CULTURA / ESPECTáCULOS › BLACKJACK, MUESTRA DEL PENOSO ESTADO DEL CINE NORTEAMERICANO

Una mala película alrededor del casino

 Por Leandro Arteaga

21 Blackjack

Dirección: Robert Luketic.

Guión: Peter Steinfeld, Allan Loeb, a partir del libro "Bringing Down the House", de Ben Mezrich.

Música: David Sardy.

Intérpretes: Jim Sturgess, Kevin Spacey, Kate Bosworth.

Duración: 123 minutos.

Salas: Monumental, Village, Showcase.

Calificación: 1 (uno).

Maldito humo. Las rutas quedan bloqueadas y las películas no llegan a la ciudad. Uno espera, ansioso, las imágenes de Scorsese, la música de los Stones, y no hay nada. Sólo el cartel de la marquesina. Y un único estreno cargado en los proyectores: 21 Blackjack. Sin opciones, el ánimo desvencijado, a ver entonces la película de casinos y mentes inteligentes.

El nombre de Kevin Spacey (Seven, Belleza americana) parecía apaciguar algo el desánimo. El avance del film ya resultaba penoso. Un profesor universitario (Spacey) entrena a alumnos inteligentes en el arte de "contar cartas". Más el lema: "Basado en una historia real". Con premisas semejantes, uno augura lo peor. Y los cinco minutos iniciales de 21 Blackjack se encargan de corroborarlo. Pero faltaban todavía otros 120 minutos. La paciencia es buena compañía.

Decir que el cine norteamericano actual es lamentable no es hallazgo alguno. Que sólo hay excepciones ﷓algunas películas, algunos buenos realizadores﷓ que rompen con esta norma es argumento igualmente conocido. Y que la maquinaria que Estados Unidos ha cimentado históricamente es la que posibilita el estreno y permanencia de bodrios como 21 Blackjack, es también explicación consabida.

Conclusión: en 21 Blackjack se dan cita todos los lugares comunes y bobalicones del cine peor y comercial. Vamos por los ejemplos. El grupo de "mentes brillantes" protagonista. Formado a la manera de una tripulación de Viaje a las estrellas: el norteamericanito pensante y bonito, la norteamericanita bonita e inteligente, el chico de rasgos orientales, y la morochita algo latina. Todos unidos triunfaremos. En Las Vegas y en las narices de las cámaras vigías.

Pero claro, esto significa ganar para perder. ¿Qué se pierde? El afecto de los amigos: gordos y nerds. Dedicados a la investigación robótica de un concurso de ciencias. Algo ocurre en la conducta de Ben (Jim Sturgess) para que olvide el componente técnico requerido. Porque lo que Ben prefiere, ya alienado, es acumular dinero. Mientras gana también, cómo no, el afecto de la chica que, decíamos, era bonita y (bien) pensante.

La estupidez predomina. La buena narración es un rasgo ausente. Mientras la cámara pasea desorientada entre los colores de los casinos y sus fachadas. Imágenes que no responden a la necesidad de una hilvanación narrativa, sino que se satisfacen consigo mismas. La estética por la estética. Hueca y necia. Los nerds van a ser recompensados por sus buenas elecciones. Y los infractores finalmente castigados. A no olvidar. Lugar tan común como sacro: la corrección política. La moralina repelente.

Y en el medio de todo ello, Kevin Spacey. Defenderlo es imposible. No hay manera. Hace bastante que adeuda mejores participaciones en pantalla. Aquí sólo hace rostros, corre lento cuando lo persiguen, y equipara su actuación a la de los adolescentes aburridos con los que comparte cartel. Lamentable. Tanto como Laurence Fisburne en el rol del vigía del casino. Cada vez más gordo. Parece un sapo. (Perdón, pero es algo con lo cual, maliciosamente, pude entretenerme mientras soportaba los 120 minutos de sopor).

Para el final lo mejor. La persecución. Penosa. Imaginen: Spacey disfrazado de texano, el sombrero que le queda mal, el correr forzado, y el sapo Fishburne que le pisa las espaldas. Ed Wood lo habría resuelto mejor.

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La actuación de Kevin Spacey tampoco se salva.
 
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