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Domingo, 27 de junio de 2010

Retrato en taxi

 Por Fabrizio Mejia

El barrio de Portales en la Ciudad de México siempre me trae malos recuerdos: en un segundo piso de la calle de Odesa me pescó el terremoto de 1985. El edificio, justo en la esquina, se vino abajo. Ahora, territorio de talleres mecánicos, zapaterías, expendios de alcohol, a la colonia Portales de la Ciudad de México sólo se viene a dos cosas: al mercado de segunda mano o a ver a Carlos Monsiváis. La medida del hombre más público desde hace por lo menos cuatro décadas y a la vez el más esquivo, es un buzón en la puerta: una enorme rendija por la que cabe un tomo de la Enciclopedia Británica. Hacerse visible e invisible es uno de los juegos favoritos de su dueño: el gato de Cheshire está al tanto de todo y, al mismo tiempo, a sus anchas en la desaparición voluntaria. Por ese buzón pasan periódicos, libros, manuscritos, invitaciones de estudiantes o de obreros en huelga, pero también de los monopolios televisivos, políticos, funcionarios culturales o universitarios de aquí y del mundo. Y, dentro de la casa, el teléfono suena mañana, tarde y noche. A Monsiváis se le caza por teléfono y puede ser que a esa misma hora esté anunciado en tres eventos distintos. Si no ha ido a ninguno de los tres, fingirá ser su propia secretaria que avisa que se encuentra indispuesto.

Estoy parado frente a su puerta negra con el buzón descomunal y es posible que nadie me abra o que no esté siquiera en el país. Adentro, sus ayudantes no sabrán más que el día en que ha quedado de volver. Sé de unos jóvenes que esperaron a Monsiváis en la calle durante una hora. Habían concertado ir por él para llevarlo a hablar sobre contracultura juvenil en el oriente de la ciudad. Pero no les abrió. Cuando creyó que los jóvenes se habían dado por vencidos, Monsiváis salió. Y fue atrapado. Sin más alternativa, se dejó llevar hacia el coche y, cuando se distrajeron, Monsiváis se echó a correr.

¿Por qué todo el mundo quiere ver y escuchar a Monsiváis tanto que él mismo tiene que escapar de citas simultáneas? Para el gran público –el que no lo lee–, Monsiváis es el “intelectual” por antonomasia. Es el nombre que le brotó a una actriz de telenovelas cuando hace unos años fue presionada por la prensa para que dijera su libro favorito: “Los poemas de Monsiváis”, dijo. Para el público que lo escucha en entrevistas, Carlos Monsiváis es la voz autorizada por solitaria, creíble y siempre ocurrente: sus dichos y textos con frecuencia están envueltos en un humor seductor. La distancia, física e irónica, es un juego de seducciones. Ante el acontecimiento cultural o la tragedia persistente siempre tendrá un aforismo profundo y desparpajado a la vez. Ejemplos al azar: “El subdesarrollo es no poder mirarse al espejo por miedo a no reflejar”; “Entre nosotros y la moda, se interponen los harapos”; “Hasta los más apartados rincones de México han acudido el PRI, la Coca Cola, y la noción del complejo de Edipo”; “Somos tantos en la Ciudad de México que el pensamiento más excéntrico es compartido por millones”; “Sólo una Revolución obra la hazaña de anticiparse al cine”; “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por falta de locura”; “Si no tuve infancia, al menos permíteme tener currículum”.

Fue una frase la que me atrapó hacia finales de los ’70 cuando lo vi por primera vez, por supuesto, en la tele. Era un homenaje a Agustín Lara y, entre pianistas y cantantes de lentejuela, el cronista y teórico súbito fue compelido a definir lo cursi. Monsiváis dijo: “Es lo bellamente fallido”. La sensación –la recuerdo– fue que, de pronto, lo que decía tenía relación con lo existente o, por ponerlo en una definición súbita, “Monsiváis dice lo que tenías en la punta del pensamiento”. Desde ese instante testifiqué la capacidad descomunal de un hombre que nos dice qué somos, qué leer y ver, a qué poner atención ante lo fugitivo del presente y lo abrumador de la tradición y que, en fin, tiene como obra la construcción de la cultura nacional como la réplica exacta de su propio gusto. Como en el cuento de Borges en que el emperador manda hacer un mapa tan preciso de China que el papel termina por abarcar el territorio del país. Y, parado en esta calle de la Portales recuerdo los sismos del ’85. El fue quien nos aseguró que detrás de cada rescatista, tránsito improvisado y ayuda había una insurrección civil. Si no lo era se hizo tras ser nombrada. La confianza de Monsiváis nunca estuvo con los poderosos o los insurrectos. Siempre estuvo con una ciudadanía informada, pendiente y, cuando haga falta, activa.

Pero, a la vez, ha creado el museo textual de lo notable. Si Juan Gabriel no era más que un cantante popular, se hizo perdurable por ser nombrado así. Si el comic era lo desechable, se hizo objeto de museo por el valor que sus palabras le imprimieron. Si la historia de la censura se censuró a sí misma, él trae a la página a Ripalda y a Núñez Prida y la Liga de la Decencia. Pero Monsiváis jamás aceptaría esto: “Cuando estaba entendiendo lo que pasaba, ya había pasado lo que estaba entendiendo”.

Por fin alguien contesta el interfón y la puerta cede al zumbido de la bienvenida. No es garantía de nada. A mí me ha dejado plantado en su propia casa: sentado en un sillón en el pasillo, pasó alguien con aire de autoridad y le pregunté:

–¿Carlos tardará mucho?

–Vuelve en seis días.

Lo que sigue es el garaje, la casa como vagón de tren, la biblioteca con los gatos. Es su casa de la infancia cuando era parte de Los Niños Catedráticos en la radio. Entre libros y papeles, Monsiváis está al teléfono. Seguro con Sergio Pitol. O con Rafael Barajas El Fisgón. Es un icono: el pelo cano revuelto, los anteojos pesados, las cejas greñudas, el mentón rotundo, los atuendos de mezclilla, la camiseta debajo. Es un hombre del ’68, cuando la ropa no importaba tanto como para no preocuparse por ponerse algo que contenga una declaración. Esto último es, por supuesto, una frase cifrada en lenguaje monsi. Justo en la pared lateral hay dos dibujos. Uno es la primera hoja de El llano en llamas, de Juan Rulfo, autografiada y con un perro aullando. El otro es de Cuevas: el rostro de Monsiváis con motivos pop en los lentes. Dan cuenta del transcurrir cultural del nacionalismo inventado, el oficialista, hasta el recreado, el rupturista. Pero no dan cuenta del propio transcurrir del cronista que lo mismo encontramos en películas disfrazado de Santaclós borracho (Los Caifanes, 1967), letrista del grupo de rock paródico con Alfonso Arau (Los Tepetates), o corrigiendo junto a Cortázar el Paradiso de Lezama Lima. Como le escribió en una carta a Elena Poniatowska en 1971 durante una estancia en Londres: “Me sigo preparando para un acaso imposible trabajo periodístico. Todo lo que veo, leo y escucho lo refiero a una especie de archivo de experiencias utilizables. Leo un libro diario, veo de dos a tres películas y me inundo de revistas”. Abarca todo, lo procesa, lo selecciona, funda un museo del lenguaje.

Ahora vamos dentro de un taxi hacia cualquier lugar. Puede ser la Casa Refugio o la Biblioteca de México, el escritor invitado no lo tiene del todo claro. El taxista lo reconoce y le pregunta si es el “intelectual” que habla de María Félix. Monsiváis murmura. El taxista se anima:

–¿Cómo ve lo de Hugo Sánchez?

Y Monsiváis habla de Venezuela.

Es una figura de autoridad que se ha opuesto a las figuras de autoridad. En muchos sentidos, él es el intelectual que emerge del ’68 con una idea de que la resistencia política no se hace desde ahí sino desde la cultura, esa que se interpone entre el autoritarismo y la violencia. Pero su ángulo es desde el inicio. En 1954, a los catorce años, escribe su primera crónica sobre una marcha en contra de la caída de Jacobo Arbenz orquestada por la CIA en Guatemala. En “la descubierta” de la manifestación están Diego Rivera y Frida Kahlo. Si se quiere, ahí podría verse un “infancia es destino”: lo urgente y el arte.

Monsiváis es un estratega cultural que valora la cultura popular y populariza lo elitista. Su arma es un tipo de lenguaje arraigado en un apretado código de burlas, sospechas, alusiones, parodias, que mina a cualquier declarante poderoso, sea un obispo, el presidente, o un líder guerrillero. El relajo es –qué duda cabe– el ánimo permanente de Monsiváis:

–Te insulté el otro día -–dice acongojado en el teléfono.

–¿Qué dijiste?

–Te cité.

(Risas)

–Oye, yo hablé de ti en una entrevista por tus setenta años y dije puras pendejadas.

–Entonces me describiste.

–Y, de paso, a mí.

Llegamos a la Biblioteca de México y, aunque están felices de recibirlo, la mesa no es ahí. Cambiamos de taxi. No hay rincón que no haya visto: desde las librerías de viejo en Donceles hasta la Semana Santa en Iztapalapa, de Ciudad Neza hasta la colección de arte de Carlos Slim. Siempre comprando arte para su museo Estanquillo en Plaza del Angel, en la Zona Rosa, o testificando el sexo en vivo en el 41, Monsiváis es la Ciudad de México, las líneas de su mano son una guía Roji. La Ciudad de México no existiría sin Monsiváis, que la engrandece, la hace posible, le ve el lado ciudadano aun en medio de las ruinas del terremoto de 1985. “¿Cuál es tu ciudad preferida?”, le pregunté hace diez o quince años en el café Auseba de la Zona Rosa. “La de mi juventud en los cincuenta”, respondió, “en tranvía”.

La conferencia es sobre los cinco libros más importantes en tu vida. No creo que Monsiváis haya logrado resumir su vida libresca a tal cantidad. Pero lo ha hecho. Le pregunto mucho más angustiado que él porque ya va tarde:

1) La Biblia: “No creo en lo que dice pero la fuerza del lenguaje, la poesía; por ejemplo, los Salmos, son extraordinarios”.

2) La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde: “Cada línea es un aforismo brillante”.

3) La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán: “Es la gran novela de la conspiración, de la intriga, y de la barbarie institucional”.

4) ¡Noticia bomba! de Evelyn Waugh: “No comparto las posturas políticas del autor pero es la novela que mejor parodia el trabajo periodístico”.

5) Adiós a Berlín de Christopher Isherwood: “El retrato de lo prohibido, de la fiesta clandestina, los lugares ocultos de una ciudad”.

Si uno intentara ceñir a Monsiváis con esa lista sería imposible: poesía, aforismo, denuncia del poder, parodia del periodismo, los caminos de la noche. Faltan batallas, posiciones, gustos, obsesiones, fobias y, sobre todo, el ánimo de abarcarlo todo, día a día, década por década. Cuando entra al Museo de la Ciudad de México, es casi una hora tarde, hay reflectores, multitudes que esperan abanicándose con periódicos. Los organizadores corren a recibirlo y casi lo cargan hasta el podio.

–Llego tarde porque pensé que ustedes eran impuntuales.

Carcajadas. Aplausos. Gente que se acomoda en el asiento dispuesta a escuchar con atención. Cuadernos que se abren. Plumas que se destapan. Afuera, los taxis siguen circulando en el embotellamiento.

Lo ha logrado, una vez más. Y, con él, todos los demás, y esta misma, siempre otra, Ciudad de México. Hoy, Carlos Monsiváis ha muerto. Lo velan los artistas, los escritores, pero también los trabajadores, los taxistas, en ese lugar al que no hace mucho llegamos, tarde.

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