CONTRATAPA

Uccello

 Por Víctor Zenobi

De áspero amarillo y línea envanecida

De demencial azul y rojo de quebranto

La línea es el secreto de un color extraño.

Que a veces, en secreto, se paga con la vida.

La luz atravesaba los vitrales transformando la precariedad de las paredes en una sinfonía de extravagantes diseños. El rostro del hombre parecía inmutable pero su mirada recorría con avidez los círculos concéntricos y las raras figuras que pergeñaban un mundo de colores, sin confirmar si eran productos de la luz que invadía el cuarto o si se debían a una ilusión de sus sentidos. Paolo Di Dono se llamaba, pero sus pocos amigos lo habían apodado Uccello a causa de los pájaros que pintaba sobre las paredes. Tal vez mirando a los pájaros trazar en el aire una cadencia o describir los surcos invisibles de sus lumínicas rutas secretas, Paolo aceptó la perspectiva que lo distraía de los hábitos pictóricos de la época, incluso de sus ventajas. Inmerso en la tradición de una larga y consecuente sabiduría, pensaba que el conocimiento de lo sensible sólo era posible por el orden que le impone el pensamiento, pero obviaba, hecho raro en un artista, la implicancia compleja de la imaginación. Muchos años antes, en Padua y ante la encomienda de un trabajo sobre los cuatro elementos, dio al aire la imagen de un camaleón, al que representó con la figura de un camello con el hocico abierto. Promovida la burla, no se inmutó, siguió atareado en las formas que la luz le brindaba y que interpretaba como una variedad de lo mental, tan importante como la compleja realidad que lo circundaba. Instintivamente, Paolo descreía de lo sustancial porque lo pensaba desde su pasión por la pintura y esa misma pasión contrariaba su modesta realidad; su intento de reproducir un color, pese a que cualquier objeto, un fruto o una flor cambian constantemente de matices en función del tiempo y de la luz. Esta accesible corroboración lo tensionaba con dos ideas: la idea eterna de la obra de arte y el hecho real de que el color en la naturaleza cambia constantemente porque su ciclo es infinito y por lo tanto inalcanzable como la recta de una perspectiva. En momentos así, se dejaba embargar por la nostalgia de un bien perdido, algo que lo sumía en el aislamiento y la extrañeza de comprender o creer comprender que la naturaleza es indiferente a la existencia y aspiraciones estéticas de los hombres. Pero esa verdad no le bastaba y en todo caso, la matizaba con un rasgo infiel, pintando los campos azules y los árboles negros y las alboradas marrones, incluso aventurando su melancolía en un mundo de formas originales que lo natural desdeñaba. A esa tarea se hallaba dedicado, resignado a la singularidad habitual del destino que le impuso absurdamente lo que a todos los hombres de bien, una esposa y dos hijos. Por suerte, los pormenores de esa historia, trivial como la de cualquiera no se consideraron importantes; lo importante es que Uccello prefirió volar sobre la perspectiva creyendo haber reducido sus reglas, mediante las cuales en dos dimensiones lograba la visión de tres. El descubrimiento le revelaba un número mágico y lo acercaba al misterio de la trinidad. Acaso comprendía de manera un tanto confusa, como se suele comprender cualquier idea complicada, que era inconcebible el uno, sin otro número que lo precediese o al menos lo determinase, la ausencia de número o la insistente oscilación del cero. De allí a la concepción de una geometría infinita y a la idea de que hay entidades que existen pero que son indecibles, había muy poco. Siempre como consecuencia de sus pensamientos y de sus visiones, nada le parecía más bello que la intersección de líneas en un paraje coloreado, los arcos ascendentes de una bóveda y la ampliación de los objetos o de un rostro resaltados por la tela colgante de un mazocchi. Por lo demás, recluido en su casa se deleitaba con el arrullo de la fuente y el incesante canto de los grillos, que surgían del vecino jardín. Entre abundantes helechos, en cuyos fractales creía percibir la esencia del universo o de la mano de Dios, que parecía haber creado todo con un solo elemento, Uccello trasladaba esa idea al entramado que las arañas tejen con sus telas, recreándolas con los más diversos colores. Por supuesto, tanto tiempo en soledad no dejó de producir sus efectos; su relación con el mundo se pobló de sombras vistosas que le ordenaban crear innumerables juegos de armonías nuevas que al mismo tiempo lo alejaban para siempre. Sin embargo algo ocurrió. Algo que para cualquier hombre resultaba natural pero que a Uccello lo sorprendió con inusitada intensidad. En un día de fuga otoñal, encontró en el rostro y en la sonrisa de una niña la belleza de un nuevo misterio. Su nombre era Selvaggia y sus ojos le prodigaron círculos celestes y estrellas violáceas. Uccello la sintió como un prodigio del cielo y la convirtió en su modelo, diseñando diversas versiones de su rostro, que reflejaban las formas de un arte diferente. En tanto, los días se fugaban así como las horas y el alba sorprendía a la niña dormida y al pintor reclinado sobre los círculos y rectas infinitas. Cuando Selvaggia despertaba se encontraba rodeada de pájaros que modificaban el ambiente y que le producían una inesperada alegría. La alegría de un arte que sustituye a la pobreza del mundo. Pero de esa riqueza no se puede vivir; la frugalidad del alimento incrementó la precariedad de la salud de Selvaggia y acabó por morir. Uccello, al principio, no se percató, prodigó la línea de su labios, la rigidez del cuerpo, la curva de sus pestañeas. Cuando comprendió, pinceló su tristeza con una gama inusitada de diferentes colores y trastornó su obra en líneas incomprensibles; ya no existían los rostros, ni la tierra, ni las geométricas batallas. Algo del color azulaba su nostalgia y lo olvidaba de sí mismo. Apenas si comía y dormía. Una obra comenzó a atarearlo y le dedicó todo su insomnio y su antigua obsesión por la naturaleza muerta, pero recuperó instantáneamente que la naturaleza rechaza los colores muertos. Entonces saturó su obra. Santo Tomás, incrédulo palpando las llagas de Cristo. La obra se mantenía oculta y Uccello la sostuvo como un símbolo de su vida y de su búsqueda sin fin. Cuando la mostró, su amigo Donatello, el escultor, le rogó que ocultara ese cuadro. Uccello se sintió perdido o por primera vez el pájaro se sintió hombre y en sus ojos hubo lágrimas y finalmente pudo cesar. En un crepúsculo de esos días de otoño, unos rostros curiosos se inclinaron sobre Paolo, que muerto de inanición, fijaba su mirada en el misterio de un color imposible.

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