CONTRATAPA

Luz

 Por Guillermo Paniaga

Mi nombre es Luz, y si estás de acuerdo te hablaré de mí.

Soy de esas chicas, cómo te diré, que saben perfectamente lo que quieren de los hombres, pero que no siempre quiere lo mismo de cada uno y cada uno le ofrece lo que preferiría en alguno de los otros. Lo peor es que soy consciente de que hay tantas iguales a mí; ni siquiera me queda el consuelo de la originalidad. Puedes decir: eres como todas las mujeres y te puedo responder, ofendida, que soy una mujer y hasta todas las mujeres pero no como todas las mujeres. Y te lo diría, créeme, con el sabor amargo que nos dejan las verdades que a duras penas nos creemos.

Hoy una amiga contándome sus cosas, ayer una conversación oída ocasionalmente entre dos estaciones del metro, antes de ayer las frases leídas en un libro o los diálogos de una película: siempre hay rastros de mis sentimientos en los sentimientos ajenos. Entonces, vale, ni siquiera en mis neurosis soy original.

Oye, dicen que Freud murió sin saber qué querían las mujeres. Pues bien, lo he dicho: sé lo que quiero, sé de quién lo quiero, pero nunca me dan eso que espero. Pongamos por caso Luis, el chico con el cual acabo de romper. De él, créeme, esperaba unas caricias y unas miradas que me hicieran sentir adorada; esperaba palabras tiernas y un amor apasionado pero sin apuros; esperaba que me regalase flores cada vez que nos citábamos, o al menos una golosina. Pero él sólo me daba sexo y apuro, una conversación previa casi de caridad y luego hala, que después quedan cosas por hacer: a un hotel, a follarme como un toro furioso, a despacharse uno o dos whiskys y luego hasta más ver, te llamo y quedamos para el viernes. Entonces, oye, me quedaba en una esquina de la Gran Vía como empapada por un aguacero aunque hiciese un sol de los infiernos, viéndolo alejarse en el coche, triste, enfadada y angustiada por el cosquilleo perdurable de los orgasmos recientes. Se iba, te ibas, Luis, dejándome con ganas de ti. Se iba así, corriendo, y yo, créeme, amándole cada vez más en relación proporcionalmente directa a sus desplantes.

Empecé hablándote de Luis con alguna ambigüedad respecto del fin de la relación; no rompimos, él me dejó. No hubo explicaciones. Y sé que no las habrá. Me llamó diez minutos después de la hora que pactamos para nuestra cita y me dijo que no se presentaría; tampoco lo haría más tarde ni al día siguiente, ni nunca más. Dijo que lo nuestro se había agotado, que ya no lo llamase y concluyó con un adiós, Luz, que seas Feliz. ¿Puedes creerlo? ¡Que sea feliz! ¡Hijo de puta!

De Luis te diré más luego. Ahora te estaba hablando de mí. De la clase de mujer que soy y de lo que espero de los hombres, de cada cual algo distinto y siempre con las expectativas equivocadas.

Ahí está Manuel, por ejemplo. De él, como decirte, no esperaba más que sexo, que me hiciese perder la cabeza, que me exprimiera los jugos hasta secarme cada noche. Deberías ver la cara de pervertido que tiene. Es buen mozo, aunque no bonito; sin embargo despierta eso en mí, el deseo de quitarme la ropa mientras cenamos en un restaurante y que me penetre sin pausa delante de todos los comensales; sin pausa y sin piedad. Que me apriete con las manos hasta hacerme doler, que me muerda y me abofetee. En cambio él es tan torpe en su timidez. Me acaricia horas y horas, me besa con ternura, me mira con veneración y me dice lo hermosa que soy y sólo después de muchos rodeos se decide a ponerme una mano en mis pechos, juega un rato con ellos, como si quisiera calentarme con eso, ahora, a mí, que desde hace horas soy un horno de fundición. Por fin se decide a poner una mano en mi entrepierna, yo aún con las bragas puestas, y rebusca con el dedo medio un lugar debajo de mi slip para descubrir que ardo y que sí, Manuel, vamos, joder, hace rato que estoy lista. Pero él, maldito sea, apenas si comienza a bajar los escalones del púlpito sagrado en el que ha colocado mi imagen. Hacemos el amor y lo hacemos tan lento que exaspera. Quiero que empuje, que venga hacia mí, que me parta, pero él va y viene tan lento y hace círculos y parece que nunca va a terminar; me hace el amor como si estuviésemos meditando en búsqueda del nirvana y yo nada más quiero gritar de una vez; gozar y gritar. Cuando por fin termina, en lugar de hacerse a un lado y encender un cigarrillo, se queda sobre mí demorando las caricias, subiéndome otra vez al púlpito del cual ha osado retirarme, él, pecador, venerándome penitente, repitiéndome una y mil veces lo hermosa que soy; Dios santo ¡enamorándose! Y yo ahora sólo quiero que se vaya.

Antonio, en cambio, el chico que me había gustado de niña, me arrinconó en el ascensor la primera vez que nos vimos después de muchos años; casi me viola allí mismo de no ser por la vieja del 6ºB, que justo empezó a golpear las puertas llamando al ascensor detenido entre dos pisos.

Ya va, grité yo. Antonio no tuvo más remedio que abandonar el intento. Ni siquiera lo dejé llegar a mi departamento; cuando bajé del ascensor y él amagó seguirme, lo detuve mostrándole mi tubo de gas pimienta: tú te vuelves, joputa, y espero no verte nunca más en la vida. Las puertas se cerraron; vi mi cara reflejada en ellas. De él esperaba continuar la relación platónica que siempre incubé.

Y Andrés, estúpido Andrés, que cuando lo atraje hasta mi casa y me abalancé sobre él, me apartó de golpe diciéndome que sólo quería ser mi amigo. Créeme, quedé perpleja. Yo estaba bellísima; mi escote, más pronunciado que nunca. Y llevaba unas faldas sueltas que despertaban hasta la libido de las piedras. ¿Eres gay? le pregunté, esperando que su repuesta fuera sí. No, me respondió; eres hermosa y me gustas, pero sólo quiero que seamos amigos; tengo la cabeza puesta en otra persona, que para peor de males no me quiere y no puedo dejar de pensar en ella; ya lo sabes, estuvimos hablando de eso... Y sí, lo sabía, me hablaba todo el tiempo de esa mujer desconocida pero, qué coños, ella no estaba y yo sí.

Puedo hablarte aún largo rato de los hombres en mi vida y desearía hacerlo, pero no estoy acostumbrada a tanto manuscrito, ya empieza a dolerme la mano.

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