OPINIóN

Atravesar la puerta del mejor cine

 Por Leandro Arteaga

Si no la vio, atienda lo siguiente. Luego de su trajinar diario en el almacén, el dependiente recorre la calle de tierra y, desde la ventanilla más la polvareda, espía la silueta estatuaria de ella, apegada a la puertita de chapa recortada. Una vez y otra. Siempre en el mismo sitio. Siempre silenciosa y seductora.

Inevitable preguntarse. ¿Quién es? ¿Cómo se llama? Más la mira, más se ciega y, claro, más se enamora.

Entonces el conocerse. Porque el personaje lo quiere así, pero también porque el espectador lo requiere. Las preguntas de uno son las mismas que las del otro. Como si fuese un espejo -a no perder la referencia, que ya volverá-, nunca mejor logrado entre quien protagoniza y quien le mira (quien le espía).

Una vez dado el paso, tras haber vencido las primeras palabras, habrá que atravesar la puertita de chapa. Superar la prueba más difícil. Entrar a su mundo personal. Para eso la conoció. Para compartir lo que ella es. Para conocer, entre otras cosas, a su familia.

A partir de allí, mejor será hacer analogías. Porque lo que suceda de ninguna manera puede narrarse. Sólo valdrá hacer referencia a ese espejo tan querido, tan terrible, que Alicia supo hacernos atravesar. Una vez allí, lo que parece reflejo se vuelve verdad. O viceversa, lo mismo da. Como si se pisara el umbral hacia otro mundo, con otros colores, de lógica diferente.

Se trata de una de las obras maestras del cine de todos los tiempos. Leonardo Favio la filma en 1969, con los protagónicos de Walter Vidarte, Graciela Borges y Nora Cullen. En el Festival Internacional de San Sebastián obtuvo el Premio "Nuevo Cine", además de una mención especial. En Argentina fue premiada por la Asociación de Cronistas Cinematográficos en los rubros Mejor Actriz (Graciela Borges) y Mejor Actriz de Reparto (Nora Cullen).

Se trata de El dependiente, que Favio realiza luego de otras dos películas, igual de maestras (quizá todavía mejor la segunda de ellas), que fueron Crónica de un niño solo (1964) y El romance del Aniceto y la Francisca (1966). Todas ellas capaces de contar desde un verosímil provinciano, de barrio humilde, de techos agujereados, pero con una habilidad narrativa acorde a la vanguardia más actual. Los tintes de la Nouvelle Vague están tanto en el Doinel de Truffaut, cuando mira a cámara en Los cuatrocientos golpes, como en el Polín de Crónica de un niño solo.

Tal vez como nunca, Favio fue capaz de realizar un cine único, que rompió los moldes de su época, y que se embebió de la figura paterna y cinematográfica -como si de un André Bazin se tratase- de Leopoldo Torre Nilsson, respecto de quien supiera oficiar como ayudante de dirección.

Esta noche, a las 23, en el ciclo que Cine El Cairo ha denominado "Los ojos de Graciela Borges", El dependiente se proyecta con entrada libre y gratuita.

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