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Domingo, 22 de diciembre de 2013

UN DIRECTOR DE TEATRO ELIGE SU PELíCULA FAVORITA. MARTíN URRUTY Y LA PATRULLA INFERNAL, DE STANLEY KUBRICK

HAY UNA GUERRA ALLÁ AFUERA

 Por Martín Urruty

No me gustan especialmente las películas de guerra. A excepción quizá de Apocalypse Now! y algún puñado más de ellas. Entre ese puñado se cuenta La patrulla infernal. Cuando me invitaron a escribir algo para esta sección, la primera escena que vino a mí, contundente, fue la secuencia final de La patrulla infernal, de Stanley Kubrick.

Tendría unos 17 años cuando tuve mi primer desengaño amoroso serio. Me separé de la que fue mi primera novia y no la estaba pasando demasiado bien. Nos habíamos conocido un día en que yo la vi cantar y me dije: quiero que sea mi novia, con un candor adolescente que me enternece un poco al recordarlo.

A decir verdad no me separé: ella me dejó. Era un típico amor adolescente, de esos donde se juega todo, intensidad, sueños..., esa sensación de que uno va a amar una sola vez y para siempre. Descubrí lo doloroso que puede ser que alguien a quien amás te diga: ya no te quiero más. Y me encerré.

Era diciembre y no tenía mucho que hacer; no quería ver a mis amigos, mucho menos a mis padres, con los que vivía, y que escuchaba chapotear en la pileta. Me pasaba las horas en el cuarto, dormía todo el día y vivía de noche. ¿Y qué tiene que ver este amor frustrado con las películas? Descubrí, en una maniobra extraordinaria del destino, un videoclub en el barrio que alquilaba las películas clásicas con una promoción: tres x uno. O sea que me encerré a ver películas como un loco para olvidar. Las alquilaba de a tres, siempre películas clásicas (los estrenos no estaban en promoción) y las miraba una tras otra durante toda la noche. Me vi todo Fellini, Kurosawa, Herzog con Kinski, los viejos clásicos de la época dorada de Hollywood y también Scorsese, Coppola, Brian de Palma, Cassavetes, Leonardo Favio, y un amplio etc., todo mezclado y al tuntún. Era un autodidacta desatado a la búsqueda de algún sentido en la maraña de las imágenes.

Y entre toda esa mezcolanza descubrí las películas de la primera época de Kubrick.

No recuerdo si fue la segunda o tercera película de esa noche. Recuerdo que eran altas horas de la madrugada y que se escuchaba entre los disparos el sonido de los pajaritos cantando en el jardín. Ya había fracasado el último ataque al Hormiguero, la fortificación de los alemanes. Ya el alto mando del ejército francés había fusilado a tres de sus soldados por sorteo, para escarmentar a la tropa, en un acto de injusticia doloroso para Kirk Douglas (seguramente en el mejor papel de todos los que hizo en su vida), designado como abogado defensor de esos tres infelices. Ya el mismo Douglas había reputeado a los altos mandos franceses, dejándoles en claro que ellos eran los responsables de la derrota y había recibido la propuesta de subir de rango y convertirse en general a cambio del silencio, y sobre todo, ya hace rato que la presunta película bélica se había transformado en un drama humano sobre la falta de sentido de la existencia bajo la excusa de la guerra como tema. Y entonces Kirk Douglas se encamina hacia sus oficinas y antes de entrar oye el griterío de la tropa que sale desde una cantina de mala muerte. Se acerca y observa a sus muchachos desde la puerta.

Una runfla de hombres endurecidos por la guerra, sucios, borrachos, enardecidos. El dueño de la cantina se sube a una tarima y presenta a una joven alemana arrebatada al enemigo. Demasiado vestida para el gusto de la tropa, tímida, asustada, sola y sin comprender la lengua de los que la rodean. Los hombres gritan, insultan, golpean las mesas. Y entre el ruido ella empieza a cantar. Al principio no se oye lo que canta en el medio del griterío. Ella sigue. De a poco los muchachos empiezan a callar. Ella canta y mientras canta, llora. Una canción triste, desolada. Se produce un breve silencio y luego, de a poco, los hombres empiezan a tararear acompañando la melodía. La cámara toma los rostros de los soldados. Algunos cantan, otros tragan saliva, los ojos se empañan, alguno suelta una lágrima.

Y Kubrick asesta su golpe mortal. En vez de cerrar la moraleja, como hubiera hecho un director sin talento, pega el salto y nos cierra con una escena casi sin diálogos ni golpes bajos, con un trazo emotivo magistral: sólo con primeros planos que cuentan en segundos el pasaje de un estado a otro de la soldadesca, de la coraza dura de los tipos rudos al desamparo sensible más expuesto. Y todo eso por oír a una mujer cantar.

Un sargento se acerca a Douglas y le dice: “Señor, tenemos orden de volver al frente de inmediato”.

Douglas mira a su tropa, mira al sargento y dice: “OK, pero deles a los muchachos unos minutos más”.

Unos minutos más de eso, de comunión.

Se aleja caminando y la cámara lo sigue. La canción continúa y se superpone el ruido de los redoblantes llamando a la batalla.

Y yo me encontré llorando como un pavote el dolor del amor que se fue a través del final de una película bélica.

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