CARTELERA

La isla

 Por Beatriz G. Suárez

La isla emerge de la nada y tiene raíz en otra nada un poco más grande; en un suelo de arena seco tejido al fondo del río quizás por alguien que de tanto aburrirse quiso fundar el agua. Espinillos y sauces sumergidos permiten un ahogo de lanchas y motores, abundancia de vacas e hidrógeno oprimido en la fórmula que inventó un químico antojado. La isla, sus troncos, su espesura aliviante ante tantos enigmas de hormigón armado. Enfrente está el comercio en su tangente única. La isla, hace empezar de nuevo a cada raza, el pastizal marea como un vino alocado que Dios hubiera puesto al servicio del olvido. Algunos mediodías parece que fuera a decir algo, que fuera a discutir su circunstancia, que se quejara del sol, de la inclemencia, del viento, la arena silvestre y demás problemáticas. En esos mediodías en que habla, las palabras hacen sombra, una remite a otra intentado lo indefinibe, establecer un puente entre la realidad y sus definiciones. Vulnero el diccionario mientras el yuyo crece y hay algo magnífico que, sin embargo, pone triste. Pasa un enorme barco, la costa se humecta, una ola enciende fuego, barre con las mentiras del borde de Rosario. A lo lejos pasa un canoero esperanzado, feliz por un dorado mas entre sus redes. Tira una línea hacia mí que permanezco entre miradas, y el obsecuente Paraná es hogar de ambos. Las islas adormecidas por el trabajo de los años, tristes al no poder cruzar hasta mi lado, por no venir a andar de peatonal a plaza, a Shopping, a avenida. Permanecen estáticas, con el reflejo que proporcionan las tormentas cuando las plantas bailan, iluminadas por los rayos, luces intermitentes de una fiesta muy verde. Todo se enfila en la quietud andante de la parte contraria de Rosario; novedades a vela, quintales de semillas que no hacen mal a nadie y una desazón ciega, perpetua, perenne, hasta nunca, etc. La isla está en la playa de una emoción estricta. Promueve sosiego intacto y el navegar del pensamiento. La isla es mía, la compré en un arrebato de alguien que vendió todo lo bonito del mundo. Para embarcarme ahora sí hasta no se donde. Tal vez incluso hasta no se cuando.

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