CULTURA / ESPECTACULOS › HOMO SAPIENS REEDITO NO JUEGUES CON GITANAS, DE RAFAEL IELPI

Relatos de una seducción infinita

La prosa de No juegues con gitanas fue creada para ser leída en voz alta como un encantamiento. Sus cautivantes ritmos iban llevando al oyente, a esa "otra parte" que es la terra incógnita del realismo fantástico. El ibro había sido publicado por primera vez en 1991.

 Por Beatriz Vignoli

La editorial rosarina Homo Sapiens acaba de reeditar No juegues con gitanas, el libro de cuentos de Rafael Ielpi que fuera publicado en 1991 por la Editorial Krass Artes Plásticas. La nueva edición suma otro título a la colección Ciudad y Orilla que dirige Marcelo Scalona, quien lo presentó el martes pasado. Los quince relatos recopilados fueron escritos en 1989 para el programa radial "La vida está en otra parte", el programa que conducía Ielpi por LT8 con Reynaldo Sietecase.

"En la rima y el ritmo hay un poder mágico", escribía el novelista checo Milan Kundera en su libro cuyo título dio nombre al programa. De esto sabe Ielpi, autor de los textos de la crónica cantada La Forestal (estrenada en 1984, con música de Jorge Cánepa y José Luis Bollea) y de El vicio absoluto, libro de poesía de magnífica musicalidad que la Editorial Biblioteca Vigil publicó en 1966 y reeditó en 1968; su tercera edición salió el año pasado por Borsellino Impresos. También escribió, en poesía, Para bailar esta ranchera, El vals de Hermelinda, Viajeros y desterrados y Día de visitas.

Ielpi trabaja sus versos y su prosa al calor de la música, a juzgar por sus referencias explícitas al tango y al jazz (en un poema menciona a Django Reinhardt). Así, nada podía ser más natural que leerse entre tema y tema en la radio. La prosa de No juegues con gitanas fue creada para ser leída en voz alta como un encantamiento. Sus cautivantes ritmos iban llevando al oyente, de la mano de su narrador protagonista siempre forastero y siempre un poco temerario, a esa "otra parte" que es la terra incógnita del realismo fantástico.

Tal vez porque son cuentos de antes de ir a dormir y soñar para grandes, se reitera en algunos de ellos la conquista erótica de una mujer misteriosa: conquista fracasada o lograda por el narrador (que empieza, de joven, siendo seducido por ellas, las gitanas) o donde triunfa otro hombre (mayor, admirado: un sucedáneo onírico paternal). A lo largo del libro, la serie de seductores envejece y va ganando experiencia pero perdiendo, proporcionalmente, facilidad de éxito. Las noches prohibidas eran el tema en la investigación histórica local Prostitución y Rufianismo (primera edición en 1974), que Ielpi escribió en coautoría con Héctor Nicolás Zinni y que continuó en los cuatro tomos de El imperio de Pichincha, publicados por Homo Sapiens.

En sus cuentos, forma y contenido despliegan una ironía teatral. El narrador en primera persona dentro de la ficción personifica al aventurero incauto que se deja capturar gozosamente en las redes de una magia profana. Tal antihéroe se desvía en un recodo del camino y se mete en clubes nocturnos, en bares decadentes, con rubias teñidas pero no por eso menos fatales, llevado por la pampa o los arrabales en versiones ferroviarias o motorizadas del carromato gitano o del de los cómicos de la legua, hechizado por fantasmas en plena madrugada, o evocando la música o el cine en cualquier espacio no familiar y marginal, donde ya no se sabe qué es mito o fantasía y qué sigue siendo realismo.

También se parecen a lo que ha logrado Woody Allen en películas como Medianoche en París o Sueños de un seductor. Estos cuentos son más sutiles que esas películas, porque no hay aquí un "truco": no se puede situar en ninguno de los relatos una bisagra precisa entre los dos universos, y se da más bien un continuo, un deslizamiento, como en el realismo fantástico de Julio Cortázar en "Axolotl" o "Continuidad de los parques". Esta progresión se sigue también a lo largo del libro: si los dos primeros cuentos (el del título y "Bailando en la oscuridad") transcurren en una reconocible Rosario con personajes típicos, ya a partir del tercero se agotan los simples márgenes urbanos y se mezcla un muerto famoso (Agustín Magaldi) con los vivos.

Pero cabe advertir que para disfrutarlo a pleno se requiere de un lector (antes, oyente) avisado, es decir: alguien que sea capaz de captar los guiños y alusiones a ídolos de la música o de la literatura populares (personajes tanto ficcionales como históricos) que los cuentos desgranan a modo de adivinanza, mediante legibles contraseñas.

La cronista respira: existe Wikipedia para confirmar que el Franþois del quinto cuento se apellida Truffaut y sí, fue él quien dirigió (hacia 1980, la Internet cinéfila de quien esto escribe se llamaba "madre") la película Disparen sobre el pianista, donde tocaba Charles Aznavour. Y por suerte hoy basta poner el buscador "Teddy Wilson" para dar con grabaciones de ese otro gran pianista que no hay que morir sin volver a escuchar, riesgo que correrían sus lectores de no ser porque Ielpi lo contrata en una troupe noctámbula de ficción.

La siguiente es fácil. Un viejo de "ojos de fauno" dibuja con carbonilla en la playa, con "una especie de rabioso empeño solitario". Hay algo de toro en su aspecto y actitud. Su nombre de pila es Pablo.

Y luego siguen los homenajes. Sin soplar y sin copiar: A los filmes Amarcord, de Federico Fellini y Cinema Paradiso, de Giusseppe Tornatore; a Charles Bukowski (en sus autoficciones, Henry Chinaski); al dúo cómico británico Laurel & Hardy, más conocidos como El Gordo y el Flaco. Un clásico de la comedia al que también rindió tributo (en su inolvidable novela Triste, solitario y final) Osvaldo Soriano, con quien Ielpi redobla la apuesta y vuelve a compartir homenajeado en ese formidable ejercicio de estilo que es "Con ansias constantes": Una fan fiction de alta calidad literaria donde el detective de ficción Philip Marlowe se cruza con el cantor de tangos Carlos Gardel en un antro poblado por los personajes de Raúl González Tuñón que cantó el Tata Cedrón.

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Escritor y periodista, Rafael Ielpi es una figura insoslayable de la cultura de Rosario.
Imagen: Alberto Gentilcore
 
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