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Domingo, 22 de junio de 2003

Hoy hice explotar un tanque israelí

Por Elia Suleiman
Acabo de hacer explotar un tanque israelí. No hubiera podido hacerlo en Israel por la guerra. Así que lo hice en un campo del ejército francés. Aun así, fue oportuno. Llevé a cabo mi misión durante la visita de Ariel Sharon a los Campos Elíseos. Setenta y cinco kilogramos de plástico explosivo mezclado con seis kilogramos de polvo negro. Un trabajo limpio, sin rastros. Ahora el tanque no existe. De haber estado vivo, mi padre se habría sentido muy orgulloso de mí. Trabajó para la resistencia en 1948; los soldados israelíes lo torturaron por negarse a denunciar a El-Hussein (un líder político de la época), hasta que entró en coma.
Mientras yo estaba ocupado destrozando tanques israelíes, en París manifestaban contra la visita de Sharon. ¿Por qué las manifestaciones pro palestinas son tan poco atractivas y tan poco concurridas? ¿Por qué las causas de este tipo, me pregunto, están tan poco de moda? ¿Y por qué los franceses corrieron el riesgo de dejar suelto a Ariel “Terminator” por las calles de París? Después de todo, en El silencio de los inocentes, los americanos tomaban medidas de máxima seguridad para Hannibal Lecter. ¿Los franceses no aprendieron nada de la historia? ¿Ni siquiera de la de ellos?
De vuelta en París fui a comer sushi con unos compañeros de rodaje. Recordamos los incidentes divertidos de nuestro día de triunfo. Yo no podía contenerme: sentía el perverso y eufórico placer de haber tenido todo ese poder de destrucción. Estamos en guerra; sólo le di a un tanque israelí. Padre, descansa en paz (algo que ellos no tendrán jamás). Y esto no es nada comparado con lo que vendrá. La moza japonesa nos escuchó hablar en el lenguaje de Babel y me preguntó mi nacionalidad. “Palestino”, dije orgulloso. “¿Qué es eso?”, preguntó. “Palestina es un país que fue y será.” “Voy a buscarlo en Internet para ver dónde está”, dijo ella. Yo ya lo había intentado. “Ahorrate otra decepción”, le respondí.
Después del sushi fui a casa y llamé por teléfono a mi madre. “¿Cómo está Nazareth?”, le pregunté. “Todo tranquilo: no pasa nada”, me dijo, pensando que lograría repatriarme. Por supuesto que no pasa nada en Nazareth, me dije. Como siempre. La paz de los sepulcros es el término justo. Odio con vehemencia a mi pueblo natal. Es un lugar que nunca deja de tratar de atraerte y succionarte. Jesús tuvo suerte: lo condenaron en otro lugar. Nosotros, los palestinos que vivimos en Israel, somos los tímidos. Los inhibidos. Actuamos como si fuéramos palestinos vergonzantes. Nuestros hermanos y hermanas palestinas de Cisjordania y de Gaza generalmente protagonizan levantamientos y nosotros nos unimos, pero no sin la tradición del ghetto de quemar grandes tiendas israelíes. Son nuestros hermanos y hermanas los que nos siguen recordando nuestra trágica y silenciosa existencia.
Pero el ritual se mantiene sólo por un rato. Perdemos algunas almas y el levantamiento pierde su oportunidad, su razón de ser. Entonces, otra vez la calma mortal. Hay una razón, razonamos. No mostramos nuestro lado oscuro porque es el más oscuro de todos. Es el miedo a que nuestro lado oscuro sea transgresor hasta extremos desconocidos. ¿Hasta dónde podría llevarnos? Es el miedo, algo de sospecha e incluso algo de la inconsciente certeza de que nos llevará a un agujero negro: la posibilidad de que nosotros y/o Israel no existamos más.

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