rosario

Lunes, 20 de diciembre de 2010

CONTRATAPA

Una cara conocida

 Por Adrián Abonizio

¿De donde, de donde lo conozco? tendría que haberme preguntado al verle la facha, pero reaccioné en un segundo y me encajó a la perfección su jeta criolla, bigotazo malevo, pelo chuzo raya al medio y el porte flaco, trajeado de azul con la de aquella vez. Yo ya había andado saltando de colectivo en colectivo, de ciudad en ciudad y de vida en vida, aunque las casualidades nos habían reunido allí en mi umbral de nuevo, en la misma geografía de Buenos Aires en un atardecer de niebla y lamparita de 60 tiesa y tristona coronando la puerta de mi pasillo. Casi treinta años después. Aquella vez la puerta era más liviana y blanquecina. Y yo más débil y aterrado que nunca. Había quedado en un procedimiento, enredado por el destino, la complicidad idiota de algún irresponsable que me dejara a merced de la muerte en la casa marcada.

Migraciones, escuché al abrir la puerta y como estaba por pintar la casa que se pretendía allanar las casualidades felices que salvan, un gorrito de Dixilina, los dedos con pintura, el tarro en mano me convertí por una mutación alquímica del terror y la sobreactuación en un obrero del pincel al que le dejaban la llave bajo el macetero quienes me habían contratado. Para coronar la actuación y hacer más sólido el guión imploré si ellos no podían hacer algo para que me paguen, porque hacía como quince días que nadie venía por ahí y me estaban dejando de seña.

Cerré los ojos, esperé el sopapo, el disparo, la risotada o la trompada. Los entreabrí y seguía allí el morochón ,murmurando algo y repasando el DNI que me extendió, marcial aconsejándome que si sabía algo les avise -porque nosotros vamos a estar abajo todo el tiempo-. Efectivamente el morro del jeep y el del Falcon lucieron amenazantes todo el día, mientras yo repasaba el plan de fuga que tardó un siglo, cuando me escabullí como pude, con lo puesto y fugué hacia los puentes de la Boca, atestiguando que el pánico hace milagros y que un angelito mareado de resaca y confundido me había palmeado y abierto la puerta cancel hasta hacerme invisible y darme el empujoncito para que me hiciera humo. Luego vinieron días tétricos de vacío estomacal y descenso de peso. Dolor en las sienes y ausencia de circulación en la piernas. Un odio postergado hacia los camaradas y la añoranza de la casa familiar, con su comida, su cama limpia, su patio de penumbras donde descansar del solazo que pegaba en las persianas de la pensión donde estaba refugiado, sin consuelo ni fe ni amigos.

Cuando pude reaccionar, envolví en papel strass la ropa sucia, las medias, dos manzanas y puse todo en el fondo del bolsito laburante que me darían el pasaporte de inmunidad para no ser confundido con un subversivo pelilargo, rasposo e intimidante con un arma a la cintura. Sonaban cercanos los mugidos de las barcazas. Estaba dentro de un cuento de Kordon, de Conti, con linyeras comiendo algo ensartado en un alambre sobre un fueguito, chicas huesudas atravesando esos callejones de atajo con crío en mano, olor a fritanga, aguas estancadas, flores abandonadas viajando bajo el disfraz de irupé manchado de oil. El sol era inclemente y la sed una amenaza. En una estación de servicio tomé de la manguera como un perro desesperado. Debía irme pero las piernas me pesaban como lingotes de riel.

¿Porque, porque me habían abandonado? ¿Porque me habían traicionado dejándome a la intemperie y a merced de morochones de bigotes chuzos al que mi angelito perdulario, tangueril le habría susurrado en su oído de Escuela Bucetich.

Dejalo al pibe, dejá pasar a éste que lo único que hizo fue ser inconciente.

Luego llovió y no paró de llover por décadas y cayeron muchos y Alfonsín no levantó persiana alguna y los carapintadas le pintaron la cara y desde el guano de los infiernos apareció el riojano más hijo de puta del país para cerrar los libros de la Buena Memoria, sellar con su baba las ideologías y anunciar que el mundo había muerto y él, con remera rosa Penguin sería su macabro y perfumado enterrador, por más que los huesos de los pibes se pudrieran al sol y el país tuviera otro signo monetario, los buques y las riquezas propias ahora ajenas y todo en un hervidero de mierda, depresión y asesinatos. Yo ya tenía un trabajito de prensa que consistía en hablar de parajes turísticos exóticos sin moverme de mi escritorio. Cavallo lloraba frente a los jubilados pero los sepultaba en vida y extendía los kilómetros de vías levantadas por el presidente, ahora convertidas en plásticos de tarjetas de crédito. A mi me correspondió una. Era azul y verde, flamante en cuanto la tuve entre los dedos y regresé hacia el escritorio donde tenía el DNI que el tipo de bigotazos que me resultaba una cara conocida me estaba requiriendo para acreditar que era el titular. Lo recibí del mismo modo que hacía veintitantos años ya: espiando su cara conocida por la mirilla, abriendo y yendo a buscar el documento adentro para que luego con sus dedos lacrados de marrón, encharolados y lentos verificara que, de nuevo, yo era yo. Y que ahora él trabajaba en Seguridad Bancaria y que mi angelito, con algunas canas, me susurrara al oído: Este es el tipo, pero no podés hacer nada, salvo escribir el relato de uno que se salvó, modestia aparte, gracias a este argentinito volador.

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