CONTRATAPA

CHOCHAN NUNCA MENTIA

 Por Adrián Abonizio

Vimos el sorete aquel que venía flotando como si hubiésemos detectado el peligro de observar, alelados, la aleta de un tiburón o el hocico de un cocodrilo.

!Sorete, sorete a estribor!. Gritamos tanto y tan fuerte que hasta el bañero se puso de pie. Lo hacíamos por aburridos, por estar incómodos en la zona intermedia que no sos varón formado ni niño. Y desaparecíamos en las sombrillas, avergonzados del horror visual que habíamos anticipado. Eso era la Florida.

"La Flora" le decían las chicas mayores, las de mallas exiguas, con flores hippies y que llegaban invariablemente en sus Fiat 600 acaloradas pero felices por el sol, el aguacero que no había arribado y ser el objeto de la mirada de todos. Los culitos eran de acero torneado color bronce. Por eso, cuando gritamos aquello y estábamos cerca de ellas primero nos arrepentimos, pero después al verlas correr nadando hacia aguas más limpias, nos sentimos bien: habíamos hecho un favor alertándolas.

Como fuera, aquello indecible pasó, como pasaron después las camalotes en la crecida, las barbas anaranjadas de las espumas de Celulosa, los barcos que inventaban un oleaje de falso mar, las boyas escapadas de alguna pesca distraída. El agua de un marrón insondable era inmunda pero refrescaba; las féminas, entraban poco: solo lo indispensable para no deshidratarse. Los varones, aquellos flaquitos todos iguales de melena a lo Cristo, negros de bronceador, con cadenita al cuello y shorts tiro corto con cigarrillos Colorado entre el vientre y la malla, lo hacían más seguido: les debía gustar mostrar sus físicos perlados de gotitas y quedarse allí en la orillas, al alcance de la vista de ellas quienes elegían, cotejaban por lo bajo, descartando o aceptando el juego por el cortejo de la especie.

Nosotros, pequeños actores sin sexo éramos espectadores colados en el juego del deseo, el piropo, la oferta del levante. Había una Princesa que nos tenía enloquecidos a todos: llevaba al cuello un collar delicado hecho con caracolas marinas rosadas, boca pintada de rojo furioso y una mallita celeste que de abajo apenas le cubría la concha y para mejor, por arriba le dejaba casi a la intemperie dos tetas como campanarios: eran para fotografiarlas y llevárselas de recuerdo para cuando en casa nos ducháramos o buscásemos el rescoldo de la siesta para tenerla cerca.

En eso estábamos, haciendo que jugabamos a corrernos para espiarla en sus cercanías cuando cayó Chochán: el gordo más gordo de la legión, el asteroide inflado más crecido del Universo, el cerdo más vital, gracioso y con una fe en si mismo que lo tornaba invencible. Era de nuestro barrio y no nos avergonzaba por más que entrase a la arena saludando a los gritos.Nos saludó y abrazó a uno por uno, con un gesto consistente en un toque de dedos. Tenía Chochán dieciocho pero era tan generoso o veladamente perdedor que se estaba con nosotros en vez de pasarla con sus coterráneoes, todos bellos, musculares, duros, posando. No, el Gordo era un malabarista de buen humor y lucía para su bien una sonrisa encantadora de dientes blancos que al menos, no le disminuían el promedio de horrores.Panza, cadenita horrorosa, voz finita.Su malla, además era pasada de moda.

El Gordo este es un quemo, me dijo por lo bajo Lucardi. Pero yo no le dí bola.Si no le gustaba que se fuera. El jugaba con nosotros, nos convidaba fasos y sobre el atardecer, nos hacía probar la cerveza mientras contaba alguna hazaña sexual de conocidos suyos.Nunca derramó una propia. Cuando lo inquirimos sesgadamente agregó que el que cuenta sus victorias es un gil. Estuvimos al sol, Chochán se había empezado a poner del color del camarón, así que nos refugiamos en esos aleros de paja que imitan mal los techitos de paja cariocas. La Bella, La Tetuda, la de la Conchita Perfecta, leyendo un librito, yacía asediada en silencio por los galanes que intentaban un acercamiento con una respuesta que ella no concedía. Uno lo subrayó. Entonces sobrevino la frase de Chochán.

Lo que pasa es que me quiere a mi, la muy turra y está esperando que vaya para que regresemos a su casa, pero yo, ni mu. Nos quedamos callados: el Gordo había pagado las cervezas y era respetuoso callar ante la mentira. Toledo, no lo pudo evitar: Che, Chochán, lo de Múúu es por tu peso, ¿no?. El Gordo lo miró como a un insecto, luego lo tomó del cuello hasta que le hizo faltar la respiración y tras un zarandeo lo soltó de una carcajada.

No, boludo, no es joda, a ver si aprenden que este gordito con cara de boludo no miente nunca y se ha cogido más minas que ninguno.

¿Y a que no saben por que?. Hicimos silencio.

Porque nunca cuenta nada. Porque es mejor que entre ellas no se enteren. Porque estan podridas de todos esos boluditos que no saben hablar. En cambio yo uso esta.

Sacó su lengua para chamuyarlas y besarlas donde se debe besar una mujer, cazan?. !Otra! Le gritó al mozo, levantando el envase vacío. Entonces un nubarrón espectral cerró el horizonte y de a poco empezaron a caer lamparones de agua helada.

Linda siesta para cojer, ¿no chicos?. Ninguno dijo que si, porque desconociamos aquello. Para culminar la tarde aquella, gloriosa, de aprendizaje, sorpresiva y de agradecimiento vimos a la Bella acercarse a la mesa y extendiendo la llave de su autito, le dijo a Chochán, tras saludarnos con un encanto inolvidable.

¿Y Mauri? ¿Vamos? Dale, te espero en el auto.El culito rayado por la reposera fue la última visión celestial que nos conmovió bajo la garúa.Ese culito corriendo con la gracia con que lo hacía nos dejó más estúpidos y virgos que lo que estábamos.

Perdonen chicos, pero me llama el deber. El mundo es fácil. Los envidiosos lo hacen difícil. El mundo esta repleto de culeadores de palabra.Ustedes no vieron nada, ni se les ocurra contarlo a alguien, ¿tamo? Siempre es mejor ser reservado, pero vayan sabiendo que Chochán nunca miente. nos iba dando cariñosos cachetazos leves a cada uno y por orden Recuerden lo que aprendieron hoy y ojala dijo ojala, sin acento en la a les haya servido. Chaucito, primores. Y nos dejó un billete de cien para la cerveza.

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