CULTURA / ESPECTáCULOS

Vuelven las hermanas Caramuso, por la carne, la sangre y el apellido

Un grupo de jóvenes actrices, con la dirección de Claudia
Piccinini; retoman Cena para cinco. La obra de Laura Bruzzo
estrenada en 1999 que echa una mirada cruda sobra la familia.

 Por Julio Cejas

En 1999 el grupo teatral El Eslabón Perdido estrenaba la obra de Laura Bruzzo Cena para cinco, con dirección de Cristina Carroza que también interpretaba uno de los personajes en aquella versión que se repuso al año siguiente en el Ciclo Familias transgénicas que organizaba La Morada.

En este Ciclo, una serie de jóvenes dramaturgos locales trabajaron a partir de las nuevas relaciones generadas en los últimos años en una institución que ha mutado hasta perder la esencia de sus rasgos originales.

A nivel nacional, el teatro de los `90 parece posicionar en el centro de la escena la mirada de las nuevas generaciones con respecto a lo que queda de aquellas familias tradicionales y que también fueron el reservorio de gran parte de la historia de la dramaturgia argentina. El año pasado las jóvenes actrices Gina Chesta, Julia Fiasco, Nerina González, Marina Lorenzo y Melina Playa, retoman la posta y vuelven con otra versión de Cena para cinco, ahora con la dirección de Claudia Piccinini.

Manteniendo los climas de la puesta anterior donde se privilegiaba desde la banda de sonido y la ambientación lumínica, una evidente complicidad con los géneros del suspenso y el terror que el cine ha cultivado, la remake gana en las posibilidades de establecer una estructura dramática más potente. Es evidente un trabajo de relectura y superación de algunas situaciones que quedaban aisladas en medio de un dispositivo lúdico que impactaba pero que no superaba ciertos guiños interesantes a nivel de la imagen.

La historia de las hermanas Caramuso puede verse ahora desde distintas ópticas que no descartan paralelismos con ciertas familias televisivas como "los Adams", pero no descartan una mirada sombría con respecto a la familia argentina durante la época de la dictadura militar.

La obra comienza con un interrogatorio, de esta manera la familia se presenta al público. Lucrecia, la hermana mayor, es interrogada por una voz en off que le pide datos acerca de su identidad y sus orígenes. Nos enteramos de esa manera, que Lucrecia tuvo que hacerse cargo de sus hermanas menores, ante la desaparición de los padres que mueren durante el viaje de su segunda luna de miel.

Julia, Ernestina y Elizabeth viven bajo la severa vigilancia de esta hermana mayor que se adjudica roles de madre y padre, una nueva familia se reconstruye sobre las ruinas de la anterior. Las cuatro hermanas viven en una casa sombría, un mundo clausurado al exterior, en ese sitio no ingresa la luz del día, un espacio que nos recuerda en parte a La Casa de Bernarda Alba de Lorca, esa otra casa de mujeres solas regenteada por una madre tiránica.

Hay otro mundo detrás de esas paredes pero es distinto, a pesar de lo que reflexiona una de las esperpénticas hermanas: "Las personas distintas a nosotras suelen parecerse mucho". Julia habla con la heladera que es la única que la escucha, frente a ella ejecuta tímidos pasos de baile, sueña con ser bailarina clásica pero sabe que "el País de la danza debe quedar tan lejos". Las demás juegan con muñecas que hablan, una casa de muñecas que juegan a ser mujeres, una casa de espaldas a la vida exterior.

El ritual de la preparación de la cena pareciera transcurrir en la cocina de un monasterio de clausura, gemidos, rechinar de cuchillas y una disparatada ofrenda a la Virgen, "por la carne, la sangre y el apellido".

Pero la llegada de una quinta hermana, Helena, pondrá en jaque la maquinaria montada por Lucrecia, hay otro relato, otra construcción de la familia a partir de lo que cuenta esta hermana exiliada.

"Había una vez una familia feliz...", comienza Helena, prologando lo que será el desencadenante de un verdadero aquelarre que hará crujir los cimientos de la historia. Atrás, muy atrás desfilarán las escenas de cadáveres acuchillados, de trozos de carne humana guardada en bolsas de residuos y depositados en la heladera: esa otra ofrenda que la familia necesita para perpetuarse.

Un espectáculo que puede resignificarse en estos tiempos donde las noticias policiales desbordan de crímenes pasionales y donde los asesinatos de los hijos y el de los padres parecieran ser la forma más patética de acabar con la insoportable levedad familiar. Por eso y por otras razones que incluyen una mirada a futuro del destino de esa otra familia no siempre luminosa que es la sociedad argentina, esta nueva versión de Cena para cinco se inscribe dentro de una inteligente mirada que no descarta el entretenimiento.

El humor negro es uno de los recursos elegidos para dar cuenta de la construcción de estos personajes que mucho le deben al expresionismo tanto en el maquillaje como en el vestuario. En este sentido cada una de las actrices ha trabajado la máscara que mejor se asocia al rol que debe desempeñar en una escena que exige un despliegue físico y gestual que es por otra parte garante del ritmo propuesto por la dirección.

Parejas y potentes actuaciones del elenco femenino que coordina Claudia Piccinini, un grupo de nuevas actrices que se perfilan con condiciones para abordar trabajos de exigencia y compromiso.

La obra, que puede verse todos los domingos a las 20 en el Cultural de Abajo (Entre Ríos y San Lorenzo), cuenta con diseño de luces a cargo de David Anica y Lucas Suar y la asistencia de dirección de Romina Bozzini.

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El elenco que integran Gina Chesta, Julia Fiasco, Nerina González, Marina Lorenzo y Melina Playa. Hermanas que viven bajo la severa vigilancia de la mayor que se adjudica roles de madre y padre.
 
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