CULTURA / ESPECTáCULOS › EL CONJURO, OTRA DE TERROR DE JAMES WAN

Promesa de miedo que no se sostiene

 Por Leandro Arteaga

El conjuro: 5 puntos

(The Conjuring. EEUU, 2013)

Dirección: James Wan.

Guión: Chad Hayes, Carey Hayes.

Música: Joseph Bishara.

Fotografía: John R. Leonetti.

Montaje: Kirk M. Morri.

Intérpretes: Patrick Wilson, Vera Farmiga, Lili Taylor, Ron Livingston, Shanley Caswell, Joey King.

Duración: 112 minutos.

Salas: Monumental, Showcase, Sunstar, Village.

Desde la referencia hacia uno de los casos enfrentados por el célebre matrimonio demonólogo Ed y Lorraine Warren, El conjuro ofrece un film de terror que oscila entre el logro de buenos climas (de noche que atrapa el alma) y el desequilibrio ante una fórmula maniquea que la vuelve, finalmente, una película predecible.

Lo predictivo no tiene que ver, precisamente, con el talento clarividente de la señora Lorraine (Vera Farmiga), sino con la decisión de no sostener el ambiente de fantasmas tras las puertas con el que el realizador James Wan (El juego del miedo, La noche del demonio) nos invita a ingresar. Se trata de un caserón en el medio del campo, donde la familia Perron (con la gran Lili Taylor, madre de cinco hijas) decide vivir y, asumida la circunstancia, lidiar con la posesión demoníaca que los desafía.

Allí irán a parar los Warren, con el fin de ayudar y, dada la mala experiencia de un exorcismo anterior, evitarle a Lorraine sustos innecesarios. Es lo que teme Ed (Patrick Wilson), y es el lugar hacia el cual, invariablemente, habrá de conducirles el asunto. Para ello, primero, corroborar toda aparición o momento de susto como para juntar las pruebas necesarias. Acto seguido, la aprobación del Vaticano. Pero, dada la burocracia papal, el permiso no llegará a tiempo y, qué se le va a hacer, a enfrentar otra vez al demonio.

Al llegar acá, el film ya se encuentra partido al medio. Primero, un clima de miedo que recuerda a la notable La noche del demonio (lo mejor de Wan). Segundo, una acumulación de golpes de efecto cada vez más acelerada hasta concluir en un exorcismo que remite, como homenaje pobre, a la gran El exorcista, de Friedkin. Y aún cuando el "chiste" del papeleo vaticano permita alguna mirada perspicaz, lo cierto es que El conjuro asume una iconografía católica que es también discursiva.

Buenos contra malos, Dios contra el Diablo, como una puesta en escena que por momentos parece jugar más con los miedos que estos nombres socialmente significan, pero que luego deviene en escaramuza simplista, con redondo final feliz, con luz y familias unidas. Aún cuando, según tanto sitio de Internet expone, el hecho ocurrido con los Perron no se resolvió y las tribulaciones, maldiciones y demás, los siguieron después.

¿Entonces? Una película a medio camino, por momentos intensa, pero durante muchos otros simplista. Con la promesa de miedo de una muñeca vieja, grandota, que parece guardar algo raro detrás de los ojos fijos. Ese "algo" que estuvo mejor plasmado en La noche del demonio, de la que el propio director ha filmado ya una segunda parte.

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