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Domingo, 29 de diciembre de 2013

BARRO Y PAMPA

Despedidas Con una discreción y dignidad absolutamente coherentes con su vida y su carrera, Nelly Omar murió la semana pasada a los 102 años. La longevidad es una marca ineludible para entender el destino de la cancionista que desde los años treinta fue una de las grandes voces femeninas del tango, voz del pueblo, al servicio de Evita y las obras del General, despedida por muy pocas personas en el velatorio de Sadaic. La suya es la historia de una sobreviviente que, más allá del paso del tiempo, nunca perdió la potencia de su canto.

 Por Mariano del Mazo

1 Hay artistas que por mera longevidad –una cuestión de salud, diría Alfredo Zitarrosa– adquieren la dimensión de sobrevivientes. En esa sobrevida son ubicados en un sitio de sabiduría y conminados a recordar, a testificar, como escribanos de la historia. La memoria, se sabe, es arbitraria: por eso la lucidez de los versos de Aníbal Troilo, cuando carraspea “qué sé yo si mi barrio era así, pero yo lo recuerdo así”. A Nelly Omar le caía bien ese lugar matriarcal. Pero sin embargo, si bien sabía jugar el juego, algo en ella no encajaba del todo. El bronce no le sentaba bien. Era un personaje incómodo, una piedra en el zapato del tango. Extraña outsider que podía sacar los pies del plato en cualquier tema menos en la música. Cuando se encendía el grabador hablaba de Gardel, de Evita, de Manzi, de Malena, lo de siempre. Pero si se despejaban los velos de las anécdotas se podía intuir en ese hermoso rostro de rasgos duros, vagamente indígenas, su disconformidad existencial. Una suerte de desdicha que la volvía, tal vez, indomable e invencible.

2 Fue parte de una generación de artistas extraordinarias, las llamadas “cancionistas” de los años ’20 y ’30. Estas mujeres se impusieron en un ambiente de hostil misoginia y fueron divas nac & pop por mérito propio. Pagaron caro la condición de pioneras y de matrices. Fueron atravesadas, en su mayoría, por un sino trágico de rencor y soledad y exilio. Libertad Lamarque, Ada Falcón, Tita Merello y otras mostraban en ciertas decisiones y actitudes las marcas de la infelicidad o el inconformismo, marcas muy parecidas a cicatrices. Nelly Omar también. Más allá de lo que se sabe (el exilio y la prohibición por su militancia peronista, el romance y folletín con Manzi, etc.) no tenía mayor inconvenientes en declarar cómo le costaban las relaciones con los hombres. Además, se refería amargamente al hecho de no haber tenido hijos. El famoso poncho que en tiempos de proscripción sirvió para tapar sus ropas humildes, ya de veterana fue el manto de una soledad abismal, que su personalidad volcánica no hacía más que subrayar. Curiosa paradoja: a medida que avanzaba su perfil legendario, más se recluía. Nelly Omar murió sola: cualquiera que haya ido al velorio el sábado 21 en Sadaic habrá podido comprobar la poca gente que se acercó a despedirla. También, otra consecuencia de la longevidad. “Mi gente ya no está. Todos mis hermanos murieron. Me gustaría tener un hombre al lado, pero la verdad es que no tengo a nadie, más allá del amor del pueblo”, decía a Radar hace dos años.

3 El de Nelly fue un caso aislado dentro del generoso puente generacional que se tendió en el tango a partir de los años ’90. El trasvasamiento incluyó un fluido sustancial de conocimientos, tanto de manera formal como informal, con el aporte de maestros como Horacio Salgán, Emilio Balcarce, Leopoldo Federico, Alberto Podestá y muchos otros. El intercambio produjo desde discos compartidos hasta documentales, desde libros técnicos y biográficos hasta agrupaciones ejemplares como la Orquesta Escuela. Nelly se mantuvo ajena a esta dinámica, pese a la devoción que le manifestaban los jóvenes, sobre todo a partir de las antológicas ceremonias de los viernes en El Club del Vino cuando, ya octogenaria, exhibía la precisión incorruptible de su canto.

4 Y es este último punto el que la ubica en la historia grande de la música popular argentina. El milagro no fue su edad sino su canto: la voz de Nelly Omar no conoció la decadencia. No salía a florear su declive con el atajo del “fraseo decidor” –que del Polaco Goyeneche a Chavela Vargas opera como una reconfiguración caricaturesca– porque no tuvo declive. Desde su debut a comienzos de la década del ’30 hasta el concierto en el Luna Park de 2011 por su centenario, Nelly Omar hizo de la pureza estilística su más alta forma estética. Parada en el medio del campo y la ciudad (aunque Homero decía que no podía despegarse los abrojos de su falda), depuró una interpretación severa y dulce a la vez, agreste y clara, una técnica sin artificios –otra vez: más cercana al sentimiento gaucho que a los alardes tanguísticos– y un repertorio precioso con temas como “Tu vuelta”, “Amar y callar”, “Parece mentira”, “Mano blanca”. La llamaban la Gardel con polleras, un apodo demasiado famoso y poco feliz: lo único que la unía al Zorzal era una profunda admiración y la canción nacional. Edmundo Rivero fue su guitarrista en sus comienzos. No está mal ubicarla en un punto equidistante entre Gardel y Rivero, como diferentes expresiones del más distinguido arte criollo. Pero Nelly Omar tenía un plus: un temperamento artístico férreo, indoblegable, casi fundamentalista. A Nelly jamás se le habría ocurrido grabar una jota aragonesa como a Gardel; jamás habría puesto una tanguería como Edmundo Rivero.

5 Había algo de religioso en su camino sin fisuras. Una misión. Ella sabía lo que representaba. Llevó la bandera del canto criollo hasta donde pudo, con una dignidad acerada. Su muerte representa más que la muerte de una cantora. Es el fin de una raza.

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