CONTRATAPA

Autobiografía no autorizada

 Por Sonia Catela

Soy la hija del general, lo soy; está esa foto en la que él me levanta en brazos, sentado en el sillón de mimbre blanco del patio de la abuela, los tules de mi traje de bautismo traspasando sus rodillas, el famoso anillo de sello en su anular sobre mi espalda, pero no me deposita en su regazo; me mantiene a unos veinte centímetros de sí, en el aire, tal como si sostuviera la bandera en algún acto oficial de gobierno.

Ya se reclamó ante tribunales el reconocimiento de esa genealogía que se respalda en incontrovertibles cromosomas. La contienda entre abogados de su familia y la mía se ha vuelto escándalo público; se intercambian pruebas de ADN que aseveran la paternidad, litigios en una cinta sinfín de expedientes y miembros trozados de intimidades. Sin esperanzas, rabio por un fallo adverso, una legitimación oficial que me desnude como impostora. Quiero perder. Perdiendo se desatará la piedra que me ataron al cuello al al darme a ese hombre de padre.

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En la foto también se lo ve con los anteojos oscuros que sólo se quita cada vez que se arrodilla ante el reglamento y los protocolos. Elige llevar el negro en sus ojos.

El general.

Crespón pero no de luto. Es del que disemina muerte sobre cuanto mira.

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No inicié yo esta demanda que viola mi voluntad. Mi madre pretende un desagravio público por su derrota; ella habla de "honorabilidad". Pero en verdad busca un ajuste de cuentas que sea tan doloroso como lo logre su capacidad de producir sufrimiento. Ha descubierto en sí usinas que fabrican malestar y al descubrirlas las ha puesto a funcionar, chimeneas de veinticuatro horas venteando humaredas y penas.

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Me procrearon en la clandestinidad, sepultureros, sobre un catre de campaña. El camastro, con número de inventario del ejército, lo guarda mi madre como verdad jurídica.

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Una mujer se me acerca en la caja del supermercado y me baña en devoción malsana. "La he visto en los periódicos", dice, "adoramos a ese patriota". "Ya quedará demostrado, que por suerte, no soy hija de tal individuo"; me aparto antes de que su rabia provista de garras caiga sobre mis mejillas.

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A los siete años, mamá me abrió la cajita con trofeos de caza de la familia amancebada: los galones de cuando a él lo ascendieron a teniente, la foto del periódico que documenta el hecho, cierta condecoración de EEUU que al general se le desprendió en la cama una noche de descuidos, escuetos regalos de cumpleaños (un ramo de rosas embalsamadas, una mantilla española) y, finalmente, algunos pitillos que han ido a dar al trapiche de la demanda.

También yo soy sólo eso. Un elemento de prueba.

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Recibo la notita. El general me cita para una entrevista. Ha trascendido la vaga noticia de que algo grave le habría ocurrido a uno de sus dos hijos verdaderos; querrá que le levante la capa caída. Todo lo bien que me sé de él lo aprendí en las clases de historia. Marqué los párrafos de sus crímenes en el rojo de las cintas de sus medallas. Cuando mi madre halla ese material, me increpa. "Difamación, tergiversaciones" señala y con frialdad rompe las hojas de los libros, páginas que aluden a él y sus atrocidades. Más tarde aprendí a esconder las informaciones donde no se las puede trozar, dentro, en los repliegues de mi conocimiento, más abajo, en la repulsión del inconsciente.

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Tres cosas hacía el general en clandestinidad: fumar, enrostrarle a dios su carácter de impostor y reivindicar para él ese puesto jerárquico, y finalmente, fornicar con la que terminó adosándole el problema reglamentario de una hija ilegal.

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El se cuidó de limpiar cuidadosamente todas sus huellas digitales del cuerpo de mi madre y la casa y la historia entre ambos, con las precauciones de un homicida. En su vida aparezco como ahijada. En la iglesia del bautismo firmó en el renglón correspondiente al padrino. Posee, fabricó, coartadas (noticias de diarios, registros castrenses) que demuestran que se hallaba en Europa en las semanas anteriores y posteriores a mi concepción, más fotos de mi madre con un amante inventado, trucos que le aseguraron la impunidad durante trece de los diecinueve de mi existencia. Luego la invención del test del ADN le desmoronó sus estratagemas. El dejó de estar a salvo. Lo peor que yo también.

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El ADN atestiguará que soy hija biológica de Jorge Rafael V. De ese destino no tengo escapatoria.

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¿Para qué quiere verme? No le interesan los individuos, las personas, el ser humano. Tampoco ignora que lo detesto. Se levanta del sillón cuando entro a su despacho. A través del escritorio me tiende la mano calzada tras anteojos negros como los que lleva en su cara. "Parece que vas a ser hija mía". Es una advertencia. Y lanza su comunicado militar: usarás, te comportarás, te vestirás, horarios, sentimientos estatutarios.

Tomo nota de cada palabra, y emito el sí del caso. Hasta que treinta minutos después me despide con su "mañana aquí, a las siete". Hora en que continuará el entrenamiento para mi grado de hija del general. Cabeceo un asentimiento; vuelve a estrecharme la mano.

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Se enteró extraoficialmente de los resultados genéticos; éstos ratifican la postura de la parte demandante. Se harán públicos al mediodía; a lo sumo, al promediar la tarde del día de la fecha. Ha dicho. Al abrirme paso entre los nudos de micrófonos apiñados frente a mí, hija del general, resuelvo que es mi turno de huir. Huyo al enfrentarlos y decir lo que no se debe: que lamento el fallo que se dará a conocer durante las próximas horas. Que nadie se imagina lo que significa para mí haber engendrado a semejante padre. Que me borraría las huellas digitales con ácido. Que lo repudio. Que repudio su metodología, sus crímenes. Que no sé qué compartimos pero que pertenecemos, incluso, a especies diferentes.

Aviso de mi renuncia a toda parcela de su patrimonio, a llevar su apellido, a sentarme a su mesa. Firmo esas declaraciones para que no terminen tergiversadas y me guardo copias; permito que me fotografíen. últimas tomas. No queda nada que agregar. Nunca volveré a hablar de la cuestión. Me dirijo hacia la salida del edificio. Creo haberla hallado. Salida, sí.

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