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Domingo, 17 de junio de 2012

>EL EPISODIO PERDIDO DE EL JUGUETE RABIOSO

El poeta parroquial

 Por Roberto Arlt

Juan se echó a reír.

–Yo no entiendo de esas cosas... decime ¡querés venir conmigo a ver un poeta! Tiene dos o tres libros publicados y como soy secretario de una biblioteca, estoy encargado de surtirla de libros. Por lo tanto, visitamos a todos los escritores. ¡Querés venir! Vamos esta noche.

–¿Cómo se llama?

–Alejandro Villac. Tiene un libro La Caverna de las Musas y otro El Collar de Terciopelo.

–¿Qué tal son esos versos?

–Yo no los he leído. Publica en Caras y Caretas.

–¡Ah! si publica en Caras y Caretas debe de ser un buen poeta.

–Y en El Hogar le publicaron el retrato.

–¿En El Hogar le publicaron el retrato? –repetí yo asombrado–; pero entonces no es un poeta cualquiera. Si en El Hogar le publicaron el retrato... caramba... para que le publiquen en Caras y Caretas y el retrato en El Hogar... esta misma noche vamos –y asaltado de un súbito temor–; ¿pero nos recibirá?... ¡Porque para que le publiquen el retrato en El Hogar!

–Bueno; claro que nos va a recibir. Yo llevo una carta del bibliotecario. ¡Entonces esta noche me venís a buscar! ¡Ah! esperá que te traigo “Electra” y la “Cità Morta”.

Cuando nos apartamos, yo no pensaba en los libros, ni en el empleo, ni en la sincera generosidad de Juan el Magnífico; pensaba emocionado en el autor de La Caverna de las Musas, en el poeta que publicaba en Caras y Caretas y cuyo retrato exhibiera gloriosamente El Hogar.

El poeta vivía a tres cuadras de la calle Rivadavia en una callejuela sin empedrar, con faroles de gas, veredas desniveladas, árboles añosos y casitas adornadas de jardines insignificantes y agradables, es decir, en una de esas tantas calles, que en los suburbios porteños tienen la virtud de recordarnos un campo de ilusión y que constituyen el encanto de la parroquia de Flores.

Como Juan no conocía exactamente la dirección del autor de La Caverna de las Musas, tuvimos que informarnos en el barrio, y una niña apoyada en la pilastra de un jardín nos orientó.

–¿Es la casa del poeta la que buscan, no, del señor Villac?

–Sí, señorita, al que le publicaron el retrato en El Hogar.

–Entonces es el mismo. ¿Ven esa casita de frente blanco?

–¿Aquella con el árbol caído?...

–No, la otra; esa antes de llegar a la esquina, la de puerta de reja.

–¡Ah! sí, sí.

–Ahí vive el señor Villac.

–Muchas gracias –y saludándola nos retiramos.

Juan conservaba su sonrisa escéptica. ¿Por qué? Aún no lo sé. Siempre sonreía así entre incrédulo y triste.

Sentíame emocionado; percibía nítidamente el latido de mis venas. No era para menos. Dentro de pocos minutos me encontraría frente al poeta a quien habían publicado el retrato en El Hogar y apresuradamente imaginaba, una frase sutil y halagadora que me permitiera congraciarme definitivamente con el vate.

Resongué:

–¿Nos recibirá?

Como habíamos llegado a la puerta, Juan por toda respuesta se limitó a golpear reciamente la palma de sus manos, lo que me pareció una irreverencia. ¿Qué diría el poeta? En esa forma sólo llamaba un cobrador malhumorado.

Se escuchó el roce de suelas en las baldozas, en lo obscuro la criada atropelló una maceta, después se diseñó una forma blanca a cuyas preguntas Juan respondió entregándole su carta.

En tanto aguardábamos, oíanse ruidos de platos en el comedor.

–Pasen; el señor viene en seguida. Está terminando de cenar. Pasen por aquí. Tomen asiento.

Quedamos solos en la sala iluminada.

Frente a la ventana encortinada, un piano cubierto de funda blanca. Ocupaban los cuatro ángulos de la habitación esbeltas columnitas, donde ofrecían las begonias en macetas de cobre, sus hojas estriadas de venas vinosas.

Sobre el escritorio adornado por retratos de marco portátil, veíase en poético abandono una hoja donde estaba escrito el comienzo de un poema, y olvidadas en cierto taburete color de rosa un montón de piezas musicales. Había también cuadritos y delicadas chucherías, que en los ángulos, encima de los muebles, suspendidas de la araña, atestiguaban la diligencia de una esposa prudente. A través de los cristales de una biblioteca de caoba, los lomos de cuero de las encuadernaciones duplicaban con sus títulos en letras de oro, el prestigio del contenido.

Yo que curioseaba los retratos dije:

–Mirá una fotografía de Usandivaras, y con dedicatoria.

Juan comentó burlonamente:

–Usandivaras... si no me equivoco Usandivaras es un pelafustán que escribe versos pamperos... algo así como Betinotti, pero con mucho menos talento.

–A ver... éste... José M. Braña.

–Ese es un poeta lanudo. Escribe con herraduras.

En la galería escuchamos los pasos del vate que publicaba en Caras y Caretas. Nos levantamos emocionados cuando el hombre apareció.

Alto, romántica melena, nariz aguileña, rizado bigote, renegrida pupila.

Nos presentamos, y cordialísimamente indicó los sillones.

–Tomen asiento, jóvenes... ¿Así que Vds. vienen delegados por el centro Florencio Sánchez?

–Sí, señor Villac, y si no tiene Vd. ningún...

–Nada, nada, con el mayor agrado... ¿Gustan servirse una tacita de café?

Asomóse a la galería y al momento estuvo con nosotros.

–Cenamos algo tarde, porque la oficina, ocupaciones...

–Ciertamente...

–Efectivamente, las exigencias de la vida.

Y conversando, en tanto saboreaba el café en su tacita, con sencillez encantadora, el poeta dijo:

–Agradan estas solicitudes. No dejan de ser un estímulo para el trabajador honrado. Ya he recibido varias de la misma índole y siempre trato de satisfacerlas. No se moleste, joven... está bien así –acomodando la taza en la bandeja–. Cómo les decía, la semana pasada recibí una carta de una dama argentina residente en Londres. Fíjense Vdes. que The Times le pedía si no los podría informar acerca de mi obra aplaudida en diarios argentinos.

–¿El señor tiene publicados El Collar de Terciopelo y La Caverna de las Musas?

–También otro volumen; fue el primero. Se llama De mis vergeles, pero naturalmente, una obra con defectos... entonces tenía 19 años.

–Tengo entendido que la crítica se ha ocupado mucho de Vd.

–Sí, de eso no me quejo. Principalmente La Caverna de las Musas ha sido bien acogida... Decía un crítico que yo uno a la sencillez de Evaristo Carriego el patriotismo de Guido y Spano... y no me quejo... hago lo que puedo –y con magno gesto desvió el cabello de las sienes hacia las orejas.

–¿Y ustedes no escriben?

–El señor –dijo Juan.

–¿Prosa o verso?

–Prosa

–Me alegro, me alegro... Si necesita alguna recomendación... Tráigame algo para leer... Si gustan visitarme los domingos a la mañana, haríamos un paseíto hasta el Parque Olivera. Yo acostumbro a escribir allí. ¡Ayuda tanto la naturaleza!

–¡Cómo no! Gracias: vamos a aprovechar su invitación.

Juan, viendo empalidecer el diálogo, preguntó mintiendo:

–Si no me equivoco, señor Villac, he leído un soneto suyo en La Patria degli Italiani. ¿Vd. escribe también en italiano?

–No, puede ser que lo hayan traducido; no tendría nada de extraño.

Juan insistió:

–Sin embargo, voy a ver si encuentro ese número y se lo envío. Bello idioma ¿verdad, señor Villac?

–Efectivamente, sonore, grandilocuente...

Yo con candidez pregunté:

–Y a usted, señor Villac, quien lo emociona más, ¿Carducci o D’Annunzio?

–Como novelista, Manzoni... ¿eh? Más vida ¿no es cierto? Me recuerda a Ricardo Gutiérrez.

–Sí, es verdad: más vida –replicó Juan, mirándole casi asombrado.

–Además, Carducci... qué quiere que le diga... Carducci... eh, no le parece a Vd... yo qué quiere que le diga... sinceramente... pocos poetas hay que me agraden tanto como Evaristo Carriego, esa sencillez, aquella emoción de la costurerita que dio aquel mal paso... esos sonetos... será porque yo soy sonetista y

“El soneto es una lira de hebras de oro”

“Una caja...

–Ciertamente –observó Juan impasible–. Ciertamente, me he fijado que la crítica le aplaude mucho como sonetista.

–”Una caja de encantos”, escribí una vez pasada en Caras y Caretas... y no me he equivocado. Nuestro siglo prefiere el soneto, como en un estudio indi...

La entrada de la criada con un bulto que contenía La Caverna... y otros volúmenes, interrumpió sus palabras y, desgraciadamente, no pudimos saber lo que indicaba en su estudio el hombre, del retrato en El Hogar.

Para no pecar de indiscretos, nos levantamos y acompañados hasta el umbral de la puerta, nos despedimos efusivamente del sonetista. Yo le prometí volver.

Cuando pasamos frente a la casa de nuestra informadora, la niña estaba aún en la puerta. Con voz tímida preguntó:

–¿Lo encontraron al señor?...

–Sí, señorita... gracias...

–¿No es verdad que es un talento?

–¡Oh!... –dijo juan –un talento bestial. Fíjese que hasta en el Times se interesan por saber quién es.

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