CARTELERA

La vecina

 Por Sonia Catela

Él sale a las 7, vuelve con el paquete de medialunas abierto, masticando una (hasta puedo olerlas a través de la ranura de mi puerta), deja colar el estrépito de un desayuno voraz, y luego, dos variantes: o respeta el horario, o, si se echa a revolcarse con su manceba, no sale antes de las ocho con lo que incurre en una impuntualidad laboral imperdonable. Habitualmente telefoneo al Instituto, -"una ciudadana preocupada, habla"-, eso, y les aviso que Raimundi recién acaba decidirse a trasponer el umbral y que tendrán (tendremos) que aguantarle la irresponsabilidad; conducta que le ha cosechado un llamado de atención, varias amonestaciones y la notificación de que será suspendido con descuento de haberes si reincide en las tardanzas. Se hará justicia. El sábado, pasada la medianoche Raimundi entró con un maletín sospechoso. Necesitaba las dos manos para manipularlo. Toda la actitud de Raimundi es equívoca: se mueve desnudo en su departamento, justo al lado del mío, se asoma a recoger el diario envuelta su pelvis en una toalla, ha tapizado las paredes con afiches de grupos de rock heavy y apologizadores de la droga, copula hasta en jueves santo y escucha discursos políticos que desgraba con parsimonia. ¿Escuchar esos discursos es o no hacer política? Como si Raimundi no lo supiera. El maletín sospechoso puede contener material robado en el establecimiento donde trabaja. Archivos confidenciales. Sustancias peligrosas. Quién sabe qué.

Por una bienaventurada razón (logré determinarla indirectamente de boca de la mujer del portero), los propietarios anteriores de estos departamentos poseían ambas unidades edilicias, la de Raimundi y la mía, y de ese condominio quedó un tubito que une la medianera por el que pasaban cables comunes; he retirado el cablerío y obtenido un puesto de control de este hombre y sus aberraciones. Me mantengo alerta dado lo delicado de la situación. Veo. Raimundi come. Raimundi se aparea. Raimundi juega. Raimundi representa un peligro social. Todavía no abre el maletín; debe formar parte de un plan. Una vez fingen él y su manceba armar bombas molotov con globitos a las que les colocan mostaza, se las estrellan apuntando a los genitales y luego bestialmente se arrojan uno encima de otro. ¿Dónde obtuvo Raimundi semejante puntería? Se calzan unos pasamontañas negros, cubanos, y se atacan en tomas de karate de guerrilleros, al aire libre el resto del cuerpo. Francamente, este hombre cultiva costumbres bárbaras. Pero el maletín firme en su lugar, contra el zócalo, ya lunes. En algún momento lo va a abrir. Y me encontrará preparada. Esos vecinos míos dan clases, así sea en una escuela estatal de zona sur ¿No saben a qué se exponen? ¿No leen los diarios? Mínimo la cesantía. He recopilado fotos como prueba. Uso el zoom a través del tubito. Martes: Raimundi abre el portafolios. Extrae folletos de todo tipo. Los enfoco con mi prismático de una sola lente. Volantes atentarios contra la moral y la ley. Panfletos de actividades ilícitas e instigadoras al desorden público. Hasta aquí llegué. Llamo al comando. Aviso de lo que sucede detrás de mi pared. Me asomo a la puerta del departamento para presenciar el allanamiento. Pero me repliega el miedo. Sigo, fragmentariamente, a través del periscopio el entrar de los uniformados al ambiente vecino, a arma levantada. Raimundi se desconcierta, pero enseguida se ríe; dice algo que no percibo en su totalidad. Muestra papeles. El que encabeza el grupo asiente, saca un teléfono, hace un llamado. Raimundi va dictándole datos que el otro pasa por el aparato. El jefe cuelga. Una venia. Se dan la mano. Gestos de disculpa de los allanadores. Oigo un "teniente" que se le dirige a Raimundi. ¿Es Raimundi uno de ellos? Es uno de ellos. Es el que se halla del lado apropiado. Ahora el jefe del comando señala el tubito que es mi observatorio. El grupo gira. Todos miran hacia acá. Y señalan. Me señalan.

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