rosario

Domingo, 31 de julio de 2011

CONTRATAPA

Mujer hermosa, triste mujer sonriente

 Por Guillermo Paniaga

A diferencia de las otras chicas, mayores o de la misma edad, que habían leído Rayuela, Ana no se sentía ni pretendía ser como La Maga. Ana se reconocía en Oliveira. Y en algunas cosas, sobre todo en su ser mujer, en Talita. Ella era una matadora de brújulas, pensaba, una mujer que había nacido para buscar y nunca encontrar, para estar sin ser, para dar vueltas en el mundo y terminar enredada en una trampa de hilos, como telas de araña, que la empujarían por la ventana de los pisos altos hacia el patio bajo de un manicomio. Fue por aquellos años y aquellas lecturas que Ana se atrevió a sus primeras palabras en el papel. Las ocultaba bajos mil llaves en un escondite que sólo ella conocía y se cuidaba muy bien de no trasladarlas a la computadora, para que no las leyeran ni Cata, ni Carlos, ni Julia, ni mucho menos Antonio. De nadie más que de Antonio quería ocultar esas palabras. Tal vez por miedo, seguramente por temor al juicio del papá escritor. Antonio después le dio Arlt, le dio Camus y le dio Dostoievski. A todos esos leyó y de todos esos se enamoró, pero ninguno fue como Julio, ninguno como el primero amor.

Las noches se le pasaban como pasaba el viento; a veces hacían girar las astas y Ana escribía sin parar hasta que los párpados se le cerraban y esto nunca ocurría sino hasta que la primera insinuación del sol asomaba a lo lejos, por encima de las terrazas a falta de mejor horizonte; escribía con prisa, como si corriera contra las palabras que de lo contrario se agotarían y de sus manos salían palabras y más palabras que más tarde se hacían páginas y más páginas que casi nunca releía, para qué, si no las iba a corregir, no escribía para que alguien leyera (todavía, pensaba), escribía porque era la única manera que le había dado resultado para despegarse del momento y volar más allá de las cosas y de la casa y mantenerse en una media altura salvadora que la resguardaba del dolor y de todos los males del mundo. Escribía para salvarse así como algunas otras noches escribía para condenarse. Eran éstas las noches durante las cuales podía pasarse horas delante de la página y sólo imaginarla llena de frases estúpidas, cursis o sin sentido, hasta que por fin se soltaba y escribía que ella estaba escribiendo frases estúpidas, cursis y sin sentido, que sería capaz de venderle el alma al diablo si lograra al menos un frase digna de ser leída por ella misma, que se aborrecía; y pensaba que una buena manera de demostrarle al demonio que estaba de su lado sería impregnar sus historias de energías devastadoras, furiosas como huracanes de sangres, o huracanes sangrientos, y a veces también ponía sangre huracanada, pero había puesto tantas cosas y de tantas maneras diferentes que llegó a sentir náuseas de la facilidad con la cual podía soltar lo bueno y lo malo, la sangre y el aroma de una flor de madrugada, la tormenta y la calma, el alma y el desmembramiento de las extremidades, el amor y la muerte, las esquinas y el cielo, un colectivo fantasma repleto de muertos ebrios y un pasaje ida y vuelta al corazón en el tren más hermoso del mundo, y dientes arrancando pezones y lenguas acariciando clítoris, y lunas que estallaban en miles de murciélagos y besos para todos, besos como cachorritos de golden retriever.

Enamorarse hasta perder la vida, ése es el amor verdadero, el único capaz de vencer a la muerte. Morir por el amor que salvará nuestras vidas. Un amor que desangre y mate, un amor que me exija las venas. Enamorarlo y matarlo, enamorarme y matarlo. ¿Y después matarme? No, enamorarme hasta perder la vida. Ana escribía encerrada en la habitación, con las ventanas cerradas y un sahumerio encendido, el décimo sahumerio, uno tras otro, y el aire estaba denso, casi irrespirable. Humeaba el palillo de patchulí y humeaba el cigarrillo en el cenicero. Leía esas frases y por momentos sentía ganas de echarse a llorar de puro amor, pero después le daba gracia, porque no sabía de amor por quién. Estaba enamorada de un amor capaz de arrancarle las piernas, de cercenarle las tetas y respirarle el alma, pero quién era, quién era, para quién era ese amor. Pensó en Leandro, con quien había salido hasta hacía menos de un mes, pero no, era ridículo, en verdad lo detestaba; besaba mal y cogía peor. Pensó en Nicolás, el chico del otro quinto, pero no, ése tampoco, era nada más que una carita linda y se le notaba a la legua la estupidez. Pensó durante horas y trató de superponer el sentimiento sobre el rostro de cada uno de los chicos en quien pensaba, y ninguno de ellos había sido la causa de sus versos. Pensó en la palabra verso y pensó en el joven Rimbaud, pensó en él, pensó mucho en él, puso su nombre en Google y encontró un dibujo a lápiz que de inmediato imprimió. Lo pegó con chinches a la pared y decidió que era él el hombre de quien ahora se había enamorado. Le pidió perdón a Julio y besó el dibujo de Arthur.

Ana adolescente, preciosa, se durmió esa noche pensando que sería siempre igual a como era ese día: una mujer triste, una mujer enamorada de la vida, de Julio y de Rimbaud, una niña mujer que nunca jamás crecería, pequeña Peter Pan, una mujer hermosa, triste mujer sonriente.

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