CULTURA / ESPECTáCULOS › PLáSTICA. EL ARTISTA HUGO HADDAD VUELVE A MOSTRAR SU SORPRENDENTE TRABAJO EN EL CEC.

Sueños esculpidos en arena que cae

La muestra de Haddad consta de un grupo escultórico de relativa monumentalidad comparada con los formatos que se manejan habitualmente en Rosario, realizado en arena húmeda y prensada a partir de un molde.

 Por Beatriz Vignoli

A los 52 años, el rosarino Hugo Haddad vuelve a exponer después de casi una década sin mostrar su trabajo. La cita es en el CEC, Centro de Expresiones Contemporáneas (Sarmiento y el río). El título le quedó por defecto: Hugo Haddad instalación. Un barroco la habría llamado Vanitas o Memento mori, ya que logra dar una perfecta imagen de aceptación de la mortalidad. Si en su otra obra Hugo Haddad buscaba detener el tiempo mediante la nostalgia, mirando las ruinas de lo que dejaron otros, ahora sigue la flecha del tiempo y ve sus propias ruinas abandonadas. Es una obra madura. Se trata de un grupo escultórico efímero pero de relativa monumentalidad comparada con los formatos que se manejan habitualmente en Rosario, realizado en arena húmeda y prensada a partir de un molde. La imagen es la suya recurrente: automóviles... o auto inmóviles, cabría más bien decir. Los detalles eruditos que caracterizaban su estilo han desaparecido. Sólo hay círculos toscos en metal oxidado (sugiriendo volantes, faros, ruedas) sobre algunos volúmenes esenciales. La imagen es onírica y pregnante: una imagen Herzog, desértica y definitiva. Seis autos de arena, en círculo, sobre una base decagonal también de arena: una condensación surrealista entre el auto soñado y el siempre fugaz castillito. Bajo una luz cenital cálida, en medio de un espacio completamente negro, surgen como una visión. Cinco son grandes y uno, el del centro, es más chico, como un cachorro en el interior de la manada. Están deshaciéndose, en una escena de deterioro que provoca sentimientos encontrados de agresión y ternura: "cenizas de un sueño que fue cremado", como dice una canción. "El 27 de este mes, a las 19, la destruyen bailando", anuncia el autor no sin cierta satisfacción inexplicable.

-¿Quiénes?

-Autarco Arfini, con un grupo de cinco bailarinas.

-¿Los convocaste vos?

-Sí. Yo no quiero más llevarme nada a mi casa de vuelta. Es chatarra cósmica, ya. Entonces no quiero nada. Justamente trabajando esa idea, dije: `Bueno, vamos a romperla con onda'. Hay tres toneladas y media de arena. Hicimos un perímetro que contuviera toda la arena del piso. La mojamos bien y caminamos ocho o diez personas, hasta que se prensó. Una vez que apisonamos, hicimos el molde y el mismo trabajo con el molde, que luego retiramos. Y después trabajamos la caída, el derrumbe del material. Que en algunos casos se produjo solito. En realidad esto de no querer nada tiene cuestiones más interesantes debajo. Después de darle muchas vueltas al enojo, al amor, al odio, a esto, a lo otro, te das cuenta de que estás solo en pelota en medio de la nada. Que no hay nada. Que todo lo construís para poder dar el otro paso, porque si no, no tenés dónde pisar. Entonces construís el pedacito de suelo y pisás. Una chica, la vez pasada, me preguntaba: ¿Por qué autitos? Y yo le dije: mirá, yo era chico, mi papá tenía un auto, y él se sentaba al volante y manejaba. ¿Te parece poco?

"El auto, con todo lo que simboliza: la modernidad, el progreso...El poder. El juguete. ¿Qué juguete más extraordinario que un auto? Tenemos una cultura del automóvil. Sobre todo los hombres, que de chicos juegan con autitos de juguete y de grandes quieren el auto de verdad. Y eso es lo que está en ruinas en este momento...

Sí, está en ruinas la masculinidad, está en ruinas la fortuna, está en ruinas el éxito... porque nunca fueron más que arena.

-Como el castillo de arena con el que juega un niño en la playa.

-Sólo que el niño tiene la ventaja de que se fue y se olvidó. Y el adulto no se puede olvidar. Se queda enojado. O se queda llorando. O se queda reclamando. ¡O construye un castillo que no se caiga! Entonces queda preso del castillo.

-Claro, ¡después lo tiene que cuidar!

-¿Qué es el amor si no es eso? Esa cosa del control... Ya no controlo nada. A mí me da mucha alegría cuando aquello (señala un guardabarros) se cayó y dije: "Queda así". Cada uno tiene una historia. Cada uno se comportó de un modo diferente ante el tiempo.

-¿Esto se va rompiendo?

-No. Si vos le pasás el dedo así, cae. Pero si nadie le pasa el dedo, va a quedar. Ahora, la cantidad de vibraciones de afuera [por el obraje] es impresionante.

-El auto parece un Volkswagen o un Fiat 600...

-No, no, es un modelo americano del '40. Este en particular es una cupé voituré. El modelo anterior al '40 tenía los faroles que no estaban imbricados en el guardabarros. Y el modelo posterior, el del '50, no tenía el guardabarros fuera de la carrocería. Los modelos del '30 remiten más al carromato, al carruaje, que tenía todos los faroles por fuera. En la década del '40 esos faroles salen del aire y entran en la carrocería. Este es un auto del tipo americano: Ford, Chevrolet, Chrysler, Dodge los autos populares de antes de la guerra, anteriores a los modelos de posguerra inspirados en la aeronáutica.

-¿Cuánto estuviste sin exponer?

-Nueve años.

-¿Por qué?

-No sé... me parecía que no tenía sentido que yo produjera. Yo veía que lo que se mostraba a mí no me producía nada de nada. Me parecía que había como una mentira, como un engaño, como un boludeo... pero pasó que no sé cómo fue que se me apoyó esta imagen en la cabeza. El único auto, de alguien que hace mucho lo armó. Y se fue. Y se fue la temporada, se fue el país, todo se fue. No hay nada. Y alguien un día pasa y lo ve. Y a lo mejor ya ni siquiera está pasando por una playa. A lo mejor es un lugar donde antes hubo una playa.

-Son como ruinas de lo que no llegó a existir.

-¿Hay otra cosa?

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Cinco autos grandes y uno más chico en el centro, como si se tratara de un cachorro en el interior de la manada.
Imagen: Alberto Gentilcore
 
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