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Domingo, 5 de mayo de 2013

¿Para quién hago cine yo?

 Por Marcelo Piñeyro

Conocí a Aída cuando estábamos preparando La historia oficial. Luis llegó una mañana a la productora de publicidad que teníamos en ese entonces, con la premisa, el punto de partida de la película. Era, si mal no recuerdo, la segunda mitad de 1982, poco después de Malvinas, y él había tenido la idea de hablar con Aída para empezar a ver cómo desarrollar el guión, así que fuimos a verla.

Sí recuerdo bien que Aída se entusiasmó inmediatamente y pronto ya se había puesto a trabajar en el guión. Yo empecé a ir a su casa muy seguido. Hacía poco que ella había vuelto de su exilio en España, y en esos días en que yo empezaba a visitarla había estado recibiendo amenazas, creo que por un programa de televisión. Y a partir de entonces, casi de inmediato, se estableció una amistad que se prolongó durante años: por mucho tiempo nos encontramos como mínimo cada 15 días y hablábamos de todo. Así que cuando yo estaba empezando a darle forma a Tango feroz, le iba contando y ella me hacía sugerencias, hasta que finalmente nos dijimos: ¿por qué no lo hacemos juntos? Así fue que formó parte de Tango feroz y de mis dos películas siguientes, Caballos salvajes y Cenizas del paraíso. Trabajar con ella era muy placentero y estimulante, y un desafío constante; discutíamos y nos peleábamos muchísimo, pero de un modo altamente creativo. Yo llegaba a las 10, 11 de la mañana a su casa, almorzábamos y durante meses pasábamos toda la tarde juntos, como hasta las 19, 20.

A Aída la recuerdo en su escritorio, tengo la imagen de su teléfono, que no paraba de sonar, y mi sensación de que buena parte del país pasaba por ese teléfono. Fueron los años del alfonsinismo, los del menemismo y hasta los de la Alianza. Era una intelectual brillante y muy de su tiempo, de un tiempo del cual lamentablemente todos sus intelectuales se están muriendo, los de fines de los ’50, los ’60, los ’70, gente con un compromiso ideológico y ético poderosísimo, un compromiso que en el caso de Aída era su columna vertebral. Su historia en el periodismo, en el teatro, en la televisión y la manera en que llegó al cine, dieron forma a algo muy especial. Yo estudiaba cine cuando se estrenó La tregua y recuerdo que fue algo muy potente en el cine argentino, algo que venía por otro lado, y sin embargo tocaba una fibra muy honda en la sociedad de su tiempo. Creo que es una película muy enraizada en tradiciones que había plasmado el teatro argentino de los ’60; tiene que ver con el estado de aquella sociedad, la que conformaban los inmigrantes de segunda y tercera generación, sus ansias de progreso, su integración, el acceso de sus hijos a un título universitario, el sueño del inmigrante de llegar a la clase media y que una vez que lo logró, se encontró con que no tenía nada. La tregua contó eso de un modo en que se dieron todas las coordenadas para que pegara en el público, que calzara justo en su época. La vida de Aída estuvo surcada por lo que significó todo aquello, haber pasado por los golpes de Estado, por épocas de democracia que no eran tan democráticas (porque gran parte del espectro político estaba proscripto), el surgimiento de una nueva izquierda, los movimientos de liberación en América latina y también las rebeldías en Europa, todos movimientos riquísimos. En ese contexto, Aída formó parte de un grupo de intelectuales que peleaba y discutía permanentemente cuál era el rol del hacedor cultural. Su tema era como el “¿para quién canto yo?”: ¿para qué hago cine yo? Su respuesta, estoy seguro, nunca hubiera sido “por el mero placer de hacerlo”. Era visceral su desprecio a la mirada ombliguista del cine y de la cultura. Y era indisimulable su placer por hacerlo.

Y acorde con todo eso, siempre fueron un placer las reuniones que se armaban en su casa, con charlas hasta cualquier hora, donde se discutía de todo. Recuerdo la sensación de estar espiando otra época, una mucho más interesante que la que me había tocado a mí. Era además una mujer de una cultura enorme y absolutamente apasionada, y también muy arbitraria, lo cual forma parte del mismo paquete –ser muy inteligente, apasionado y arbitrario– que le daba grandeza. Yo también era arbitrario a veces, por lo cual en muchas ocasiones chocábamos nuestros planetas, y es cierto que eso mismo nos llevó a un distanciamiento. No supimos procesarlo y durante mucho tiempo postergamos un reencuentro que ahora ya no va a poder ser. Me queda de ella –que tuvo una salud muy frágil y sufrió muertes muy próximas y eso le provocó tristeza, pero también la llevó a ser una gran luchadora, enfrentada a un mundo que le era muy hostil– el recuerdo de las veces que estuvo a mi lado, en momentos muy, muy difíciles de mi vida, y las películas que hice con ella. Películas que, aunque hoy siento que quedaron un poco atrás en mí, sé que sin ellas yo hoy no sería quien soy. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, pero hoy siento muy fuertemente su ausencia.

Testimonio tomado mediante entrevista con Radar.

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