CULTURA / ESPECTáCULOS › CINE. BELLE TOUJOURS, BELLO HOMENAJE DE MANOEL DE OLIVEIRA A LUIS BUñUEL

Tributo al surrealista más radical

El director portugués sitúa la historia en diálogo, y no como secuela, con Belle de Jour, mítico film que indagaba sobre las represiones y los deseos. En este film, os personajes se reencuentran para responder algunas preguntas sobre aquel pasado.

 Por Emilio A. Bellon

Belle Toujours. Portugal-Francia, 2006

Guión y dirección: Manoel de Oliveira

Fotografía: Sabine Lancelin

Intérpretes: Michel Piccoli, Bulle Ogier, Ricardo Trepa, Leonor Baldaque, Julia Buisel.

Duración: 68 minutos.

Cines Del Siglo, Monumental y Showcase.

Calificación: 9 (nueve)

Luis Buñuel nació con el siglo en Calanda (Teruel) y murió a fines de 1983 en Ciudad de México. Su obra, su extensa filmografía, sacudida por los arrebatos y la prepotencia de la censura no se ha apartado jamás de su credo surrealista y tal vez por ello ha inspirado a tantos críticos y artistas y ha motivado amplios y controvertidos debates en el terreno de la religión y el psicoanálisis. Fue uno de los nombres más odiados por el dictador Francisco Franco, quien ordenaba vigilarlo aún en el exilio. El film Belle Toujours, estrenado esta semana, está dedicado tanto a él como a su habitual guionista, Jean Claude Carriere. Y ya desde su título encontramos una fuerte analogía con una de sus obras más polémicas de mediados de los 60, Belle de Jour.

No se trata en este caso de una segunda parte o de una secuela, sino más bien una suerte de epílogo cuarenta años después. Preciosa miniatura, tallada por el transcurrir del tiempo, que abre a un forzado y resistido encuentro. Y el realizador Manoel De Oliveira, nacido en Portugal en 1908, es quien saluda con un gesto de marcada caballerosidad a Buñuel.

En el momento de su estreno (en Rosario se presentó en el mes de junio del 68 en el cine Radar), Belle de Jour pasó a ser tema obligado en la mesa de los bares, donde todos tratábamos de descifrar algunos de los tantos enigmas que plantea el film de Luis Buñuel. Esos enigmas son los que hoy intenta retomar esta singular obra, de tan sólo 68 minutos.

No voy a tratar aquí las cuestiones que remiten a la trama de Belle de Jour, ya que cualquier lector motivado puede recuperar hoy el film. Sí, en cambio, señalar que aquel film de Buñuel que colocaba a una heroína fría y distante (como lo hacía Hitchcock habitualmente) en el centro de la mirada de los otros le permitía a su realizador representar ese seductor juego que libran el deseo y las represiones, el conformismo burgués y las fantasías de sus personajes. En el film de los 60, particularmente y en otro que interpretará Catherine Deneuve, a principios de los 70, Tristana, los elementos de declarado tono surrealista, las situaciones propias del mundo onírico, se harán presentes en la vida cotidiana.

Belle de Jour se cifraba en cuestiones que no se llegaban a explicitar. Como la mirada de la protagonista, Severine, que se dirigía a un algo o alguien no individualizado. O tal vez al mismo espectador. Ese fuera de campo igualmente hoy está presente en el film de De Oliveira, quizá por la manera con la que se va presentando a ese mismo personaje, desde la mirada de su antiguo amante, Henri Husson, quien era el mejor amigo de su marido. Es Michel Piccoli ya veterano quien vuelve a componer este personaje, cuarenta años después, y el rol femenino, Severine, lo compone Bulle Ogier, la Florence de aquel universo absurdo que nos relataba El discreto encanto de la burguesía, de 1972.

Si el encuentro será posible, a partir del momento en el que Henri la reconoce en un palco del teatro donde ambos están disfrutando del Concierto nº 8 de Dvorak, es porque ambos quieren saber sobre aquello que no se pudo decir. La historia de Severine ha dado un giro y desde su condición de viuda sólo aspira a un cambio radical de su vida. Aquellos días en los que simulaba ser otra en la casa de Madame Anais, aquel tiempo en el que recibía a exóticos clientes, le habían permitido desatar toda una serie de relaciones sadomasoquistas que tanto placer le había proporcionado. Sobre nada de esto Severine desea volver a hablar. Sólo necesita saber algo y tal vez este encuentro marque ahora la esperada oportunidad.

Luego de que Henri ha encontrado a un confidente, el barman de un bar, su historia del pasado, y que ha podido localizar en el señorial Hotel Regina al objeto de su deseo y tras un azaroso encuentro, la cita podrá ser posible. Y para ello Oliveira recurrirá a una puesta en escena teatral, atravesada por la incertidumbre y el silencio en un marco escenográfico de rasgos atemporales, sostenido por el metálico sonido de los cubiertos, por los reflejos de la luz del candelabro, sacudido por el envoltorio rojo de una misteriosa caja que espera sobre la mesa, a la hora de la cena.

Ambos esperan. Alguna que otra sonrisa, alguna palabra que no se atreve a manifestarse, algunas preguntas que tal vez no se lleguen a formular. En Belle Toujours observamos cómo hay una línea tensa entre dos protagonistas, que alguna vez fueron amantes, que ahora han dejado de compartir un deseo en común. Sentados a la mesa, hay una diagonal que los separa, sólo los acerca algún último interrogante. Entre un hombre que tiene viva su memoria y una mujer que ya lo había olvidado tendrá lugar este último adiós.

De Oliveira, a quien recordamos por su film Viaje al principio del mundo con Marcello Mastroianni, pone en boca de Severine y Henri expresiones que nos acercan a tantos otros personajes de los films de Buñuel, en ese terreno en el que libran una desigual batalla el presente y el pasado, en el filo de las situaciones límites y ante los interrogantes sobre la religión y el sexo. Como igualmente reconocemos rasgos del fetichismo de algunos de sus personajes y figuras de orden surrealista.

Belle Toujours es un film melancólico. Nos invita a descubrir y admirar la extensa y continua obra de De Oliveira y a revalorizar el legado de Buñuel, uno de los más grandes provocadores de la historia del cine. Igualmente a recorrer su libro de memorias, Mi último suspiro.

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Severine, que vivía su fantasías en casa de Madame Anaïs, ya no quiere recordar aquel pasado.
 
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