se hace presente, la risa se impone como una estética del humor.

El viaje continúa. En la pared fucsia Víctor Magariños nos regala un Finito e infinito de acrílico, que no se deja amendrentar por la Matabrujas, de la genial popartera Dalila Puzzovio, ni por el cuadro de La jamonería de Vieytes, que tienta, pero ante tanto movimiento ondulado no hay ganas de comer.

Al dar la vuelta, dos altas torres azules de madera laqueada coronadas por un arco iris de acrílico son el portón de entrada para la tercera y última parte de este viaje psicotrópico, en el que se prenden Charlie Squirru, Víctor Magariños, Narcisa Hirsh, y el infaltable estimulador de potencias psíquicas Omar Schirilo.

ROBERTO CARLOS EN MAU MAU, 1972, DE OSCAR SMOJE. DONACION DEL ARTISTA.

Sobre la pared azul francia aparece Marcelo Pombo, cuyas guirnaldas, secundadas por cajas de cartón de Sertal, Bayaspirina, Heno de Pravia y Poison desembocan en el centro de un perfecto y circular acrílico sobre madera, tan geométrico como las visiones del Dr. Hofmann, y tan espiritual como los mandalas hindúes. Si la fuerza de las obras es centrífuga, la dirección es hacia el centro, recordándonos que la locura lejísimos está siempre de la estupidez.

El viaje se acerca más en el tiempo con composiciones en hilos de colores como la enorme Escena inquietante. Frente al bordado, la Materia Prima de Miguel Harte y cuando la sensación es que ya no tendremos más fuerzas para seguir de pie, desembocamos alucinados y perplejos en un acrílico de Víctor Magariños que marca el final del viaje. Se escuchan voces, hay una grabación de una voz que repite palabras como en un mantra y, de fondo, una canción de los Rolling Stones, que retorna como un eco de la fiesta de Minujin con sus amigos en Nueva York.

Las visiones psicodélicas habilitan un viaje cromático y morfológico con huellas que hermanan en algunos casos estéticas y, en otros, estados del alma. La hipótesis parece haber sido corroborada.

Argentina Lisérgica. Visiones psicodélicas en la Colección del Museo de Arte Moderno se puede ver en el Mamba, Av. San Juan 350, hasta marzo de 2014.

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CLAUDIA SANCHEZ Y NONO PUGLIESE, 1969, DE MARTA PELUFFO. ACRILICO SOBRE TELA. DONACION DEL ARTISTA.
 
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