CULTURA / ESPECTáCULOS › DOS DESPEDIDAS DESDE ROSARIO A LUIS ALBERTO SPINETTA

No lo escuchábamos, lo respirábamos

 Por Esteban Vázquez

Ya llovió; ayer estuvimos sin luz.

Un oyente de El Perseguidor, tocayo mío, me avisa de la muerte del Flaco. Yo estaba en la casa de mi hermano, él cebaba mate.

Para qué uno se pone a escribir estas cosas sino para intentar un diálogo con alguien...? sobre todo ahora que existen estas "redes sociales". Ayer, anoche, miraba las publicaciones de gente que tengo como amiga en Facebook, digo "gente que tengo como amiga" porque naturalmente no todos son amigos. Pero había como un canto unísono, no monocorde, de dolor. Excepto algunos casos aislados, todos hablaban con comentarios breves, oraciones de incredulidad, o párrafos más extensos, sobre la muerte del Flaco.

Desde hace algún tiempo he pensado qué pasaría ante la muerte de determinadas personas, algunas más o menos allegadas a mí, el primero sobre quien tuve ese pensamiento fue mi viejo, el Mono, algunos amigos cercanos dirían: el Mono viejo, porque mi hermano heredó con justicia lo de "Mono". El Mono viejo ya se fue. Hace unos años. Pensaba sobre algunas personas, me preguntaba silenciosamente qué pasaría cuando se fuera tal o cual. Y pasa nomás... Leandro Arteaga me hablaba de Gertrude Stein hace unos días; le conté del embarazo de Marina, y lúcido, me dijo que Stein había dicho que cuando viene alguien nuevo al mundo el mundo no es el mismo, del mismo modo que cuando alguien se va. Yo intuía no la muerte, sino cómo sería el mundo después de la muerte de algunas personas. No lo intuía, más bien me preguntaba cómo mierda sería. Probablemente muchos se pregunten o hagan conjeturas sobre la ausencia de algunos en este mundo.

No tendría más de doce años cuando entré por primera vez a la radio de mi pueblo. Radio Santa Cecilia, la primera radio de mi pueblo; le guardo cariño por eso y porque fue la primera radio donde hice mis primeros pasos. Yo estaba en la discoteca de la radio, bastante nutrida con discos de vinilo, estaban divididos por género musical, y para eso habían encintado los perfiles de los sobres de los discos que daban hacia el lado de afuera, lo que uno llamaría el lomo en un libro, con cintas de distintos colores, un color para el folclore, otro para el tango, otro para el rock, y así... había azules, rojos, amarillos, negros. En la radio estaba Carlos Tellería, un conductor sensible y multifacético que ha dejado, y sigue dejando huellas en mucha gente de la zona. Yo hurgueteaba los discos. Me atraían las tapas. Las fotos de Valeria Lynch, de Alejandro Lerner y un disco donde aparece con un saco blanco horrible, las tapas con culos bronceados que generalmente eran compilados de música de Brasil... pobre Jobim, las caras a veces serias, a veces sonrientes de Julio Sosa, de María Graña, de Pugliese. Algunas tapas cautivantes, las de Pink Floyd, las de los discos de Yes, las de Queen, los cuatro caminando por la senda peatonal de alguna calle de Inglaterra. Recuerdo una tapa de un disco de Raúl Porchetto con una campera de cuero impresionante. Las de Virus... Fito se debe acordar de tantas más. Y de pronto aparece una de un color rosáceo, a veces lila, a veces violeta, Kamikaze. No sé por qué cosa misteriosa siempre que ponía un vinilo en una bandeja, ponía la púa sobre el segundo tema, nunca en el primero, siempre en el segundo surco. Así fue que el primer tema que escuché de Spinetta fue Ella También. Esa mezcla perfecta y hermosísima de piano y guitarra, y la letra: "Ella también se cansó de este sol... viene a mojarse los pies a la luna", increíble. No tardaría en intentar sacar ese tema con la guitarra, ese puntualmente es relativamente fácil. Ahora pienso que mi relación con la guitarra puede contarse a través de los temas de Spinetta que intenté sacar con la guitarra, con mayor o menor éxito, eso no importa. Pero no eran fáciles.

Después vinieron dos grandes cronopios, uno más cronopio que el otro, el Mito Mogni y el Gabi Spallione. Una vez, recuerdo haber entrado a la casa de Mito, yo tenía 13 años, él estaba escuchando un disco con una música inmensa, yo no tenía idea, su casa olía a gatos, a flores y a patchouli, espectacular; me acerca con su mano el sobre del disco que estaba escuchando, era Alma de Diamante, la banda era Spinetta Jade; yo miraba al tipo ese de nariz rara con un sombrero de flores en la cabeza, pensaba que era él, el Mito; "el dulzor del río te curará las heridas de los sitios", si, así como se lee, "el dulzor del río te curará las heridas de los sitios"... ¿Puede no meterse en tus entrañas eso, a esa edad?, ¿Puede no empezar a cambiar tu vida para siempre? Otro disco que Mito me acercó fue El jardín de los presentes, de Invisible, esa cara de la tapa, una cara pintada, una cara con la piel pintada, unos colores viejos; "hoy tu pollera gira el viento... quiero verte bailar..." Increíble.

Después vino El nombre es lo de Menos, un programa de radio que me abrió su corazón, allí estaban Mito, Gabi, Mario Tosco, María Pelliza y una serie de personajes que merodeaban dulcemente. Allí conocí más cosas del flaco, recuerdo que una vez en la FM Láser de Santa Isabel, porque Jorge Rivero nos había echado a la mierda de la Santa Cecilia, Mario Tosco trajo El jardín de los presentes, me terminé de enamorar, Dios de la adolescencia, Las golondrinas de Plaza de Mayo, Que ves el cielo, El anillo del Capitán Beto.

Recuerdo una reunión una tarde en casa de Gabi, yo 14 o 15 años, donde se me ocurre preguntarles a él y a Mito por dónde me convenía empezar para escuchar a Spinetta, y agarraron una hoja en blanco, que conservo, y me escribieron disco por disco, los temas que a ellos más les gustaban. Creo que a Mito le gustaba Artaud, de Pescado Rabioso. Y yo andaba con esa lista sagrada, como una especie de llave a algún sitio maravilloso. Volvía en bicicleta por las calles de tierra del pueblo, de noche, y mientras me sentaba a cenar con mi familia, pensaba en esas armonías.

María Pardo me regaló una vez una revista sobre Spinetta, se debe acordar, me dijo que no se conseguía, yo le creí. Tenía poemas inéditos, recuerdo uno que dice: "Voy a conquistar a las naranjas... para que me sigas... para que me sigas"

Con Sebastián Romero nos escondíamos en la discoteca de LT8, él tenía su teclado allí, y había dando vueltas alguna guitarra, cuando estaba Raúl Rey como director artístico había una guitarra en su oficina, pero después la llevaba yo. Sebastián era tan fanático como yo de Spinetta, y él me pasaba acordes que eran como ventanas al paraíso para mí, revelaciones estelares venidas de algún sitio mágico, el de la música, nada más y nada menos. Yo armaba esos acordes y el placer era indescriptible, mis amigos saben que en un asado, reunión, guitarreada, cuando empezamos a cantar Spinetta no se sabe cuándo terminamos.

Con Sebastián, entusiasmados con la música, una vez preparamos un repertorio muy spinetteano donde matizaban Charly García o Fito Páez, y nos presentamos en un bar muy hippie que había en Sarmiento entre Tucumán y Catamarca, Fidel. Yo tenía 39º de fiebre. Fuimos igual. No recuerdo quién me había prestado una Ovation. A la tarde, ese día, en la prueba de sonido, vi tocar a un pibe que cerraría la noche junto con una cantante, cuando lo escuché y lo vi me alivié por no tener que tocar después de él esa noche. Ahí conocí a Marcelo Stenta. Después de su prueba, se acercó, me preguntó qué íbamos a hacer, le hablé de Spinetta, en ese momento nos sentamos en dos sillas, frente a frente, y estuvimos hora y media tocando y cantando Spinetta, recuerdo que me pasó los acordes de Aguila de Trueno, yo me sentía Gardel.

Es cierto lo que dijo Beatriz Vignoli, a Spinetta no lo escuchábamos, lo respirábamos. Ayer pensé en todos mis amigos, a la mayoría le gusta Spinetta, los pensé llorando solos como yo, quizá todos nos estábamos pensando entre sí. Pensé en Martín, en el Guille Rizzotto, en Marcelo, a quien llamé para avisarle, en Che Ché, en Mito, en Gabi, en Mario, en María, y en muchos más.

Un viento celeste, No te busques ya en el umbral, Dale gracias, Yo quiero ver un tren, Canción para todos los días de la vida, Amenábar, Que ves el cielo, Ana no duerme, Durazno Sangrando, Dios de la Adolescencia, Cantata de Puentes Amarillos, A Starosta, Bajan, Todas las hojas son del viento, Será que la canción llegó hasta el sol, Sexo, La herida de París, Barro tal vez, Almendra, Jilguero, La montaña, Paraíso, Jazmín, La sed verdadera, Cuentas de un collar, Adentro tuyo, No quiere decir, Preso Ventanilla, Diana, Quedándote o yéndote.

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