CONTRATAPA

El silencio de un delantero

 Por Adrián Abonizio*

"En una vidriera descubrí un libro con una tapa en blanco y negro que mostraba a un chico jugando. Inmediatamente trato de rescatar mi propia foto sin color. El recuerdo más antiguo que se me presenta es el del patio de la casa de mis abuelos. A la distancia me parece inmenso, lleno de rosas a la defensiva y ligustros por donde se podía espiar al vecino. El césped se insinuaba en algunos lugares y la tierra era muy dura..."

Así comienza la carta de Marcelo que me llega a la sucursal. Vino un cadete y sencillamente me preguntó por mi apellido y que firmara debajo. En el sobre estaba el suyo: Contreras. Sonamos me dije: debe ser el marido de mi ex mujer. Veamos, dije, y rasgué el sobre como quien deguella. Después pensé que últimamente se estaban ventilando muchas cosas del pasado, pero ya era tarde para presentimientos. O temprano para justicia, según gritan otros con razón.

"...Luego está la escuela Pestalozzi, todos íbamos allí en esos años. Recuerdo mis primeros pasos sobre las gastadas baldosas del patio, los meticulosos maestros esforzados en convencernos de la utilidad del triángulo, las aulas iluminadas y la dirección (...)

Aparecen los amigos, los buenos y los otros, la esquina que por algunos años fue testigo silencioso de nuestras reuniones nocturnas, siempre ante la atenta mirada de algún padre amparado por las sombras. También estaba el ladrón con sus códigos intactos y el fútbol..."

Tengo un sobresalto: este debe ser Marcelo, el de la zapatería. El pibe del asfalto, el que la dominaba mejor sobre el cemento pero que en la tierra era un artillero temible. El de los hermanos altos y el auto negro, el del Chrisler coludo que tanto le envidiábamos. El de la novia morocha que estudiaba en Bellas Artes. El comunista. Marcelo, el del secreto. ¿Para qué me escribe, para qué me busca ahora? Tengo un presentimiento fulero pero sigo leyendo.

"...Se me presentan las canchas dibujadas sobre el cemento de una callecita olvidada por los autos, las pelotas asesinadas en horas de la siesta en manos de vecinos impiadosos, las fachadas decoradas con círculos de barro y el agua bendita que provenía directo del pico de una canilla. Los partidos de noche sólo eran posibles cuando había luna llena, ya que los faroles de la calle sólo nos daban una idea de la ubicación de la redonda. Jugar en un potrero era sublime y nos forjaba para los partidos internacionales, ya que más allá de las vías era otro país, con otras costumbres, otros olores y otra gente..."

Se nota que se dedica al periodismo. Ahí está, va a contar la historia. No me escribe para chantaje. Creo que lo hace para mostrarme algo; que sobrevivió, que puede recordar si quiere y tiene con qué. Podría haber ido a declarar pero por lo que sé no fue. Como sea me está advirtiendo algo, que compartimos lo mismo, que hemos vivido cerca. Adonde quiere llegar no sé. Bien descripto, parece un escritor el tipo. En cuanto a mí, parece que una neblina me hubiese borrado la cara: nunca nadie me visitó o saltó mi nombre en alguna cosa de los derechos humanos. Pasé como un fantasma por la vida pero el pibe me reconoció en algún hueco de su memoria, se acordó y me encontró después de veintitantos años. Tiempo suficiente para olvidarse, me parece. Debe haber rebobinado sobre la postal invertida o camouflada. Las fotos viejas tienen esas cosas. Yo agachado, pero en vez de ir a buscar la pelota dentro del arco como lo hacía cada vez que Marcelo me enfrentaba ahora estaba inclinado sobre su torso, con la máquina encendida pero con un cablecito mocho para que no anduviese, haciendo que le daba, hablándole al oído para que simule gritar, para que grite cualquier cosa y después se deje caer como hecho bolsa porque debe haber entendido que a las órdenes se las puede disfrazar. ¿Entendió? Quién sabe.

"...Ahora en las canchas reinan los reflectores, los arcos tienen redes acogedoras y el alambrado protege a la redonda de vehículos hostiles, pero esta es otra historia, otros tiempos y hasta creo que otra vida..."

La vida es una voltereta que a veces sale bien: él quedó con el cuero entero y yo no aparecí en lista alguna: olvidado, "un secretario de la energía que simulaba trabajar", me decía para mí con sentido del humor. Hice lo que pude. Me obligaron. Un encargado que cumplia órdenes pero que con Marcelo, Marcelito, el mejor nueve que tuvo Hernandarias F.C. de Echesortu hice una excepción: espero que se la acuerde, espero que me escriba de fútbol, que sea agradecido, no hable de todo aquello, que guarde el secreto, mantenga el silencio y que tenga reconocimiento por los tantísimos goles que le dejé hacer.

*En colaboración con Marcelo Contreras

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