radar

Domingo, 5 de mayo de 2013

La vejez no es para cobardes

 Por Paula Vázquez Prieto

Es el cumpleaños de Giuseppe Verdi, el gran compositor del Romanticismo italiano. Todo está listo en la Casa Beecham, hogar de retiro para músicos ancianos ubicado en plena campiña inglesa, para la gala de celebración. Para recaudar fondos, para divertirse un rato, para dar el puntapié inicial a la historia, las antiguas estrellas de la ópera londinense ensayan un cálido homenaje al maestro del Risorgimento con aplomo y dedicación, olvidando por un rato las rutinas diarias de ejercicios, descanso y medicación. Con ese clima de tierna algarabía y expectación comienza Rigoletto en apuros (Quartet), la primera película dirigida por Dustin Hoffmann.

A los 75 años, el protagonista de Perros de paja (1971) y Maratón de la muerte (1976) –entre tantos otros títulos que vienen a la memoria– lleva encima la historia de toda una generación de actores que crecieron en un Hollywood todavía adulto, dispuesto a correr ciertos riesgos, y que hoy enfrentan los desafíos de roles menores y poco gratificantes, en un cine que se torna cada vez más adolescente. Basada en la obra de Ronald Harwood –autor de El vestidor– y producida por la BBC Films –gesto que representa una vuelta de cara a una industria que se hace cada vez más miope y anquilosada– esta pequeña historia de amores perdidos, placeres pasados y amistades duraderas logra un tono ligero y emotivo que le sirve al director para evocar su propia nostalgia, para eludir cualquier coqueteo con el patetismo de la decrepitud, y para mirar a la vejez como un tiempo de osadía y coraje.

En ese geriátrico con garbo y estilo viven tres amigos que una vez interpretaron el famoso cuarteto del Rigoletto de Verdi y Piave: Reggie, Wilf y la adorable Cissy; cada uno con sus achaques, sus manías y sus vicios. Entre pícaro y viejo verde, Wilf (el comediante escocés Billy Connolly) seduce a jóvenes y maduras con soltura y desparpajo, orina en público, hace trampa en los juegos, y disfruta de una filosofía de inofensiva impunidad que hace de su estancia un perpetuo divertimento. Reggie (Tom Courtenay), en cambio, es medido y respetuoso, solícito con sus compañeros, austero en sus comentarios, poseedor de una mirada entre triste y reflexiva. Cissy, risueña y desmemoriada, vive escuchando sus viejas grabaciones, inmersa en su propia realidad, presa de recuerdos de la infancia que se mezclan con un presente de a ratos solitario. Ese delicado equilibrio entre anhelos y frustraciones se quiebra con la llegada de una nueva residente, alguien que auspicia el despertar de viejos rencores y el amanecer de nuevas oportunidades.

Jean Horton –interpretada con gracia y calidez por Maggie Smith–, especie de diva de la ópera, distante y orgullosa, es la cuarta integrante del aclamado cuarteto del título original. No sólo eso sino que además fue la infiel esposa de Reggie durante un breve e intenso período. El recuerdo de ese amor interrumpido pesa sobre ambos, como una cuenta pendiente. En las soleadas horas matinales del retiro, el melodrama de celos y venganza que promete la famosa obra de Verdi se condensa en encuentros amargos e incómodos, en frases no dichas, en promesas incumplidas.

Los intercambios silenciosos entre Maggie Smith y Tom Courtenay son uno de los mayores logros de la película. Ella se muestra reacia a volver al escenario, a someterse a la mirada implacable del público, a ver su propia fragilidad expuesta a los comentarios cínicos de quienes una vez la admiraron; se refugia en su vanidad, en sus gustos sobrios, en sus emociones contenidas que le permiten eludir el ridículo con el que la vejez amenaza de vez en cuando. Mientras tanto, aquel joven rebelde de facciones irregulares que deslumbraba al público en La soledad del corredor de larga distancia (1962) de Tony Richardson, aquel inmaduro que vive de ensueños en Billy Liar (1963), aquel simpático estafador que seducía a Romy Schneider con su flequillo tupido y desgreñado en Otley (1968), revela el dolor del pasado en sus ojos translúcidos, sin estridencias. Quien esperaba una digna senilidad se anima a tientas al resurgir de una pasión digna del más efusivo melodrama, una pasión que creía olvidada, guardada en los pliegues de un corazón malherido.

En una charla sobre música que Reggie ofrece a un grupo de jóvenes en uno de los coquetos salones de la residencia, se da un interesante debate sobre el origen popular de la ópera y el melodrama. Nacidos como modo de expresión de las pasiones del pueblo, estaban ligados a las representaciones de feria y a las narraciones orales, y combinaban la pantomima y la música para evitar la condena por griterío callejero que solía impartirles la legislación aristocrática de la época. La ópera fue apropiada por la cultura alta como una actualización de la tragedia griega y lentamente fue olvidando su pasado. A mediados del siglo XIX, los patriotas de la gesta de Garibaldi enarbolaron los estandartes de la independencia al son de los acordes de quien comprendió como pocos el alma que sufre: la música de Verdi enfrentó a la ocupación del Imperio Austrohúngaro no como la manifestación de una clase acomodada en sus lujos y privilegios sino como el espíritu rebelde de un pueblo que hacía de la pasión y los sentimientos un arma de combate. El mundo de Reggie y el de esos jóvenes, que lógicamente prefieren el rap y el hip-hop al repertorio lírico del compositor italiano, no están tan lejos después de todo: la música es una forma de expresar la tristeza y la alegría, el dolor y el sufrimiento, es la esperanza de alcanzar la libertad interior que ni el tiempo ni el silencio pueden hacer esclava.

“La vejez no es para cobardes” recuerda Cissy mientras explora en su memoria la autoría de la frase. “¡Bette Davis!”, señala de repente. Y así es, la famosa reina del melodrama clásico lo había dicho tiempo atrás cuando sus años de gloria también habían pasado. Salir a escena cuando los vientos son ásperos y el camino es en pendiente impone a los artistas el reto de sobrellevar sus propias debilidades, las que el éxito mantenía ocultas. Porque de eso se trata Rigoletto en apuros, de cómo el paso del tiempo convierte a esos grandes talentos de la escena, a aquellos que una vez tuvieron un don, en un grupo de viejitos simpáticos y ocurrentes, lúcidos o melancólicos, que aceptan las nuevas condiciones de su realidad o penan por esa pérdida irremediable.

Compartir: 

Twitter
 

SUBNOTAS
  • La vejez no es para cobardes
    Por Paula Vázquez Prieto
 
RADAR
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2019 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.