CONTRATAPA

Si de épocas hablamos

 Por Beatriz Maino

"Nos gustaría ser buenos y no tan groseros, si tan sólo las circunstancias fueran diferentes". La ópera de los tres centavos, Berthold Brecht

Año 1977, o 78, plena dictadura: Una mujer escucha, azorada, a dos hombres que conversan, lúbricos. Uno le cuenta al otro que en los juicios orales de Santa Fe capital, un juez había demostrado en un caso de violación que la acusación era falsa, siguiendo un ejemplo tomado de la vida diaria. Parece que, con los materiales del caso, logró hacerle reconocer a la supuesta falsa víctima que una aguja no puede ser enhebrada si se mueve, tomando esto como prueba de su fallo.

No hay chequeo de la información, porque esta página se escribe como un intento de iluminar aquello que también, aunque parezca insignificante en contraste con su contexto, constituyó parte de la trama de nuestra existencia como sociedad. Y en este caso, lo relevante de eso que se cuenta es que tal argumento -y procedimiento- haya podido ser referido como proveniente de un juez, con una sonrisa caliente. Me dirán: era la época... Dicen que éstas se conocen por los relatos que circulan en ellas, y aquella se caracterizaba por sus múltiples violaciones. Pero si de épocas hablamos...

Principios de 2005.

Se desarrolla una conversación en una parrilla al aire libre, en ocasión de una despedida a un compañero que se va a otro empleo, entre algunos miembros de una empresa.

Q., al que le faltan dos años para jubilarse, no reconoce la palabra proletario, palabra que resulta casi un anacronismo, pero el hombre tiene 45 años de aportes jubilatorios, y en un tiempo fue delegado gremial. Cuando se le explica, contesta, convencido: "Eso pasaba en Rusia" -cree que la URSS era el lugar ominoso donde todo podía suceder, especialmente el objeto de su ignorancia, y que los militares argentinos mataron y desaparecieron a los que eran zurdos o le pegaban en el palo, aprobándolo-. Su tiempo libre lo utiliza siguiendo a boquita -a pesar de ser rosarino- y viendo todos los partidos que se proyectan por cable, y lúgubres noticieros que transmiten a toda hora delitos multiplicados en rojo. Discute con E., de 32 años, a punto de recibirse de ingeniero. Lo hace sin conocer las razones, pero Michel Foucault dixit, en algún lugar de "Microfísica del poder", que el departamento técnico de una fábrica expropia el saber obrero. Es posible que oscuramente entienda que de alguna manera lo está cagando. Sin embargo, el motivo manifiesto de su enojo es que los ingenieros no se ensucian nunca. Q. termina la conversación preguntándole a un E. desorientado, como tantos universitarios de estos años: ¿Vos sos judío?

Noviembre de 2005

Vive en Villa Gobernador Gálvez, en un barrio pobre, en el cual habitan muchos expulsados que sobreviven de la manera que pueden. Hace una semana ingresó en una fábrica. Como todavía no le han dado el alta porque está haciéndose los estudios para la ART, un compañero le regala una camisa con el logo de la empresa, que, dicho sea de paso, no es más que una PYME que no para de crecer al calor de precio internacional de la soja y del empobrecimiento de todos los argentinos, cuya moneda vale ahora tan poco, aunque se multipliquen –pobremente- los logos. El, al recibirla, comenta: me la voy a dejar todo el día para pasear por el barrio.

Visto en noviembre de 2005: ciudad de Rosario, una esquina de la Zona Sur. Han inaugurado una rotisería, que parece más un rebusque que un negocio, para lo cual han hecho algunos arreglos entre los que figura el intentar borrar las inscripciones pintadas en la pared, aunque sin mucho empeño, porque un cartel escrito para guardar la memoria de algunos se puede adivinar aún. Se ve también la frase extraída de la canción de Gieco, que para cualquier rosarino tiene sentido. De ella taparon un poco pero lo suficiente, con pintura blanca el No, de tal manera que resalta en un rojo intenso: "Tiren que hay pibes comiendo".

Los horrores de este mundo no son fruto de una súbita locura de las sociedades, parece algo sabido, pero hay que repetirlo. Están latentes hasta que múltiples circunstancias -las excusas- desatan la barbarie, las masacres, hacen aparecer los campos de concentración.

Slavoj Zizek, ese esloveno que sigue empecinado en pensar la ideología, en ¿Cómo inventó Marx el síntoma?, nos explica que nuestros esfuerzos por vincular al campo de concentración con una imagen concreta como "Holocausto", o "Gulag", son un intento de eludir el hecho de que estamos enfrentando, a través de ellos, lo "real" de nuestra civilización que retorna como el mismo núcleo traumático de todos los sistemas sociales, aclarando que aquel fue un invento de la "liberal" Inglaterra, que data de la guerra de los Bóers, que también se usó en Estados Unidos para aislar a la población japonesa, etc. Estos dos últimos ejemplos nombrados por el pensador no son conocidos masivamente, entre otras cosas, porque Spielberg no los encontró dignos de denunciar en un filme. Como tampoco veremos a través de la industria de Hollywood el espanto de Guantánamo. Las buenas conciencias vuelven otra vez a preguntarse: ¿Es posible que suceda esto?

Sin embargo, siempre estuvieron las balas dirigidas a los que luchan, siempre hubo un fascismo activo similar al del transmisor complacido de sofismas de un juez real o ficticio, obrero o dueño de rotisería que vuelve a disparar desde su pared con mayor maldad que la original; también estuvo y estará el empeño de algunos hombres -más de lo que la realidad permite- en dominar la mayoría de sus pares: esos elementos son la materia prima que hacen posibles los campos de concentración, o su mutación menos costosa para los ex Estado-nación: antes, a los inadaptados se los recluía; ahora, los que no pueden consumir caen fuera del mundo de la imagen, en un afuera sin lugar: en la expulsión (Ignacio Lewkowicz, Pensar sin Estado). Si todas esas cosas así no fueran, el gesto de orgullo de aquel chico (un incluido entre expulsados: lo separa de ellos un logo, no un alambrado de púas) no tendría sentido.

-!Cada vez estamos peor! -se escucha a cada rato-. La medida del malestar, en general, es la propia billetera, robada o en el bolsillo del indignado, que siempre se ubica en el papel de la víctima.

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