CONTRATAPA

MUJER RIMANDO EN LAS MAROMAS

 Por Miriam Cairo

"La loca del pueblo incuba bufones para la corte real". Los lazos que se desanudan ni por descuido se vuelven a atar. Uhuú, halalá. Esta es la canción de una ventana rosarina que se abrió en coruscante revolotear de élitros.

Cuando la vecina del 8º A decía buen día, buenas tardes, buenas, su vibración se estampaba contra los triglicéridos alborotados de aquel vecino refulgente que por fin la invitó a almorzar. La fuente de luz es el temblor que eriza los ascensores, marcando en el envión de las subidas, el desgarrar lúbrico de las mucosas. "El ascensor llevaba un rey/ pesado frágil autónomo/ coman chocolate/ laven su cerebro/ dadá/ dadá". Obviamente, los lectores no crearon el mundo, pero en él deben vivir.

En el almuerzo no hubo un solo bocado de bilis, ni una hebra de hiel. No hizo falta una sobredosis de buscapina, ni una macedonia de alplax. El almuerzo fue un encuentro de inocencia desnuda. Más aún: un acto natural. En un instante la mujer resignada se convirtió en mujer amada. Ella, que también leía, supo que su historia no rimaba con sílfides flotantes y maroma astral, por eso se dejó besar en la primera cita y porque estaba en la cruzada de sus años confundidos.

Cuando el lector de sí mismo abrió la ventana rosarina se apartó del atadero de tabúes y al unísono la vecina del 8º A dejó de llorar sobre la almohada rellena de supersticiones. Ambos estaban tan hambrientos que decidieron engullirse aunque ello los privase del reposo de las siestas.

"Érase un animal sangrante y dulce/ de rostros numerosos/ de cuyas heridas manaba la música y/ el sudor sangraba en sus deslices." La lectora del 8º A miró la hora y supo que era posible abrir las puertas de su casa al besador que rimaba con sábanas tormentosas. "Oh instrumentos de viento donde se agitan los pezones/ aullados, ululados a la luz de la música china" .

Boca contra boca, pezón contra pezón, el inmanente aullido "jaspeaba en un régimen de pajas / cubistas", fundadoras, necesarias para el moroso corrimiento por los cachetes crudos, dilatados como un amanecer. En algún libro leído, mientras tanto, un frenesí se apoderaba de palmípedos plumajes. Sobre el cubrecamas anaranjado nacían rimas de una esbeltez endurecida. La sonoridad y la mojadura de esos cantos carnales, agitaban a la lectora de libros que ya nadie lee, en una moviola de empujones y caricias. La sonda de topacio ardía en refucilos. Acuclillada como una media luna sobre el río, ofreció la plenitud del gladiolo. Buscó con las pupilas curiosas los vellos raspados en la furia, y jugó con los dedos en los lúbricos glúteos ebenáceos. Uhuú, halalá.

Era evidente que la mano de un dios se extendía sobre el edificio en los momentos maduros en que estaban verdaderamente abotonados. Con la catedral sumergida entre las murrias, entre los cachetes, entre los humores, la lectora del 8º A abolió definitivamente el noble diagnóstico de frigidez "hasta que el gallo cante/ y la ciudad se escandalice".

Qué decir con la cabeza inflamada de alegría, con el corazón piloteando a través de la ceguera. Qué decir cuando se empieza a echar polvo luminoso sobre el territorio apagado de los años confundidos.

La lectora amada tendió un hilo desde el pubis hasta el corazón. Desde su domicilio hasta la luna. Desde el músculo hasta el messenger. Desde el almidón a las volutas: "coman chocolate/ laven su cerebro/ dadá/ dadá".

La lectora de libros que ya nadie lee, abrió primero la cabeza y la llenó de semillas y rubíes. Luego abrió la puerta hacia la ascendiente montadura. Abrió la boca llena de palabras que acollaran. Abrió el corazón orlado con puntadas brillantes y con delicados movimientos comenzó a verter los días en las damajuanas de la noche. "Sólo los muertos pueden vivir/ con su sexo espeso, achicharrado, como caparazones/ en desuso. A e u o yuyuyu i e u o/ yuyuyuyu/drrrrdrrrrgrrrrgrrrr".

Los días acariciaban a dios luminosamente, dadá bailaba, el besador agonizaba en solemne inclinación sobre sus propios restos, la lectora se instalaba en una memoria de tulipanes. Durante la cena, con el querido en la mente y el esposo en la casa, ella aplastaba debajo de la mesa la cabeza doliente de los años confundidos. No había leído nada igual en los libros pero sí en sus libros. Uhuú, halalá. "Nadie será obligado a rendir cuenta del prolongamiento de sus tactos."

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