CONTRATAPA

Memorias de Anselmo Vera

 Por Jorge Isaías

Del recuerdo tomo esa leve pelusita que me trae de la mano el mismísimo Anselmo Vera, con su jopo alto y estatura pequeña, su caminar rápido.

O viene con la memoria del énfasis que ponía todo nervio en los partidos de fútbol del domingo, meta furor defendiendo la roja casaca del Huracán Fútbol Club, en mi pueblo.

Anselmo Vera, o simplemente "Verita", como lo conocimos todos.

Repartidor de mercaderías de "ramos generales" de don Bernardino Giglio.

"Verita" hacía volar la bicicleta por las calles anchurosas de puro polvo y atardeceres, esas calles donde la niñez transitaba a puro cielo abierto y a ruido de trilladoras atravesando el pueblo.

"Verita" la hacía volar con los paquetes de yerba o de harina, las damajuanas de vino y sus envoltorios blancos donde el azúcar --que se vendía suelto-﷓ tenía todavía ese dulce terrón que robábamos al descuido de la madre hacendosa.

"Verita". Hoy lo cruzo por las calles locas y ruidosas de esta ciudad que ambos elegimos para vivir, hace años. Tiene el mismo andar, y ha trocado la bicicleta de reparto por un voluminoso portafolios donde tramitará no sé si sueños o vastos recuerdos del pueblo. Tiene el mismo pelo hacia arriba, nada más que todo nevado por la impiedad de los años.

Y cuando tomamos un café presuroso saltan como esquirlas las cosas de aquel tiempo. Y es casi memorioso como Roberto Escudero, de meticuloso recuerdo, un cronista oral al que debo también un homenaje.

"Verita" está idéntico, aunque la inclemencia del tiempo le haya arrimado 20 kilos a su agilidad de aquel pasado remoto.

También puedo ﷓porqué no﷓ adelantar hacia mí el edificio ruinoso del viejo Sindicato de Obreros Rurales y charlar con don Hilario Villarreal y cuánto me importa que él, como la totalidad de sus veinte hermanos estén muertos.

Charlamos de fútbol mientras don Hilario me iría cortando el pelo hasta dejármelo "bocha". Sea porque nuestros padres daban esa orden que nos quería ver a todos limpitos, sin piojos, o porque a él se le antojara o no supiera cortar de otra forma, lo cierto es que dejaba el raso nuestras infantiles cabezas con orejas de sabañones. Esas cabecitas magulladas y con cicatrices de travesuras.

Quedábamos todos hermanados por las oprobiosas peladas que nos infligía don Hilario; obrero, socialista y peluquero. El "compañero" Hilario, como lo llamaba mi viejo, como a todos los demás obreros afiliados al Sindicato.

Y en ese Sindicato, de piezas grandes y desoladas, donde resaltaban los inmensos retratos de Sacco y de Vanzetti, con su mínima biblioteca "Emilio Zola", aprendí a leer mis primeras novelas. Me las iba entregando la mano grande de don Ramón Fernández, oriental y anarquista. Don Ramón, con sus perros, su caballo viejo y su carro y sus trampas nutrieras. Con su vozarrón que tronaba en las asambleas obreras. Dicen que cuando murió lo enterraron junto al río, como había pedido muchas veces.

Había otro nutriero en el pueblo. Se llamaba Faustino Leguizamón y era de cara larga, macilenta, un bigote le llovía por esa cara sin expresión. Tenía una voz de bajo que sólo usaba para saludar, tan silencioso era. Y poseía también sus perros y su carro y sus trampas.

Colijo que alguna vez se habrán encontrado en la orilla de un río y habrán mateado en silencio los dos, sosteniendo en sus cuerpos sin un poco de amor todo el peso desierto del crepúsculo tan triste que tiene la pampa.

En los escasos tiempos en que moraban en el pueblo se hospedaban separados. Don Ramón utilizaba una de las últimas habitaciones del Sindicato y el santiagueño Leguizamón alquilaba un cuartucho a don Manolo González, un viajecito anarquista y español que puteaba todo el día y constantemente decía "¡sangre de Dios!".

Don Ramón era grueso, alto, robusto, calvo y estentóreo todo él. Era como un gran gallo de pelea. Un orador temible, amigo sólo de los perros y de los niños. Creía firmemente que los vientos de la historia aventarían todos los gobiernos y por fin la justicia y la paz sin intermediarios ni humanos ni divinos reinarían en todo el planeta.

Murió en esa convicción.

Si sigo golpeando el trapo viejo del recuerdo caen otras hilachas y otros nombres y figuras y anécdotas que se irán filtrando en el tapiz que sin descanso bordo, armo, escribo, dejo como a orear para que el sol débil de junio lo seque.

¿Y qué me importa si me piden que me aleje para siempre de mi pueblo?

No hay nadie que me saque de él.

Aunque vengan todos los vientos posmodernos de la tierra a intentarlo.

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