CULTURA / ESPECTáCULOS › QUERIDO AMIGO, LA NOVELA EPISTOLAR DE GORODISCHER

"Yo escribo por puro gusto"

Angélica Gorodischer habla en esta nota de su última novela,
que mediante cartas transporta a lejanos parajes orientales,
la suavidad de la seda, la dureza del sexo y la oscuridad.

 Por Fernanda González Cortiñas

Nunca alejados del todo del oficio, hace un par de años Jaime Rodrigué y Gloria López Llobet decidieron retomar el trajín diario comenzando a publicar autores argentinos a través de su sello español, Edhasa. Entre los primeros originales que leyeron los antiguos dueños de la Editorial Sudamericana, estaba Querido amigo, una novela de Angélica Gorodischer.

"Apenas la leí, decidí que había que publicarla --cuenta López Llobet--. El problema era encontrar a Angélica. Y no íbamos a publicar a un autor que ni siquiera podíamos encontrar". Y es que "La Gorodischer", como se la conoce en Rosario --ciudad que la adoptó hace tiempo, apenas un poco antes de que ella hiciera lo propio con el apellido Sujer, "El Goro", como le dice ella cariñosamente a su marido-- estaba en Tolouse.

"Entre más viajo, más descubro que Rosario es la ciudad más bella del mundo", exagera la escritora. "El Goro me llamó y me dijo que había un señor con acento extranjero que me quería publicar no sé qué cosa. Claro, después me enteré que el agente de Edhasa era yugoeslavo, y que lo que querían publicar era Querido amigo".

Todos estos antecedentes no hacen sino acentuar la impronta exotista que efectivamente impera en las páginas de la última novela de Angélica, que se presentará oficialmente el próximo domingo 3 de septiembre, en el marco de la Feria del Libro de Rosario.

A través de una prosa tupida, plena de imágenes, con metáforas floridas y opulentas descripciones que se demoran en los detalles más nimios, la autora de Kalpa imperial y Tumba de jaguares incursiona en el género epistolar y profundiza un sesgo erótico, un tema antes insinuado pero nunca tan ubicuo como aquí.

"Creo que este viraje, si se puede llamar así, tiene que ver con mi personalidad, que es muy cambiante --apunta la extrovertida pelirroja, mientras revolea las manos por el aire--. Si fuera por mí, cambiaría los muebles de lugar todos los días. Por supuesto que no me da el cuero, pero bueno. En general cada libro mío es bien distinto del anterior. No podría escribir siempre lo mismo".

Así, en Querido amigo, todo gira en torno al metamórfico personaje de Albert--George Ruthelmayer.

Ruthelmayer es un agregado de la Corona Británica que una tórrida tarde de enero de 1802 llega a su nuevo destino, Birnassam, una ciudad de la imaginaria Abdas. Aturdido por la primera impresión, el diplomático decide recuperar el sosiego escribiéndole a un viejo amigo que ha quedado en la isla, acerca de algunas de las inquietantes cosas que suceden en ese apartado rincón del mundo (ver recuadro).

"Me gusta mucho el tema --dice Angélica--, y quería evitar la berretada, los nombres vulgares. Y tampoco quería caer en el lenguaje "científico". De modo que tenía que ser un hombre muy discreto --por eso busqué a este inglés, que además es diplomático--, que supiera hacer metáforas muy cultas, no rebuscadas, que pudiera ser muy descriptivo sobre todo, de la belleza".

En este sentido, Birnassam es una ciudad distinta. "No es una ciudad hecha de material como las que conoce el personaje principal o las nuestras --explica la escritora--. Esta es una ciudad diferente, una ciudad etérea, una ciudad que se mueve constantemente porque está expuesta a los vientos del desierto".

Mezcla de Las mil y una noches y el Kamasutra, en Querido amigo se reúne parte de la parafernalia fantástica de la primera con algunas de las voluptuosas formas aliteradas que impregnan la segunda. Lejanos parajes orientales, aromas a mirra, sabores que empalagan, la suavidad de la seda, la dureza del sexo, la oscuridad. Y la luz.

"La cuestión de la luz está muy presente en el libro --explica Gorodischer--. Esta elección tiene como dos motivos. El primero está vinculada con una cuestión recurrente en mí, que me viene de la infancia y es que yo siempre le he tenido miedo a la oscuridad. Aún hoy. Creo que si tuviera que dormir sola, lo haría con la luz prendida. La otra es que si bien yo nací entre libros, mi primer libro importante fue Cuentos de Calleja. Uno de los cuentos de ese libro contaba la historia de un pueblo que no necesitaba luz artificial, ni faroles, ni velas, ni nada. Y era porque tenían una princesa tan bella que cuando por las noches se asomaba a su balcón, todo el pueblo se iluminaba".

Al crear Birnassam, una ciudad con calles y paredes de seda, un lugar donde los extranjeros deben invitarse a las casas de los lugareños, una dimensión en donde la obtención de placer está directamente relacionada con proporcionarlo, Gorodischer debió crear toda una cultura, con sus comidas, sus costumbre y, por supuesto, con su idioma.

"El abdassí es una lengua suave y salvaje. Yo tenía que parodiar un idioma y no tenía idea de cómo hacerlo. Se me ocurrió apenas, que tenía que ser una lengua muy femenina, abierta, blanda, plena de aes, con muy pocas oes y úes".

Rammas, faemas, jhundas, asadias. Mientras se recorren las páginas de esta suerte de diario íntimo, de cuaderno de viajes erógeno, el lector se siente tentado en más de una oportunidad a correr al final del libro en busca de algún glosario. No lo hay. Apenas un suscinto índice que separa las cartas de Ruthelmayer escritas cuando es Albert--Georg, el diplomático, de Albgeor, el consejero del shramalimm de Abdas.

"La verdad es que yo no pienso en el lector. Escribo por escribir, por puro gusto. No escribo para nadie en especial. Por ahí habrá gente que le gustan mis libros y habrá gente a la que le parecerán bodrios espantosos. Mala suerte".

Reacia a las definiciones, a las respuestas convenientes y, con ello, a los pronósticos, Angélica adelanta lo mínimo sobre su próximo trabajo. "Mi intención ahora es escribir un novelón de esos que tienen de todo, pasiones inconfesables y terribles venganzas".

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Gorodischer: "En general cada libro mío es bien distinto del anterior. No podría escribir lo mismo". "Entre más viajo, más descubro que Rosario es la ciudad más bella del mundo", dice la escritora.
Imagen: Alberto Gentilcore
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